I
—¡Ruby! —La voz de Rose me hizo reaccionar como si un rayo hubiese atravesado mi mente desde donde quiera que viniera.
Volteé sobresaltada por semejante grito y, al recuperar la vista, Ruby ya no estaba; el balcón lucía desierto.
—¿Se fue? —Aunque estaba ahí hacía un segundo, no comprendía cómo había desaparecido de un momento a otro.
Admito que ese instante me persiguió durante todo el día; aquella melodía no paraba de sonar en mi cabeza. Había vuelto a anochecer y yo seguía absorta en ella.
—¿Qué clase de persona es? —susurré para mis adentros—. Es tan... impredecible.
De pronto, una notificación hizo saltar mi teléfono. Nadie debe haberse emocionado tanto por recibir un mensaje de Tom.
[Chat: Tom CDC]
Tom: ¿Cómo vas, Mia? ¿Todo en orden?
Mia: Tom, estoy en el ático, entre las cajas.
Tom: Jajaja, es mi culpa, lo siento. Aprecio mucho que logres adaptarte sin armar drama.
—Adaptarme, dice… —mascullé en voz alta, percibiendo un pitido en mi respiración.
No quería parecer una malagradecida, pero el polvo ya estaba deprimiendo mis pulmones.
Mia: No quiero ser grosera, pero... ¿existe la posibilidad de dormir en un colchón que no esté sucio?
Tom: ¡Absolutamente, Mia! El equipo de mantenimiento irá mañana para arreglarlo todo. Mientras tanto, envíame una lista de las cosas con las que te sentirías cómoda ahí.
Aproveché para enviarle toda mi carpeta de fotos guardadas que nunca iba a usar; esas que estaban tan abandonadas como las recetas fitness o las películas por ver. Se la mandé completa para que él eligiera lo posible.
Tom: ¡Jaja, entendido! ¡Hasta mañana!
Creo que estaba más exhausta que la noche anterior; el hambre, el esfuerzo de mover muebles y el bajón de adrenalina terminaron por desmayarme. En un parpadeo, el sueño me venció y la luz del día regresó.
Al abrir los ojos, lo primero que vi fue a las cuatro "damas de mantenimiento" en silencio desde el borde del lecho, observándome quién sabe desde hace cuántas horas.
—Buenos días, señorita Mia —dijo una de ellas.
Me incorporé con el corazón a mil. Lo comprendí en ese instante: la misión de todos en esta casa era eliminarme de un infarto.
II
Esa mañana volé al baño. Me di cuenta de que había pasado una jornada entera sin asearme y de que el día previo solo había ido a hurtadillas para no cruzarme con nadie.
Aquella ducha desinfectó mi desgraciada vida por una hora.
En el lavamanos había de todo. Creí que no hallaría nada porque la noche anterior ni encendí el interruptor. Pero ahora... había jabones de todo tipo, cuidado para la piel, sales, lociones... Parecía que se me había permitido ser una"persona" gracias a Luna.
No estaba idealizando nada, la jefa del servicio me lo había dejado muy claro:
—La señorita Luna nos envió a acondicionar su estancia. Puede tomar un baño y conocer la residencia mientras arreglamos todo aquí para usted. La señorita envía sus disculpas por no poder atenderla antes y nos pide decirle que muy pronto vendrá a verla.
Parecía un sueño, quebrado por la pesadilla de la voz de Ruby llamándome como desquiciada:
—¡Mia! ¡Mia! ¡MIAAAAH! —bramaba desde el pie de la escalera—. ¡Hay algo para ti!
—¿Puedes... dejar de gritar? —le pidió Rose masajeándose la sien—. Vas a reventarme la cabeza.
—¿Te decidiste por darle una guitarra? —preguntó Alice al ver llegar, entre los bultos de la mudanza, un estuche rígido.
—Ni lo intentes, Ruby —dijo Rose—. Ella no pertenece aquí, no es necesario que le enseñes nada.
—Ey, yo solo sigo órdenes. Soy tan inocente como ustedes —respondió Ruby con esa ligereza suya tan característica.
Antes de que los operarios pudieran proceder al cobro, Luna tomó el documento que sostenía uno de ellos.
—El recibo estará a mi nombre. Suban todo al último piso, por favor —pidió, firmando varias hojas sin que nadie la cuestionara.
Cuando le envié todo aquello a Tom, nunca imaginé que se lo tomaría de forma tan literal. Los pobres hombres de la mudanza no hallaban cómo maniobrar para subir mis pertenencias —tanto las viejas como las nuevas—; fue mucho tiempo después, cuando
Entonces, uno de ellos tropezó.
—¡Ten cuidado!... me vas a romper la escalera —y Rose les reclamó, intentando disimular su temperamento frente a ellos.
Quizás, si ella no hubiera abierto la boca, no habría pasado nada, pero el hombre se puso tan nervioso que la caja se le resbaló de las manos y terminó astillando la punta de uno de los escalones.
Ahí, ella me guardó un poquito más de rencor. Solo una pizca, nada más.
—¡Qué acabo de decir! —A Rose se le fueron como diez años de vida en ese grito.
Para ese momento, yo estaba ajena a lo que ocurría abajo. Salí del baño y mi habitación era otra; estaba tan pulida que podía ver mi reflejo en la madera. Las damas habían hecho magia.
Las cajas estaban bien acomodadas en la parte inferior. La pieza tenía dos niveles: la planta de abajo era amplia, y una escalerilla llevaba a una segunda planta. Allí era donde planeaba disponer mi cama, junto a la ventana con asiento; ese rincón lo usaría para meditar todas las noches sobre cómo seguir ahí con ellas sin volverme loca.
Al entrar, algo captó mi atención. Entre los paquetes, resaltaba un estuche rígido. Una guitarra.
Tomé el instrumento, subí a la planta superior, me senté frente al ventanal y toqué un acorde que no existe.
—Me gusta cómo se siente —dije en voz alta, percibiendo la vibración que tiritaba en mis dedos—. ¿Será que sí puedo con esto?
Nuevamente, una melodía clásica pero rítmica penetró en mi cuarto. Me agradaba que escucharan esas piezas desde temprano, así que, animada por la música, decidí aprovechar la mañana instalando mis cosas.
Aunque Tom se ofreció a que el personal lo hiciera, encontré relajante hacerlo por mí misma, como siempre lo había hecho y porque, si me sacan de quicio, puedo taladrar la pared hasta el fondo sin dañar a nadie.
Entre tanto buscar, encontré un taladro en el armario junto a la puerta y comencé lo mío. A Rose no le gustó.
El infierno se apoderó de su salón de ensayos y llegó hasta mi habitación cuando ella entró en mi habitación, histérica, azotando la puerta.
—¡¿Qué estás haciendo ahora?! —me gritó—. ¡Cómo te atreves a usar ese aparato infernal en mi casa!
Siguió vociferando conforme las otras aparecían tras ella.
—Estaba... ehm... —Con solo un día ahí, ya me sentía hastiada de ella—. Llegaron mis cosas y quería armarlas.
—Me muero… —exclamó Ruby, doblada de la risa.
—Mia... —dijo Alice siendo tan ella ese día que todavía sonrío al recordarla—. No puedes usar eso aquí, te puedes hacer daño. ¿Y si se te va la mano? ¿Cómo te ayudamos?
—Es verdad, es verdad —secundó Ruby asintiendo—. La ambulancia tarda veinte minutos... y la clínica privada está del otro lado, en el otro horizonte. No llegas viva.
—Solo hay un horizonte... —murmuró Rose, iracunda—. ¡Maldita ignorante... por eso se llama «el horizonte»! —explotó.
—Me apena que tu mente sea tan cerrada que solo te deje ver uno, Rosie —le respondió Ruby, aún riéndose de mí.
—Si vas a vivir en el ático, quédate quieta, callada, como un mueble. ¿Entiendes? —me soltó Rose con un odio que aún no logró afectarme. Pude ver con claridad que su rabia no era hacia mí, vi con claridad que ese rencor era hacia Tom.
—No me va a pasar nada. —Apreté el gatillo del taladro e hice que el motor rugiera un par de veces—. Lo uso todo el tiempo; si no supiera manejarlo, ya me habría perforado la mano.
Todas dieron un salto hacia atrás, cubriéndose las manos en pánico. Les retumbó en la cabeza «perforado la mano» y de ahí no escucharon nada más de lo que dije.
Una chispa se encendió en Alice y el ambiente cambió:
—Mia, hace poco me enviaron una docena de soportes de pared para mis instrumentos. El instalador es un poco tosco y por eso me lo he pensado dos veces, pero...
—La real verdad es que… —interrumpió Ruby— Alice está traumadita porque hace un año se colaron en la casa de Hellion para tomar fotos unos tipos disfrazados de repartidores. Pero no te preocupes, que yo lo tengo controlado.
—Me da curiosidad cómo lo controlas —admití.
—Con las Roses.
—¿Las Roses? —pregunté sin entender.
—Las Roses... —repitió ella, muy segura de sí misma.
—Entonces... me preguntaba si tú podrías ayudarme a instalarlos, Mia —continuó Alice.
—¡Yo también quiero unos! Me los debes —ordenó Ruby señalándola—. Quiero colgar mis guitarras, mi cuatro, mi ukelele, mis violas... todo.
—Yo no te debo nada, pero igual te los voy a regalar —le respondió Alice bajándole la mano que la apuntaba lentamente con un dedo—. Solo necesito cuatro, puedes tener los que queden.
—¿Qué dices, Mine? ¿Nos ayudas? —Ruby me hizo un puchero falso tan adorable como irritante.
"Si aprovecho estas oportunidades para que entiendan que no soy la inútil que creen... quizás la intensidad de su odio disminuya", pensé.
—Cuando quieran —respondí, más inquieta que confiada.
—Te espero al mediodía. Ya sabes dónde está mi cuarto, ¿no? —Asentí mil veces—. Bien —dijo Alice, haciendo un elegante movimiento de melena antes de retirarse.
—No quiero que taladre a ninguna hora —reclamó Rose sin querer salir todavía.
—Vamos, vamos —dijo Ruby, empujándola hacia la salida—. Ya Lizzie se fue; vamos a buscarla y te dejo ahí peleando sola.
Cuando al fin se marcharon, pude soltar un suspiro de alivio y dejar a un lado el taladro. Me senté en mi nuevo espacio favorito junto a la ventana y me dejé llevar por la vista hacia la nada; era increíble lo que unos pajaritos podían relajarte ante tanta gente desequilibrada.
Pensé que, quizá dentro de ese positivismo tóxico que me ayudaba a sobrevivir a diario, no solo dentro de esa pocilga a la que me lanzaron, sino a mi relación con ellas, habría alguna posibilidad de ganar mi lugar en el grupo.
—Qué carajos es eso —me pregunté en voz alta al ver una incoherente cuerda de rápel cayendo desde el balcón al otro lado de mi ventana sellada.
—Eso es de Ruby —respondió Luna a mis espaldas.
Volteé incrédula, nerviosa y sonrojada.
—Hola —me dijo sonriente, sosteniendo algo que yo no quería que ellas vieran; algo que no entendía por qué había tocado con sus preciosas manos: mi llavero de Nappoky.

Comments (1)
See all