La oscuridad del almacén olía a madera y especias. El silencio parecía tragarse mi propia respiración. Xiao Chen no perdió tiempo alguno. Me arrinconó contra la pared, bloqueando con su cuerpo cualquier salida; no fue un gesto de violencia, sino una invasión absoluta.
Sentí el frío del muro a través de la seda. Lo que hace apenas una hora era mi coraza, ahora no era más que una barrera frágil y ridícula frente a él.
Sus dedos, largos y seguros, iniciaron un camino lento por mi costado. El roce era tan leve que habría podido confundirlo con un escalofrío, de no ser por el estremecimiento que me sacudió al sentirlo tocándome.
Mis ojos se cerraron con fuerza cuando sentí su mano sobre el listón atado a mi cintura. Recordé entonces su imagen en el salón, su rostro sumergido en el chal, su devoción pecaminosa al llenar sus pulmones con mi aroma; la memoria de su deseo volvió a contagiarme, reclamando mi cuerpo con una urgencia que deshizo la línea de mis labios. Mi pecho subía y bajaba en un balanceo denso, dejando escapar un jadeo que se perdía entre nosotros.
Poco a poco, la tensión de la seda cedió. Pude oír el siseo del lazo deslizándose por las presillas, un roce largo y fluido que él guio con destreza hasta mis manos. Sin dejarlo caer, lo envolvió con una suave firmeza alrededor de mis muñecas, apresándolas frente a mí. El contacto de la tela contra mi piel me devolvió la certeza: quería que fuera él quien, pieza a pieza, desarmara mi armadura.
Xiao Chen inclinó la cabeza hasta rozar mi oído. Mi cuello se estiró, entregado a esa respiración tibia que trepaba por mi piel como una caricia eléctrica.
—Viniste por esto —dijo con total calma.
Sentí el tirón de la cinta sujetando mis manos. No apretaba, pero la conciencia de su control me dejó sin aire, hundiéndome en un éxtasis que no pude ocultar. Mis dedos se cerraron en el vacío, buscando un apoyo que ya no tenía, mientras él se alejaba apenas unos centímetros para obligarme a mirarlo.
Sus ojos oscuros sostenían los míos, fijos en cada grieta de mi compostura. Ya no era el camarero del salón; era el hombre que había descubierto mis secretos, esos que Theodore nunca se molestó en buscar.
—No te muevas —ordenó en un susurro.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo de obedecer. Mi verdadera esencia, liberada de aquella monotonía asfixiante, finalmente comenzó a respirar en esa oscuridad.
Mis manos, prisioneras de mi propia seda roja, quedaron suspendidas entre nosotros. El nudo era un ancla necesaria en mi desorden; una forma de hacerme saber que, en este espacio de sombras, mi voluntad ya no era la que dictaba el ritmo. Xiao Chen dio un paso más, eliminando cualquier rastro de aire entre su pecho y el mío. No buscó mis labios; bajó la mirada hacia mis manos presas. Con una dolorosa lentitud, sus dedos recorrieron mis uñas carmín, las mismas que yo había teñido buscando el color de mi propio deseo.
—Pulcro —exhaló contra mi piel, y su voz fue un roce cálido que me vibró en los huesos—. ¿Qué pasa si te rompes un poco?
Sus dedos subieron por mis antebrazos hasta rodear mi cuello. No me besó; sentí su nariz rozar mi piel, justo donde el pulso martilleaba con una violencia que me obligaba a ceder. Cerré los ojos, entregándome al calor de su cuerpo reclamando el mío.
—Dulce —murmuró contra mi cuello, y su aliento me quemó más que la seda—. Quiero derretir este aroma en mi lengua hasta que no quede nada más.
Su mano bajó por mi espalda y me presionó contra él. Sentí la firmeza de su cuerpo, una presencia sólida y rotunda que me dejó sin aire. Quise moverme, quise acercarme más, pero el tirón de la cinta en mis muñecas me recordó que estaba a su merced.
—¿Te gusta que te mire así? —preguntó, obligándome a abrir los ojos. Los suyos eran dos abismos de mando que no me permitían escapar.
—No... no lo sé —logré articular, aunque mi cuerpo gritaba lo contrario con cada latido.
Él sonrió, una curva lenta y peligrosa que azotó entre mis piernas. Sus dedos jugaron con un mechón de mi cabello, apartándolo para dejar mi hombro al descubierto bajo la luz tenue que se filtraba desde el exterior.
—Mientes —sentenció, y su voz sonó como un veredicto—. Te excita que yo vea lo que él decide ignorar.
Pronunció ese «él» como si se refiriera a algo insignificante, un estorbo que no tenía lugar en este almacén donde mi deseo, por fin, ya no tenía que esconderse.
Se inclinó una vez más, hasta detenerse a milímetros de mi boca. Podía sentir su aliento, el calor de sus labios agitando el aire, pero no me dio el beso que yo esperaba con hambre y desesperación. Era un juego de poder, y él sabía que yo ansiaba darle ese control.
—Hoy no, Sophie —murmuró, y su voz fue un escalofrío que me recorrió entera—. Pero mañana, cuando te mires al espejo, quiero que pienses en lo bien que se sintió soltar el control y dejarlo en mis manos.
Me soltó de golpe. Me dejó con las manos aún atadas y el corazón golpeando en la garganta mientras se alejaba con la parsimonia de quien se sabe dueño de todo. Me quedé en la penumbra del almacén, unida a él por un hilo invisible y voraz; atrapada entre el deseo de haber sido devorada y el terror de lo que eso significaría para mi vida.

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