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Daiki No Kakusei

Capítulo 12.1 - La Mano del Rey Parte 2

Capítulo 12.1 - La Mano del Rey Parte 2

Apr 23, 2026

Antes de que pudieran reaccionar, tres soldados atacaron al mismo tiempo:

Uno lanzó un golpe directo a la cabeza.

Otro apuntó al estómago.

El tercero atacó las costillas.

La Muerte se movió.

Detuvo el primer golpe con el antebrazo izquierdo.
Atrapó el segundo con el antebrazo con derecho.
El tercero fue bloqueado con una patada seca y precisa.

—¿Entre tres? —dijo con desprecio—. Qué cobardes.

Bajó ligeramente los brazos.

Y atacó.

Un codazo directo al estómago del primero.
Otro codazo al segundo, cortándole la respiración.

El tercero intentó retroceder con una patada desesperada.

La Muerte saltó.

Giró en el aire.

Una patada giratoria perfecta impactó de lleno.

Los tres soldados cayeron inconscientes al suelo en el mismo instante.

Silencio.

Luego habló, mirando al resto con absoluta tranquilidad:

—¿Qué pasa?
¿Por qué no vienen todos juntos?

Los observó sin guardia, sin postura defensiva, con una paz aterradora.

Los soldados restantes comenzaron a murmurar entre ellos, temblando.

Había acabado con tres de sus compañeros en segundos.

Solo quedaban cuatro.

Tragaron saliva.

Y aun así...

Con un grito desesperado, los cuatro soldados restantes se lanzaron juntos contra La Muerte

El hombre del impermeable negro dio un paso al frente y adoptó una postura de ataque.

—Puedo acabar con ustedes en un segundo... o menos.

Pero, en paralelo, detrás de él, los soldados del general ya habían actuado.

Dos de ellos sujetaron a la mujer con fuerza, obligándola a mantenerse en pie. Otro pisó la espalda del hombre y le presionó la cabeza contra el suelo, impidiéndole siquiera levantar la mirada. El hombre forcejeó, pero era inútil.

El general se acercó con una sonrisa torcida, lenta, asquerosa.

—Hagan su trabajo bien —ordenó con voz cargada de burla.

La mujer empezó a gritar.

—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Alguien... alguien que tenga corazón!

Su voz se quebraba. Lloraba. Se retorcía. Nadie del pueblo se movía. Algunos miraban. Otros apartaban la vista. Nadie intervenía.

En su mente, por un instante, volvió a ver a su esposo. Los dos juntos. Riendo. Prometiéndose un futuro. Un hogar. Una vida.

Y luego, la realidad.

Un hombre con rostro de cerdo y uniforme de autoridad. Un monstruo con permiso para hacer lo que quisiera.

El general le bajó la ropa con lentitud, disfrutando cada segundo. Cuando terminó, se inclinó con asco y perversión.

El general dio un paso más.

Y entonces—

—No importa quién seas... ni qué poder tengas... no voy a permitir esta injusticia.

El grito cortó el aire como un relámpago.

Un soldado salió volando tras recibir una patada. Otro cayó al suelo con un golpe seco en el estómago. En un instante, el orden se rompió.

Ren estaba allí.

Su respiración era agitada. Sus ojos, firmes. Su cuerpo, temblando...  de miedo.

Se colocó frente a la mujer sin mirarla, quitándose la camisa y extendiéndosela para que pudiera cubrirse.

—Perdón... —dijo con voz baja—. Perdón por no actuar antes. Tuve miedo.

La mujer, llorando, negó con la cabeza mientras se cubría.

—No importa... lo importante es que estás aquí. Gracias... gracias...

Ren tragó saliva.

—No soy nadie importante. No soy un héroe. No soy especial. Solo... soy un padre que quiere volver con su familia. Darles un mundo donde esto no exista.

Levantó la mirada y clavó los ojos en el general.

—Y ahora... por ti... voy a acabar con este animal vestido de hombre.

El aire se volvió pesado.

El general lo miró con desprecio.

Los soldados restantes apretaron sus armas.

El general, furioso, levantó su arma y empezó a disparar.

Ren lo entendió en el acto: si bajaba la guardia un segundo, una bala le daría en un punto vital.

No podía atacar.

Solo moverse.

Las lanzas de los soldados venían desde distintos ángulos, obligándolo a retroceder, a girar, a esquivar por centímetros, mientras los disparos silbaban a su alrededor y destrozaban la pared detrás de él.

Un paso en falso y estaba muerto.

Apretó los dientes, desvió una lanza con el antebrazo, giró el cuerpo para que otra pasara rozándole el costado y se agachó justo cuando una bala cruzó sobre su cabeza.

No tenía espacio para contraatacar.

Solo para sobrevivir.

Al mismo tiempo, uno de los soldados sacó un cuchillo y se lanzó contra el hombre del impermeable negro.

Él lo vio venir.

En un solo movimiento, pateó al soldado, el cuchillo salió volando por el aire, y antes de que pudiera caer, lo golpeó con tal fuerza que lo dejó inconsciente. El arma giró en el aire... y cayó clavada en el suelo, justo frente a la mujer.

El hombre del impermeable negro terminó con los últimos soldados en un instante.

Luego, con total calma, se sentó en el suelo.

Miró a la mujer.

Después, inclinó la cabeza señalando al general.

No dijo nada.

Ella entendió.

Con manos temblorosas, tomó el cuchillo.

Se levantó.

Caminó.

Mientras Ren, aprovechando ese instante, derribaba a los últimos soldados que lo acosaban.

La mujer se detuvo frente al general.

Y sin dudarlo, le clavó el cuchillo.

Una vez.

Y otra.

Y otra más.

Hasta que finalmente, con un grito ahogado, le cortó el cuello.

El cuerpo cayó.

El silencio se extendió.

Los soldados yacían en el suelo.

La injusticia... había terminado ahí.

Después de que el cuerpo del general cayó al suelo, el silencio se apoderó de la calle.

El viento pasó entre los edificios, arrastrando el olor a polvo, sangre y miedo.
Los soldados yacían inconscientes o muertos. Nadie más se atrevía a moverse.

La mujer seguía temblando, con el cuchillo aún en la mano.
El hombre se acercó de inmediato y la abrazó con fuerza, como si temiera que todo fuera un sueño y ella desapareciera si la soltaba.

Ren se quedó quieto, respirando hondo, dejando que la tensión se le fuera del cuerpo poco a poco.

El hombre del impermeable negro observó la escena en silencio.

Luego caminó hacia ellos.

No había hostilidad en su postura.
Solo cansancio.

Metió la mano dentro de su impermeable y sacó una pequeña bolsa de cuero.
La abrió. Dentro había monedas. No muchas, pero era todo lo que tenía.

Se la extendió a la mujer.

—Tomen —dijo con voz baja—. Vayan a comer algo. Descansen. Aléjense de este lugar.

La mujer lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—P-pero... ¿y usted...?

El hombre del impermeable negro negó con la cabeza.

—Yo estaré bien.

Ren lo miró de reojo.
Entendió enseguida.

—Oiga... —dijo—. Si les da todo eso... usted no va a poder comer.

El hombre del impermeable negro se encogió de hombros.

—No es importante.

Ren frunció el ceño.

—Sí lo es.

Se giró hacia la pareja.

—Vayan con Hiroshi. El puesto de ramen de la esquina. Díganle que yo los mando. Coman tranquilos.

La mujer y el hombre inclinaron la cabeza una y otra vez.

—Gracias... gracias... si no fuera por ustedes... —sollozó ella.

El hombre apretó los puños, con rabia y vergüenza en el rostro.

—Si tan solo fuera más fuerte... —dijo con la voz quebrada—. Si fuera más fuerte, podría protegerla...

El hombre del impermeable negro lo miró fijamente.

—La fuerza no lo es todo —dijo con calma—. Proteger a alguien no siempre es cuestión de músculos o armas. A veces es resistir. A veces es no rendirse. A veces es simplemente seguir de pie.

El hombre bajó la mirada.

—Gracias... de verdad.

La pareja se alejó lentamente, apoyándose el uno en el otro, todavía temblando, pero vivos.

Ren se giró hacia el hombre del impermeable negro.

—Oiga... venga conmigo.

—No necesito caridad —respondió él.

Ren suspiró.

—No es caridad. Es comida.

Lo miró serio.

—Además, usted los ayudó... y me ayudó a mí también. No pienso dejarlo irse con el estómago vacío.

El hombre del impermeable negro lo observó unos segundos.

Luego... asintió.

—Está bien.

Caminaron juntos hasta el pequeño puesto de ramen.

Hiroshi los vio llegar y frunció el ceño.

—¿Otra vez tú, Ren? —gruñó—. ¿Ahora traes compañía?

Ren se rascó la nuca.

—Je... algo así. Oiga, ¿podría servir tres tazones?

Hiroshi miró al hombre del impermeable negro de arriba abajo.

—Si no tienen dinero, no—

—Yo pago —dijo Ren rápido—. Bueno... en realidad... —dudó—. Él se quedó sin dinero por ayudar a otras personas.

Hiroshi chasqueó la lengua.

—Tch... qué molestos son los tipos buenos.

Pero aun así, se dio la vuelta y empezó a preparar los fideos.

Cuando puso los tazones frente a ellos, el vapor subió lentamente en el aire.

Ren miró el tazón de ramen y se rascó la mejilla con algo de vergüenza.

—Al final... estan rico ya se que solo son fideos y especias —dijo—. pero  cumplen con su funcion llenarte el  estomago.

Hiroshi resopló desde el mostrador.

—Oye, mocoso, son fideos, sí, pero no me los desprecies.

El hombre del impermeable negro sostuvo los palillos un segundo, observando el vapor que subía del tazón.

Luego habló con voz tranquila:

—No importa si solo son fideos y especias.

Ren lo miró, sorprendido.

 El hombre del impermeable negro  levantó un poco el cuenco.

—Están hechos con pasión. Y con cariño. Eso cambia la comida.

Probó un bocado.

Cerró los ojos un instante.

—Para ti quizá sea solo comida —dijo—.
Pero para mí... es algo más que eso.

Ren no respondió de inmediato.

Solo sonrió, en silencio.

En un momento, Ren le dijo algo al hombre del impermeable negro.

—¿Por qué ayudaste a esa gente? —preguntó.

El desconocido le devolvió la pregunta.

—¿Por qué tú los ayudaste?

Ren se quedó pensando un segundo.

—Porque no puedo mirar a otro lado cuando hay una injusticia. No importa quién sea... no importa contra quién.

El hombre de negro asintió levemente.

—Por eso actué yo también.

Comieron en silencio durante unos segundos.

Luego, el forastero volvió a hablar:

—¿Cómo te llamas?

—Ren —respondió—. Ren Awago.

—Itsurō Kuro —dijo el otro—. Gracias por la comida.

Itasuro kuro sonrió.

—Algún día,  encontrare la forma de pagarte el ramen.

ren lo miró, confundido.

itsuro solo se rió.

A unos metros, la mujer y el hombre que habían salvado se inclinaron profundamente ante ellos.

—Si no fuera por ustedes... estaríamos muertos —dijo ella, llorando.

Itsurō guardó sus espadas bajo el impermeable.

— Les recomiendo irse de este lugar —dijo —. Solo se necesitan  ustedes dos para ser felices.

Luego se levantó.

Con el estómago lleno.

Con el paso tranquilo.

Y sin mirar atrás.

Caminó hacia el siguiente pueblo...
hacia otro lugar...
quizá hacia otra injusticia...
o quizá solo hacia otra comida nueva que probar.

Al día siguiente del enfrentamiento, los soldados que habían quedado inconscientes fueron llevados ante el rey.

Arrodillados, contaron todo:

El hombre del impermeable negro.
Ren.
La muerte del general.

El salón quedó en un silencio pesado.

El rey, sentado en su trono, apoyó el mentón sobre su mano.

—Por mi mano dicto sentencia —declaró con voz fría—.
Pena de muerte en el Bosque Real...
Para todos los que participaron.
Y para sus familias.

Un murmullo recorrió la sala.

Los soldados sonrieron.

Esa misma tarde, golpes secos resonaron en la puerta de la casa de Ren.

Ren abrió.

Frente a él, varios soldados.

Uno de ellos —el mismo al que había golpeado el día anterior— sonreía con burla.

—El impuesto semanal es de cien yenes por cabeza —dijo—. Cuatro personas... cuatrocientos yenes.

Ren apretó los puños.

El soldado se inclinó un poco hacia él.

—Pero ahora cambió.
Cien mil por cabeza. Esta semana.

Silencio.

Ren entendió.

Era imposible pagar este monto.

Miró hacia atrás, donde estaban Himari, Sakura y Kiku.

—Himari... toma a las niños y corran—

No terminó la frase.

Un golpe brutal en la nuca.

Un zumbido agudo invadió su cabeza.

Todo comenzó a girar.

Mientras caía, una frase se repetía una y otra vez en su mente, distorsionada, como si el mundo se rompiera a su alrededor:

Himari...
Sakura...
Kiku...
corran...

Su cuerpo se desplomó.

Ren abrió los ojos de golpe.

El zumbido seguía en sus oídos.

Estaba tendido sobre tierra húmeda.

Se incorporó con dificultad. La cabeza le palpitaba.

Árboles enormes lo rodeaban.
Un bosque que no reconocía.
Un aire pesado, denso... como si algo respirara entre las sombras.

No sabía dónde estaba.

Intentó enfocar la vista.

Entonces—

Un grito.

Agudo. Desesperado.

Ren se quedó inmóvil un segundo, intentando recuperarse del golpe.

Y en ese instante lo recordó todo.

La puerta.
Los soldados.
El impuesto imposible.

Himari.

Sakura.

Kiku.

Sus ojos se abrieron con terror.

—No...

El grito volvió a escucharse.

Ren no dudó.

Sin terminar de recuperarse, salió corriendo hacia el sonido, atravesando ramas y raíces, sin saber qué lo esperaba entre los árboles del Bosque Misterioso .

Desde lo alto del palacio, el rey observaba el bosque a la distancia.

A su lado, una sombra oscura se retorcía suavemente, como humo vivo.

 El rey sin mirarlo—. ¿Ya llenaste el bosque?

La sombra respondió con una voz profunda y tranquila.

—Sí. Hay suficientes demonios.
Los humanos que  perezcan  en el bosque las almas  seran de mi propiedad , como fue dictado en el trato de hace tres años.

El rey soltó una risa baja.

—Las almas no me importan.
Quiero verlos correr.
Quiero ver cómo se desesperan intentando sobrevivir.

Sus ojos brillaron con un placer enfermizo.

—Eso es lo que me interesa.

La sombra sonrió apenas, invisible en la oscuridad.

El rey creía que estaba usando a un demonio.

Pero hacía tres años que su voluntad ya no era completamente suya.

En el Bosque Real...

El espectáculo estaba por comenzar.

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