I
Ya era de noche cuando subí a nuestro departamento. Entré a hurtadillas, haciendo el menor ruido posible. «Quizás si me muevo despacito no me vea…», pensé, justo antes de que ella se asomara por el muro junto a la entrada.
—¡Hola! ¡Al fin llegas!
Al verla allí, tan relajada con su ropa de casa y esa coleta larga castaña que caía despeinada sobre su hombro, sentí un pinchazo de culpa.
—Ah… estuve abajo un rato con Alan y Nate en Lotus Café.
—Ven, acompáñame —pidió, tomando asiento para continuar lustrando sus botas de policía.
—Em… hoy me pasó algo súper loco.
—¿Qué tan loco? Sorpréndeme —dijo riendo con una amabilidad que me generó un poco de vergüenza hacia lo que estaba por contar.
Respiré hondo y drené todo mi día sin anestesia:
—Estaba leyendo y tomando un café, cuando un tipo elegantísimo empezó a discutir con otro. Le gritó que lo iba a despedir; el que gritaba era el director de una compañía importantísima de idols y el otro, más joven, era el mánager de un grupo que no tenía candidata para un concurso. Y lo que te voy a decir no me lo vas a creer… —expliqué tan rápido como la lengua me lo permitió.
—Gritar así es una alteración al orden público —sentenció Emily con un fastidio profesional—. Espero que no haya habido muchos espectadores. Es molesto tener que movilizarnos por personas a las que no les da pena hacer espectáculos en cualquier parte.
—Pues adivina… —«Aquí vamos», pensé—. Me eligió a mí como su candidata.
Ella soltó un bufido de incredulidad y continuó lustrando el costado de su bota.
—¡Es en serio! Escucha… yo estaba ahí sentada, muy cerca. El Director ya se iba y el mánager le dijo que yo era su elegida.
—¿Tú?
—¡Me ofreció convertirme en una idol, Emily! ¿Te imaginas?
Sé que no fue la forma más madura de contarlo, pero esa era la versión de mí que nacía con ella. Emily era mi espacio seguro, con quien podía ser yo misma sin fronteras; esa versión infantil que creció reprimida salía a flote cuando me escuchaba. Era la hermana mayor a la que siempre podía volver por consuelo… hasta este día.
—Oh, vaya —Emily rió y me dio una palmada condescendiente en la cabeza—. Ten mucho cuidado con esos representantes falsos. He visto cientos de casos y el noventa y nueve por ciento terminan mal. Luego dime quién es para rastrearlo y ver si no es otro criminal.
Su comentario me desanimó de sobremanera y bajé la mirada.
—¿Y qué tal estuvo tu entrevista de trabajo en la emisora?
«Ok… yo puedo hacerlo», pensé con miedo.
—Yo… me… me quedé dormida.
El estruendoso golpe de su bota pesada contra la mesa me hizo dar un salto hacia atrás. Emily se puso de pie, roja de la rabia, y me reprendió con una voz que no reconocí.
—¡Mia! ¡No puede ser! ¡Era la única entrevista que te quedaba! ¡¿Cómo pudiste quedarte dormida?!
Con cada grito me sentía más pequeña, más desastrosa. Sus palabras, viniendo de la persona más importante para mí, pesaban una enormidad.
—¡No puedes seguir siendo tan irresponsable contigo y con todos! Yo siempre estoy dispuesta a ayudarte, pero necesitas encontrar un trabajo real. ¡Estamos a nada de la fecha del alquiler y no puedo seguir pagando tu parte para siempre! ¡No está bien!
Hice cortocircuito.
—Y lo agradezco mucho… Emily… el teléfono no… la alarma… yo… —empecé a hiperventilar—. No pude despertar a tiempo.
«Ella no lo entenderá», pensé mientras de mi boca solo salían balbuceos entrecortados.
—Mira, todavía queda esta propuesta que me dieron…
Honestamente, no quería tomar ese trabajo en la emisora y mi subconsciente lo sabía. Si aceptaba, temía terminar otra vez bajo el control de mi madre… pero las palabras de Emily estaban cerrándome todas las demás puertas también. Ella se cruzó de brazos y me miró como jamás me había visto: con desprecio.
—No estarás pensando en aceptar eso… ¿o sí?
—No… yo no pensaba… pero…
—¡MIA! ¡ES UNA ESTAFA!
En nuestros veinte años de amistad, era la primera vez que veía esa cara en ella; era la misma mirada de suficiencia con la que me juzgaban los demás.
—¡¿Tú crees que va a llegar un tipo millonario de una empresa famosa a ofrecerte un contrato a ti?! ¡¿A una don nadie que no tiene esos talentos?! ¡No! ¡No vas a aceptar eso!
Me encogí de hombros y comencé a retroceder.
—¡Esto va a terminar como tu grandiosa idea de la guardería de mascotas! ¡¿Lo recuerdas?!
«¿Por qué saca eso ahora?», me pregunté, perdiendo la paciencia.
—¡Va a ser otro desastre del que te voy a tener que sacar!
Conté hasta cinco. No llegué a diez.
—Nunca me dejaste explicarte… lo que pasó con eso…
—¡¿Explicar qué?! ¡¿Que no tenías personal y los animales se escaparon?! ¡¿Que en vez de multarte tuve que llevar a todo mi equipo y activar un anillo de seguridad en secreto que pudo costarme el cargo?! ¡Sus dueños pudieron haberte demandado!
«Esto se salió de control», pensé. Entendía su preocupación, pero ¿en qué momento dejó de ser mi amiga para convertirse en mi madre? Quizás sí debía aceptar la propuesta de Tom y resolverlo todo. Poner distancia y reconstruir mi vida yo sola. Eso nos recuperaría a ambas y nos devolvería al lugar al que pertenece cada una en la vida de la otra.
—¡Emily! ¡Ya basta! —la enfrenté—. Sé que estás preocupada, ¡pero hablas igual que mi madre! ¡Cálmate! Aprecio todo lo que haces por mí, pero eso no te da derecho a gritarme, prohibirme cosas o herirme. Es suficiente.
Emily subió las escaleras hacia su habitación. Sin voltear, lanzó el golpe que nos separó.
—No soy tu madre, pero ahora la entiendo. Comienzo a pensar que no estaba equivocada sobre ti. No puedes valerte ni hacer nada bien por tu cuenta. Haz lo que quieras, no me importa ya.
Permanecí estática en medio de la sala. Mi corazón se hizo trizas y, con él, el vínculo inquebrantable que ninguna adversidad externa había logrado destruir; Emily acababa de hacerlo todo con una sola frase.
Con la misma intensidad con la que me sentí herida, brotó una ira incontenible. No era una rabia explosiva, sino una fría llama dentro de mi cuerpo que se convirtió en mi motor para tomar una decisión definitiva y contundente.
—Acepto el trato —dije en voz alta para la habitación vacía, antes de ir a dormir por última vez a mi habitación.
II
No pude dormir en toda la noche; las voces de mi pasado y mi presente me taladraban la cabeza, señalando cada motivo por el que no merecía acercarme a la agencia. Hoy era diferente, porque también estaba la voz de mi mejor amiga juzgando cada paso que estaba por dar.
Di vueltas en la cama hasta que salió el sol. Escuché cuando Emily se marchó al trabajo mientras aún amanecía. Me alisté, tomé una ducha lenta para intentar evaporar la tensión y, a las 7:30 de la mañana, estaba frente al edificio de Classic Divas Company.
El rascacielos se alzaba como un monolito de cristal que por poco perforaba el cielo de la mañana. Sus paredes acristaladas reflejaban el sol, quemándome los ojos. Entre toda la luz que me perforaba la córnea, divisé la entrada principal.
El piso de mármol recién pulido de la recepción parecía un espejo; todo era un recordatorio de que estaba pisando un mundo deslumbrante e incandescente. No sabía a dónde dirigirme. Las personas caminaban de un lado a otro, todas se veían muy ocupadas y serias. Me apenaba preguntar por la oficina de Tom.
«¿Debería hacer algo más tangible?», me pregunté, dudando de mi decisión.
«No», me rehusé a cambiar de opinión. Ya estaba aquí y, aunque pareciera irreal, esto ya era tangible para mí.
Iba a llamarlo cuando vi a las recepcionistas al fondo. Me acerqué y, tras un par de preguntas, me indicaron amablemente cómo llegar por el elevador.
En cuanto las puertas se cerraron, quise ver mi reflejo en algún espejo o en las paredes metálicas para retocarme, pero en su lugar, la vi a ella. Una publicidad de Red Muse Parfum cubría el interior del elevador, y la imagen de esa mujer me robó la respiración durante todo el trayecto. Estaba tan viva que casi sentía que podía tocarla.
La mujer de la imagen tenía una mirada azul que parecía atravesar el cristal, enmarcada por un maquillaje impecable y labios de un rojo profundo. Su mano sostenía su rostro con una delicadeza estudiada, mientras unos pendientes de rubíes destellaban bajo las luces del techo. Estaba rodeada de rosas rojas que brotaban de su propio vestido, creando una atmósfera de lujo y seducción.
—Es muy hermosa... —susurré para mí misma, estirando los dedos para tocar su cara en la impresión fría.
El ascensor abrió sus puertas y me enderecé de un susto, sintiendo que me habían descubierto haciendo algo que no debía. Voltee rápidamente; por suerte, el pasillo estaba desierto. Caminé un poco desorientada, apretando el papel donde me habían apuntado el número de la oficina hasta que los bordes se hundieron en mi palma.
—Es aquí —pensé, inmóvil frente a la puerta. Solo faltaba que me armara de valor para tocar.
Antes de que mis nudillos pudieran rozar la madera, la puerta se abrió de golpe con una fuerza que me hizo retroceder un paso. Lo primero que captaron mis ojos fue una mano de manicura dorada; me llamó la atención que, a pesar de su brillo metálico y agresivo, las uñas eran extrañamente cortas.
Lo segundo que vi fue a ella.
La mujer que bloqueaba la puerta poseía una elegancia autoritaria que no buscaba agradar, sino someter. Vestía un traje negro ceñido con un collar de eslabones dorados resaltando sobre su escote. Su cabello era negro, muy largo y liso, rematado con un flequillo corto. Su rostro de facciones afiladas me observaba con una mirada felina que me provocó el impulso de salir corriendo por donde vine.
El aire se volvió denso como el agua cuando ella se detuvo justo a mi lado. Giró ligeramente la cabeza, lo preciso para dedicarme una mirada de soslayo que me recorrió de arriba abajo con una maldad que no se molestaba en ocultar. Se llevó la punta de sus dedos a los labios, soltando una risita corta y antipática que resonó en mis oídos como un insulto.
—Insignificante —murmuró con voz sensual.
Chocó su hombro contra el mío al pasar, haciéndome tambalear. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula y desvié la mirada hacia el suelo, luchando por no salirme de mis casillas, hasta que una voz familiar rompió el trance.
—¡Pasa, pasa, Mia! —escuché decir a Tom.
Alcé la vista y lo vi sentado en su escritorio, agitado, terminando de acomodarse el saco para recibirme con esa sonrisa impresa. Su entusiasmo buscaba hacerme olvidar la humillación que acababa de tragarme.
Pasé media hora discutiendo los términos del contrato con él. Todo se veía en orden y, sorprendentemente, ventajoso para mí. Tendría tutorías diarias, alimentación especial, habitación privada y todas las comodidades que parecían imposibles para una persona en mi situación. No encontré letras pequeñas; lo leí una y otra vez, analizando cada cláusula con cautela.
Firmé.
Apenas solté el bolígrafo, Tom me quitó la hoja como un carroñero y llamó de inmediato a alguien para que se la entregara al director.
—Haré que te envíen una copia del contrato a tu correo —dijo, acomodándose con las piernas cruzadas en el sillón del recibidor de su oficina—. Pasaré por ti al final de la tarde. Empaca lo básico y ve cómoda; la residencia está en las afueras de la ciudad, así que llegaremos tarde por la noche.
—¿Qué hay sobre mis compañeras? —pregunté.
Me generaban mucha intriga, pero me había negado a investigar sobre ellas en internet. No quería llegar con ideas preconcebidas de ningún tipo; prefería descubrirlas por mí misma.
—Todo está arreglado —respondió engreído—. Faltan algunos detallitos nada más y estamos listos.
III
La tarde se escapó de mis manos lenta pero silenciosamente. Me tomé mi tiempo para poner todo en orden y recoger los rastros que quedaban de mi estadía en el apartamento de Emily. Seguíamos sin hablarnos en una tensa campaña de incomodidad contra reproche, hasta que ella no se resistió más e irrumpió sin aviso en mi habitación.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó, observándome con los brazos cruzados desde el marco de la puerta.
—Lo que dijiste —respondí, empacando con tranquilidad—. Dejar de ser irresponsable conmigo y con todos.
—¿No crees que estás siendo un poco malcriada? Ni siquiera estás pensando en las consecuencias de todo esto.
—La única consecuencia es que voy a ir a trabajar y te pagaré lo que te debo. Es todo.
En ese momento, mi teléfono vibró. Había recibido varios mensajes seguidos de Tom.
Tom CDC: ¿Ya empacaste? Trae lo indispensable.
Tom CDC: Luego enviamos el resto :)
Tom CDC: Estamos abajo <3
Conociéndolo un poco más, aprendí que era de los que necesita dar enter a cada frase en lugar de enviar un bloque concreto. Bajé mi maleta de ruedas y el bolso de mano de la cama.
—Tengo que irme —fue lo único que dije.
Caminé hacia la salida sin mirar atrás. No dijimos nada más; ella guardó silencio y yo no me despedí. Aún compartíamos esa sensación amarga en el estómago que amenazaba con no irse nunca.

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