I
—¿Tan poco te importa nuestro futuro como artistas como para decir que ella es lo mejor? —preguntó Rose a Tom, señalándome con un dedo tembloroso.
—¡Porque me importa es que hice esto! —le espetó Tom, dando un paso agresivo hacia ella—. ¡Iban a sacarlas de la división si no tenían una candidata para hoy! ¿Pero qué me dices de ti, Rose? ¿Realmente te importa el futuro de EOS? —Su voz comenzó a elevarse—. ¡Su popularidad está por el suelo gracias a ti y a tu mal carácter! ¡No hay más candidatas! ¡Las desechaste a todas!
Rose giró la cabeza con prepotencia.
—La presidenta no nos expulsaría jamás, ni en mil años... por no querer devaluar a su grupo de élite aceptando a quien sea —respondió, bajando el tono—. No me culpes a mí de su ineptitud, Tom. Yo no tengo tiempo para enseñarles a tocar o para sembrar talento en quien no lo tiene.
La pelirroja la atajó desde donde estaba:
—Aprende a callarte, Rosie —rió—. ¿No ves que el karma te está dando por todas partes? Él tiene razón, todas salieron de aquí llorando, resentidas contigo, llamándote perra, tirana, tóxica y tantas cosas más.
—¿C-cómo me llaman? —titubeó Rose, descolocada.
—También te llaman arpía controladora; cuando te pasas de la raya eres indefendible, Rose —añadió Alice.
Los insultos iban de un lado a otro, mientras Ruby hurgaba en su bolsa con desprecio.
—Estas no son mis malditas galletas —refunfuñó—. ¿Por qué carajo son enormes y están llenas de chispas? Odio las chispas. Fui muy específica...
Estrujó el empaque involuntariamente, pulverizando las galletas dentro de la bolsa con una fuerza equivalente a lo que supuse fue su frustración, porque sí... había sido demasiado detallada en su lista… más de lo normal.
—¡Ey, Mia! ¿En serio no cantas o tocas nadita de nada? —preguntó sonriente, aún estrangulando la bolsa de galletas.
—Nadita —le respondí.
—♪ Mi... el gato micifuz, Fa... la luz del farol ♪ —canturreó de repente, dejando caer con desagrado ese pobre paquete dentro de la bolsa de sus compras—. ¿Esta no te la enseñaron en el jardín de niños cuando eras una bebé?
—No...
—♪ La... el lápiz de escribir, Si... la silla donde voy ♪ —continuó con una cadencia juguetona. Sus dedos volaban sobre la pantalla enviando un mensaje con violencia; al terminar, sostuvo el teléfono con las puntas de los dedos, como si fuera un pañal sucio, y luego, simplemente lo dejó caer junto a las galletas, apartando la bolsa lentamente con el índice. Achicó los ojos y me sonrió—. ¿No?
—No... —repetí, sintiendo mi ignorancia florecer.
—¿Al menos te gusta la música? —preguntó Alice—. ¿Algún cantante?... ¿algo?
—¡Sí! Eso sí.
—Bien, vamos avanzando —dijo sonriente.
—♪ ¡Eso nos lleva a DO! ♫ —terminó la estrofa Ruby acercándose a Tom.
—Ruby… Maldición... Cállate un minuto —pidió Rose, harta.
—¿Qué vas a hacer si no? —le respondió burlona, pasándole los dedos por el cabello.
—Según veo... —intervino Luna, leyendo el contrato en la tableta—. Nuestro reto consiste en que Mia aprenda a tocar un instrumento de nosotras y no de una academia... a través de la constancia... y el trabajo en... ¿equipo?
—¡Con el poder de la amistad! —Ruby aplaudió, riendo.
—También hay un reality —continuó Luna—. Parece que nos grabarán en varias oportunidades.
—Dios mío... —Alice se llevó una mano a la boca, aterrada—. Estamos perdidas. ¿Qué vamos a hacer? Rose...
Había tanta confianza entre ambas que Alice no dudó en aferrarse a su brazo, arrugándole el atuendo en un intento por frenar el miedo que le causaba aquel contrato. Rose, en respuesta y aún en medio de su histeria, le dio unas palmaditas suaves en la mano para tranquilizarla.
—¿Qué cursilería es esta, Tom? —preguntó Rose, sin apartar la vista de él—. ¿Su sueño era ser artista hace una semana?
—Si no firman, van a perder por tu culpa, Rose —advirtió Tom—. Sereia ganará automáticamente.
—¡No todo son malas noticias! —exclamó Yvonne para romper la tensión.
«¿Soy una mala noticia?», me pregunté, con amargura en la garganta.
—Como han aumentado la dificultad del reto, la directiva aprobó que compitieran en la final con una pieza compuesta por ustedes, y no una asignada por CDC.
La noticia las dejó de piedra, sumidas en un mutismo cargado de dudas. Aunque mi participación significaba la derrota segura para EOS, noté que una fibra se movía en el interior de todas; debía de ser algo muy significativo para que, al mismo tiempo, hubieran callado con esa actitud casi sumisa.
—Siempre y cuando Mia componga ocho compases. ¡Y nada de silencios! Ni calderones, ni repeticiones... —completó Tom con firmeza—. Ocho compases corridos, completos y con sentido armónico. Ruby —dijo inmediatamente, pasándole la tableta.
—No vamos a firmar nada todavía —ordenó Rose—. Ya la vimos, llévatela. Hoy lo discutiremos y...
—Ay, ups... ya firmé —soltó Ruby devolviendo la tableta a Tom.
—¿Qué...? ¡Qué hiciste! —Rose se derrumbó.
—Me puse nerviosa... lo siento —respondió Ruby, encogiéndose de hombros.
—Lo hiciste a propósito... ¿Por qué?
—Ya, ya... —Ruby la rodeó con un brazo y le plantó un beso en la mejilla—. Ya se terminó.
Ninguna de nosotras supo por qué lo hizo, pero con una firma era suficiente para comenzar. Ya no había vuelta atrás. Estaba dentro.
II
Las voces enardecidas de Rose y Tom, las caras de Alice e Yvonne, la presencia de Luna junto con las imprudencias de Ruby sobreestimularon todos mis sentidos haciéndome implotar. Mi mente gritaba que se callaran; no necesitaba ser, otra vez, la carga en el techo de alguien. Me pregunté qué hacía allí hasta que las palabras perdieron el sentido.
Un jalón sutil de mi muñeca me llevó hasta el centro de la escalera.
—No seas grosera con la visita —pidió Ruby a Rose, jalándome sin permiso.
—Vamos, vamos —Tom empujaba a Rose por la espalda—, necesito una foto para el director.
—No me toques, cretino —Rose se zafó de él con fuerza.
—¿En dónde quedaron tus modales de la escuela de señoritas? —preguntó Ruby, terminando de estrellar a Rose de un empujón contra mí.
Al tropezar con mi hombro, Rose clavó sus uñas atravesando la ropa hasta rasgarme la piel. Estaba engrinchada como un gato a punto de caer al agua; destilaba grima en su mirada, en su voz, en su tacto. Todo en ella me transmitía su repulsión.
—No fui a ninguna escuela de señoritas, fui a los mismos cursos que tú... —respondió entre dientes.
—¿Pero no hiciste la especialidad de las señoritas?
—Esa fui yo —dijo Alice, levantando la mano.
—¿No nos dan un descuento si la inscribimos de emergencia? —le preguntó Ruby a Alice con burla.
—Si insisto y la ven, sí nos dejan —respondió Alice, considerándolo seriamente—. Pero podrían anularle el título si la ven en ese estado y sería un nuevo problema.
Sentí en mi hombro opuesto una caricia muy distinta. Fue un apretón suave, pero me estremecí tanto que el aire me abandonó de nuevo. Luna se había puesto a mi lado para la foto; su presencia era como un bloque de hielo silencioso. Me soltó en cuanto el resto comenzó a acercarse y no me atreví a mirarla ni una sola vez en medio de aquel desastre.
Me ardía la cara; aquello era inocultable. Escuchaba el sonido ahogado de Rose discutiendo con todas, pero no entendí qué decía; me quedé sorda ante el peso de mis propios sentimientos.
—Mírala, tienes a la pobre roja del miedo —dijo Ruby, posicionando a Rose para la foto.
Ruby le rodeó el cuello con el brazo para acercarla y le habló muy bajo, con una ternura que a la vez me resultaba asfixiante:
—Nunca podemos decir que no a una foto... ¿verdad, Rosie?
Rose se mantuvo callada, energúmena, pero finalmente en silencio. Las palabras de Ruby habían actuado como un sedante para su orgullo. Rose dio un parpadeo fuerte y su cara adoptó una expresión elegante, firme y tranquila, dirigida hacia Tom.
—¡Tómala, Tom! —exclamó Ruby.
El flash estalló, capturando el primer momento incómodo entre las cinco. Y para colmo, cerré los ojos.
—Miren, no les voy a suplicar —dijo Tom con urgencia cuando su teléfono comenzó a vibrar—. Si tienen quejas, vayan ustedes mismas a negociar con el director; yo me cansé de defenderlas.
Dudó un segundo antes de deslizar el dedo por la pantalla para aceptar la llamada.
—Hola... Sí. No, todavía no he podido salir de aquí —respondió tenso, caminando hacia la salida—. Ruby, te encargo este percance. Asegúrate de que llegue viva a su habitación, al menos.
—Seguro —contestó ella con una sonrisa indescifrable.
—Elige su instrumento y envíame el plan de iniciación por nota de voz —añadió Tom, más preocupado por la llamada que por mí.
—Huyó —dijo Ruby, viendo la espalda de Tom alejarse desde la puerta.
Yvonne se acercó a Ruby y le acomodó con cuidado un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Conocemos los intereses de Tom, traten de que no las desmotive.
—Hmju... —respondió Ruby—. Yo me encargo de ella, déjamela a mí. Llámame al llegar.
—Por supuesto, cariño.
Ni siquiera me di cuenta del momento exacto en el que Tom desapareció con Yvonne. Las preguntas me trituraban la cabeza, una tras otra, fuera de control: ¿Por qué su propio mánager querría perjudicarlas? ¿Qué mierda hago aquí? ¿Por qué les mintió sobre mí? Tenía miedo de voltear. No quería estar allí. Emily tenía razón. Mi madre también tenía razón sobre mí. Nadie me quiere en esta casa; soy un parásito que va a arruinarles la vida. El pánico empezó a cerrarme la garganta. Tengo que llamar a Tom. Tengo que llamarlo y...
—¿Te ayudo con eso?
Esa voz dulce volvió a sonar justo a mis espaldas. Con el corazón martilleando mis costillas, me arriesgué a voltear. Todas se habían ido menos Ruby. Me esperaba sosteniendo mi equipaje con toda la naturalidad del mundo.
—Vaya día que tuviste, pobre cosita. No te debe quedar nada de energía para subir tú solita el equipaje al ático, ¿verdad? Deja que lo lleve por ti.
—¿El... ático? —repetí, porque estaba muy segura de que había escuchado mal—. ¿Voy a vivir en un ático?
—¿No te lo dijeron? —Y ahí conocí su odiosa carcajada—. Bienvenida a String Woods, Mia.

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