La memoria estaba intacta. Lo primero que hice al despertar fue verificarlo: recordé el botón, los pasos para encontrarlo, el cuaderno bajo la almohada. Recordé el mapa. Todo en orden.
Lo segundo que hice fue preguntarme por qué eso me sorprendía.
Si esperaba no recordar, era porque en algún nivel sabía que la pérdida de memoria no era un accidente. Era una condición. Alguien — o algo — provocó ese estado. Pero eso me daba una pista: no estaba buscando salir de una situación accidental. Estaba dentro de un sistema intencional, planeado cuidadosamente. La pregunta principal ya no era «¿Dónde estoy?» sino «¿Por qué estoy aquí?».
Me vestí. Revisé el mapa. Decidí activar el segundo botón: el que estaba directamente frente al armario, en la pared opuesta.
Lo presioné. «Clic». Esperé.
Nada. Ningún movimiento. Sin luz. Di dos pasos atrás para ampliar el campo visual. Nada en las paredes laterales. Nada en el piso. Levanté la vista al techo casi por descarte, y ahí estaba: una apertura que no existía hace un segundo, intenté mirar por la apertura buscando algún sistema, pero la distancia y la oscuridad no me permitieron distinguir nada. Un panel se desplazó en silencio absoluto descendiendo a través de la apertura.
Un objeto rectangular. Fino como una hoja de papel, negro como la tarjeta que encontré ayer. Flotaba. No había cable, no había brazo mecánico, no había sistema de sujeción visible. Descendió con una velocidad tan constante y tan precisa que parecía calculada al milímetro — porque probablemente lo estaba. Se detuvo a la altura de mis ojos y permaneció ahí, suspendido, a unos veinte centímetros de mi cara.
Lo examiné. Era una pantalla. Apagada. Sin respuesta a mis golpes suaves. Por el momento, muda.
Me aparté y me dirigí al tercer botón, mientras caminaba, un pensamiento cruzó mi mente sin permiso, con la misma naturalidad perturbadora con la que sabía sobre aleaciones o sistemas de filtración.
Si Stella estuviera aquí ya me habría dicho qué hacer.
Me detuve en seco.
Stella.
El nombre no llegó como un dato. Llegó como una presión en el pecho. Como algo que debería tener forma y que no la tenía, o que la tuvo y ya no. No pude reconstruir una cara. No pude reconstruir una voz. Solo ese nombre, y una sensación que no sabía si calificar como recuerdo o como invención — si acaso había diferencia cuando la memoria no funcionaba.
¿Quién era Stella? ¿La conocí? ¿Existía? ¿Era posible que mi mente estuviera fabricando referencias como ancla, generando nombres de personas que nunca existieron para darse algo a qué aferrarse?
No podía saberlo. Y no poder saber me resultaba, de lejos, lo más insoportable de ese lugar.
Anoté el nombre en el cuaderno. Debajo escribí una sola pregunta: «¿real?»
Me acerqué al tercer botón. Lo presioné.
!CLANG!
El sonido sacudió la habitación entera. No venía del botón ni de las paredes — venía de afuera. Un impacto seco, violento, seguido de una vibración que subió por el piso y trepó hasta mis rodillas. La luz desapareció. Oscuridad total.
Un joven despierta en una habitacion sin ningun tipo de informacion ni señales y debera usar todo su ingenio para poder descubrir que hace en esta habitacion, quien es, y porque NEP es importante
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