I
—Con todo esto debes estar muerta de cansancio, ¿no? —Esbozó una sonrisa de oreja a oreja, presumiendo su dentadura—. Vamos, para que descanses.
Asentí aliviada, bajando la guardia un momento ante su cordialidad.
—Gracias por tu amabilidad.
—¿Te parezco amable? —Achicó los ojos—. Gracias. Verás con los días que algunas no son lo que parecen. Danos tiempo, prometo que será divertido.
Empezamos a subir por el primer tramo de las escaleras en silencio. Los pasos sonaban huecos, proyectando un eco persistente. Escuchaba uno que otro suspiro salir de Ruby. Noté que tenía mucha fuerza; podía levantar mi equipaje como si nada, mientras que a Tom le había costado mucho más cargarlo. Ella, en cambio, enviaba incluso mensajes con la mano que tenía libre. Doblamos a la izquierda y continuamos ganando más y más altura: Aún si íbamos ya por el tercer piso, ella seguía en silencio.
—String Woods... ¿es el nombre de esta casa? —La pregunta me salió sola al buscar terminar con el silencio. Había pasado ya demasiado tiempo callada.
—Esta es la residencia EOS. "String Woods" es el nombre de todo el recinto.
—¿Recinto?
—En este complejo vivimos aisladas todas los grupos de estúpidas que quisimos estar en la peor época de CDC.
Ella también..., pensé. Todas parecían descontentas con la agencia, no solo con Tom. Esto me llevó a preguntarme si él estaba en la misma posición que ellas o si era parte del problema; con el tiempo lo descubrí, pero en ese punto... estaba muy lejos de saberlo.
—¿No les gusta estar aquí? —pregunté lo obvio por romper el hielo—. ¿Por qué estamos en las afueras de la ciudad?
—Dicen que por nuestra seguridad y para "inspirarnos" a componer... Yo digo que el contrato lo diseñó un psicópata para tenernos apartadas a todas —rió fuerte señalando por un ventanal junto al que pasábamos—. Mira… allá, ese puntito que ves iluminado es la mansión Hellion; son lo más cercano a la civilización que tenemos. La de Athara está por allá a lo lejos. Si pones los ojos chiquitos quizás la puedas ver.
Ruby guardó su teléfono suspirando de nuevo. Ese último aliento fue denso, cargado de un estrés que no podía esconder.
—Hay otras construcciones más pequeñas por aquí cerca, pero no tienes que ir por ahí; son las de los empleados. Por cierto... si quieres ordenar algo de comer o necesitas a las damas de mantenimiento, tiene que ser de día. Está prohibido que cualquiera, aparte de nosotras, esté en la residencia por la noche. Todo se cierra a las 10:00 p.m. Lo que no entró a esa hora, se queda fuera hasta las 5:00 a.m.
Desde el último tramo, se escuchaba una fuerte melodía en piano, intensa y desgarradora. Hoy sé ya que era la Grande Sonate pathétique, pero en ese segundo, solo fue una melodía imponente que me había causado otro microinfarto más.
—¿Te asustó? Esa es Rose. Toca esa pieza de Beethoven casi siempre cuando está... "así". Es bueno que drene sus sentimientos así, nos da un aviso de que es hora de irnos de la casa.
Ella volvió a reír, mientras yo soltaba un "je, je" casi real para no ser grosera.
—¿Cuántos niveles son? —me pregunté, llegando a creer que me iba a dejar en el tejado.
—Tu nombre es Mia, ¿no? Es como... mine en inglés, ¿cierto?
—Sí. Nunca me lo habían dicho antes —respondí. Es muy agradable, creí por un instante—. ¿A ti te dicen Ruby por tu cabello?
—Mi cabello es de este color porque me llamo Ruby. De hecho, mi emblema en el grupo es un rubí. ¿A ti ya te dieron el tuyo?
La emoción me golpeó al instante. Me sentí como la elegida de algo importante solo por el hecho de tener un símbolo propio. Me pareció una idea genial, así que pregunté por el de las otras.
—No se esforzaron mucho en pensarlos —me respondió—, así que no te costará nadita adivinar.
Ruby se detuvo en un descanso y me lanzó una mirada lenta hacia el estampado de mi camiseta.
—¿Crees que el tuyo sea un durazno por eso que llevas puesto?
—Pues espero que sí, porque me encantan y sería impredecible, a diferencia del tuyo, al menos.
—Sabes qué... no voy a decir nada más, tienes razón —admitió, riendo de una forma distinta. Esta vez su risa había sido contagiosa.
Se detuvo frente a una puerta de madera maciza sonriéndome de medio lado.
—Llegamos. Disculpa el camino largo, es que todas las habitaciones están ocupadas y, por ahora, estarás aquí.
—Gracias por ayudarme, Ruby.
—No es nada. Mira —comenzó a señalar el pasillo—, ese acceso al final es tu baño. Acá, justo al frente de tu entrada, está mi cuarto. Esas de por allá, en el oooootro extremo, son las de Alice, Luna y Rose. Si aprecias tu vida, no toques después de las diez de la noche. Esas puertas tienen la misma regla de cierre que la que tiene la entrada.
—Entendido —asentí.
Ruby abrió la puerta y el chirrido de las bisagras tuvo que haber dejado alguna secuela en nuestros tímpanos; sonó horrible. No había luz; todo estaba en total oscuridad.
—Cuidado al pisar —me advirtió antes de subir por el último tramo de escaleras.
La siguieron los sonidos de más peldaños; esta vez de un material débil, quebradizo y viejo.
—Ruby... no veo nada —susurré, estirando el brazo hacia la nada.
—Sí, bueno... —Sentí su mano golpearme la cara por accidente. Sin disculparse, me tomó de la mano y tiró de mí—. Cuando me mudé a esta casa, tenía miedo de que algo saliera de aquí arriba por la noche y fuera hasta mi habitación —su risa incómoda volvió a salir—. Pienso que no estás mal como monstruo del ático.
Estas últimas gradas también se sintieron eternas. Quizás no eran tantas, pero el miedo a que el pie atravesara la veta podrida hacía que cada paso fuera más lento. Al detenerme, escuché a Ruby forcejear con una cerradura oxidada; le dio una patadita por la parte baja y, empujando con el peso de su cuerpo, la puerta cedió.
¡Tac!
Con el sonido del interruptor, me quedé ciega por la luz amarillenta que se encendió solo para perforarme la córnea y aspiré la mitad de todo el polvo con olor a encierro que flotaba en el aire.
Eso no era una habitación... era el cementerio de sus cosas. Había bolsas amontonadas, muebles rotos, estuches gigantes de todo tipo de instrumentos y sábanas que, supongo, alguna vez fueron blancas, tapando lo que ponían en ese basurero. Había tablas recostadas contra las paredes y luego, estaba yo: una nueva caja en el depósito.
—Hogar, dulce hogar —dijo Ruby, soltando mi equipaje para levantar justo la polvareda que me faltaba por inhalar para mejorar el día.
II
Esa mujer pensaba abandonarme allí sin darme ninguna explicación. La sujeté del suéter justo antes de que cruzara el umbral. Ella me dirigió una mirada tan severa por el rabillo del ojo que la solté al instante casi por reflejo.
—Oye... yo no puedo vivir aquí. Este sitio está abandonado.
—Eso discútelo con Tom —respondió con total indiferencia—. Ah, antes de que lo olvide, toma.
Me puso en las manos una escoba, un trapeador y un balde viejo que se sentía pegajoso al tacto.
—Sonríe —dijo, capturando una imagen con su teléfono—. Tengo que demostrarle a Tom que ya entregué el paquete.
—¿No ibas a ayudarme?
—A subir tu equipaje, no a barrer o desempacar —alzó ambas manos para batirlas al aire—. Mis dedos valen oro… ¿Sabes?.
La madera volvió a crujir y Ruby habló desde el otro lado, justo antes de cerrar:
—Hasta luego, "Mine". Ponte cómoda... como puedas.
Clac.
La cerradura devolvió el silencio al ático. Entré en crisis de inmediato. Llevé ambas manos a mi cabeza y me acuclillé, intentando inhalar hondo, pero eso sólo me provocó náuseas y mareos.
—Esto no está pasando... no puedo soportar un año bajo contrato... —Me dejé vencer por el remordimiento—. No debí hacerle caso a Tom. Debí ignorarlo. Es verdad... soy un estorbo para todos. Fui estúpida, fui irresponsable. Voy a fracasar y ellas van a fallar por mi culpa. Esto es... demasiado.
Pensar en los ojos de todas observándome me desarmó por completo. No podía culparlas; lo que para mí era una oportunidad, para ellas representaba la vida entera. No fue un golpe de suerte, sino el esfuerzo de años.
No podía hacerles esto. Tenía que renunciar.
Divisé un colchón bajo las telas grises, entre el montón de muebles. Fue difícil, pero logré extraerlo de ahí y arrastrarlo un poco.
—Tom nos engañó... no sé cómo pude creer que algo así era para mí.
Sin cubrirlo con nada, me desplomé sobre el lecho y oculté mis ojos con el antebrazo.
—No puedo pensar más... estoy exhausta. Mañana sabré qué hacer.
Con mi primera lágrima me invadió un sopor pesado que no tuve intenciones de resistir.
—Sí... mañana.
III
Dormí profundamente, indiferente a las condiciones de mi entorno. Me despertó mi primer amanecer en String Woods. No sabía lo que era un ensayo real; como cualquier persona común, confundí su práctica con música a todo volumen, así que desperté con una calma inusual, arrullada por el sonido distante de sus cuerdas.
Me forcé a mantener el ánimo. Pensé que si el destino me había dado una pizca de compasión, quizás tendría posibilidades de avanzar. Me puse mis audífonos aislantes y comencé la limpieza con mi propia lista de reproducción al máximo, desplazando cajas y mobiliario pesado hasta hacer aquel rincón apto para vivir.
No tenía idea de que, tres pisos más abajo, los ruidos que yo hacía… estaban enloqueciendo a Rose.
—¡No la aguanto! ¡Que se vaya YA! —gritó ella en la sala de ensayo, con la mirada clavada en el techo.
—No lleva ni un día aquí —intervino Luna—. Deja que ocupe el lugar de otra para ganar tiempo mientras anulamos la firma de Ruby y conseguimos a alguien más.
—¡Esto es tu culpa! —Rose se giró hacia Ruby con fuego en los ojos—. ¡Vamos a perder la maldita final por tu culpa y la de esa intrusa!
—Yo no oigo nada —respondió Ruby, arrugando la cara cuando la vibración de un mueble arrastrado llegó a las paredes—. Uy, qué fuerte... De cualquier modo, ¿no fuiste tú la que provocó todo esto?.
Luna y Alice se llevaron las manos a la cara, hartas de la cansona monotonía de escucharlas pelear a toda hora y frente a cualquiera.
—Si no fueras tan soberbia y hubieras aceptado a cualquiera de las candidatas, Tom no hubiese resuelto el tema con la primera que encontró.
A Ruby le encantaba colmar la paciencia de Rose hasta hacerla desbordar.
—¿Lo estás defendiendo? —Preguntó Rose con la mandíbula tensa
—Ah no, no, sólo te estoy culpando, Rose.
—Lo mejor es que guarden silencio y dejemos de perder el tiempo —interrumpió Alice, fijando la partitura en el atril—. La discusión no va a cambiar nada; esto ya es tema de abogados.
—Estás siendo muy dura con Mia, Rose —Luna estaba peculiarmente inquieta—. No sabemos de qué forma Tom pudo haber engatusado a esa niña para meterla en este lío.
—Siéntate —se escuchó la voz seca de Rose—. No hemos terminado.
Ruby se había puesto de pie para abandonar el estudio sin decir más.
—Me aburre esta conversación, Rosie. Voy a practicar donde no nos estorbemos —respondió, cerrando con cuidado la entrada.
Rose hubiese preferido un portazo a la indiferencia de Ruby. Al verla marcharse, no gritó más. Se quedó pensativa mirando el umbral un segundo de más antes de sentarse con las otras para continuar.
Este día fue duro y solitario. No me arriesgué a salir del ático; temía cruzarme con cualquiera de ellas. Sobreviví con las provisiones que me sobraron del día anterior, pero sabía que pronto tendría que dar la cara.
Al menos ya tenía un lugar un poco más limpio donde dormir. Aunque… a quién engaño: Sólo me mantuve ocupada todo el día porque acepté que ya esto no tenía vuelta atrás. Me pregunté: ¿Qué pasa si estoy repitiendo los mismos errores? Quizás estoy destinada al fracaso.
Me sentí confundida y muy sola. Pero entonces, el sonido de una melancólica tonada traspasó el cristal frente al crepúsculo y, de alguna forma, me hizo sentir que no era la única abrumada por la soledad.
Me acerqué al asiento de la ventana. Noté que el vidrio estaba sellado. Pegué mi rostro al cristal, buscando el origen de esa melodía.
Era Ruby.
Pero no era la Ruby que conocí. Era la parte más reprimida de su corazón dejándose sentir; una melancolía que la envolvía a ella y que, sin saberlo, acompañaba a la mía. En ese instante, experimenté la extraña calidez de sentirme comprendida. Entendí, como mi primera lección de esta nueva realidad, que la música te expone por completo. Y sin buscarlo, recibí con el alma abierta la verdad de quien ella era.
La escuchaba en silencio y, poco a poco, mi respiración se calmó, pero el nudo en mi garganta volvió a apretarse cuando noté que Ruby había levantado la vista.
Me observaba, esta vez con una mirada sin filo, sino con una hipnótica paz que me dejó inmóvil y expuesta, exactamente igual que a ella.

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