El señor Cornwall Scott era un hombre cuya edad rozaba las seis décadas de existencia. Su complexión era pequeña y más bien algo regordeta, con la cabeza un poco calva y la nariz redonda como una patata. Era un hombre muy gracioso que amaba los buenos chistes; en el pueblo lo reconocían por su estruendosa carcajada que podía escucharse a varias casas de distancia. Además, era muy simpático; todos en el pueblo le tenían gran cariño y lo llamaban «el tío Cornwall». Provenía de una familia acomodada dedicada a la crianza de ganado y la agricultura, por lo que poseía una vivienda lujosa a la par de modesta con algunos cuantos sirvientes.
Al llegar a su domicilio, el señor Scott los recibió con sumo entusiasmo como tenía por costumbre. Hacia un largo tiempo que los Everwood no lo visitaban y sólo se comunicaban por la vía escrita. Ver lo mucho que sus nietos habían crecido fue algo que lo colmó de tanta dicha y lo dejó sorprendido, e incluso se conmovió al ver a su nuevo nieto, el pequeño Edward. Sin embargo, lo que más notó fue la ausencia de su amada hija.
—¿Dónde está ella? ¿Por qué no se encuentra con ustedes mi más adorado tesoro? —inquirió el señor Scott tras su calurosa bienvenida.
—Ese es, en efecto, el motivo de esta inesperada visita —aclaró el señor Everwood con severa voz—. Sugiero que entremos a su casa; hay algo de lo que deseo hablar con usted.
La forma en la que el señor Everwood hablaba, su expresión decaída y sus ojos al borde de las lágrimas hicieron que el señor Scott se preocupara e incluso le dio un leve indicio de lo que estaba a punto de decirle. Sin más tiempo que perder, acompañó al señor Everwood hasta la sala de estar de su casa. Sus pequeñuelos entraron junto con él mientras que los sirvientes de la casa del señor Scott y los empleados del servicio de renta del autwagen ayudaban a llevar el equipaje de los Everwood dentro de la casa.
Una vez acomodados cada uno de ellos en un sitio de la sala de estar, incluso a los pequeños quienes se sentaron en el sillón más grande, el señor Everwood comenzó a hablar.
—Señor Scott, me embarga una pena profunda en demasía. No considero necesario explicarle el dolor que inunda hasta el rincón más recóndito de mi ser.
—¿Dolor? Pero, ¿de qué habla? ¿Ocurrió acaso algo infortunado entre ustedes dos?
—En efecto, señor Scott. La noticia que estoy a punto de darle no será sencilla de digerir, ni mucho menos de ser transmitida. Por favor, haga el intento de mantener la calma.
—Con sus palabras sólo consigue que me preocupe. —La voz del señor Scott comenzaba a quebrarse—. Señor Everwood, por favor, sea claro. ¿Qué es lo que sucedió con mi preciosa Elizabeth?
—Señor Scott, me apena informarle que hemos sido víctima de una calamidad. Resulta complicado a la vez que desgarrador aceptar que aquella persona a la que entregué mi vida y mi devoción… —el señor Everwood hizo una pausa para intentar guardar la compostura, pero al final el dolor lo venció—… ya no se encuentre entre nosotros.
—¡No! —gimió el señor Scott.
—Lamento con toda mi alma expresarle tan oscuras nuevas, máxime por el intenso amor que tanto usted como yo profesábamos hacia Elizabeth.
—¡Tiene que ser mentira! ¡Esto no puede haber sucedido!
El señor Scott intentó levantarse de su asiento, pero sus piernas, ahora debilitadas por haber sido oyente de tan fatídicos informes, no lograron soportar su peso y cayó de rodillas justo enfrente de la concurrencia. Allí en el suelo se aferró del tapete con fuerza mientras profería lamentos.
Inmediato a ese incidente, el señor Everwood se acercó a él para verificar que se encontraba bien, y hecho esto aprovechó para rodearlo con sus brazos al tiempo que expresaban su dolor en llanto tan amargo como el del apóstol Pedro luego de haber negado a Jesús. Los pequeñuelos no se quedaron atrás, y prontos se acercaron a sus seres queridos para tratar de confortarlos y de paso desahogar un poco de su dolor.
Un corto espacio de tiempo fue el que ellos permanecieron en el suelo y dejó salir sus penas por la pérdida de tan amado ser. A su alrededor los sirvientes del señor Scott contemplaban entristecidos la escena. Ya un tanto repuestos, el señor Everwood ayudó al señor Scott a ponerse de pie y tomar asiento de nuevo. Los sirvientes aparecieron para ofrecer a cada uno de ellos una taza de té relajante, pero el señor Scott no pudo siquiera darle un sorbo mientras que el señor Everwood a duras penas podía pasarlo por la garganta.
—¿Cuándo sucedió esto? —preguntó el señor Scott.
—Ayer por la mañana. Falleció durante el alumbramiento de Edward.
—Esto es todavía más lamentable. Pobre pequeño, no tendrá la dicha de conocer a quien dio su vida por él —expresó con voz ahogada el señor Scott conforme acariciaba la cabeza de Edward, quien en ese momento lanzó un pequeño bostezo.
—Traje conmigo sus restos. No me atreví a esparcirlos por el respeto que le tengo a usted. Además, ella merece que sus restos sean esparcidos en la tierra que la vio nacer, la tierra donde han vivido sus seres más apreciados y de la cual la arranqué el día de nuestro casamiento. Si me lo permite, le traeré el contenedor.
—Está bien.
El señor Everwood fue en busca del contenedor con las cenizas y cuando volvió se lo cedió al señor Scott. Este lo tomó entre sus brazos y lloró sobre él mientras le hablaba con cariño como cuando era una pequeña. Luego tomó la urna y la colocó en una repisa que se encontraba por encima de la chimenea, junto a ciertos efectos personales que pertenecían a Elizabeth Everwood y que el señor Scott conservaba, además de otros objetos que pertenecieron a su esposa cuando se encontraba entre los vivos.
—Mañana, por la mañana —dijo, y entonces se dio la vuelta—. Soltaremos sus cenizas en la cima de la colina, donde se encuentra el gran árbol.
—Me parece adecuado —respondió el señor Everwood.
—Por ahora ya se hizo tarde; considero que mejor vayamos a tomar alimentos y descansar.
—Me parece bien. ¿Quieren comer algo, hijos míos? —preguntó el señor Everwood a sus retoños, a lo que ellos asintieron.
La familia entonces se retiró de la sala de estar y se dirigió al comedor para cenar. Pero, a pesar de lo apetitosa que la comida lucía, los ánimos se encontraban por los suelos, por lo que poco de ella fue lo que probaron. Luego de la cena procedieron a descansar.
Al día siguiente, cuando el sol apenas mostraba su rubia cabellera sobre el horizonte, todos los que se encontraban en casa del señor Scott se levantaron para esparcir los restos de la señora Everwood. Marcharon a pie, pues el lugar al que el señor Scott se refería se encontraba cercano. Conforme avanzaban por el camino, la noticia del fallecimiento de la hija del señor Scott comenzó a esparcirse por todo el pueblo. No fueron pocas las señoras, en especial las más entradas en años, las que se desmayaron de la impresión al recibir la noticia, y muchos de los habitantes del pueblo, solidarios como solían serlo con el tío Cornwall, se unieron a la marcha fúnebre. Algunos iban en silencio mientras que otros murmuraban melodías o recitaban algunos pasajes bíblicos relacionados a la esperanza de la resurrección de los muertos.
Llegó el cortejo fúnebre hasta una colina cubierta por un verde pasto con aroma a rocío matinal. Bajo la sombra de aquel gran árbol, famoso por haber atestiguado una de las historias de amor más emocionantes de todo Couland, el señor Scott tomó la urna, la abrazó por última vez y cedió a las lágrimas de nueva cuenta.
—Nos veremos pronto, amado tesoro. Bajo la sombra de este árbol nos volveremos a reencontrar. También estará tu esposo y tu madre, y juntos formaremos de nuevo y para siempre una hermosa familia. Pero por ahora tendremos que vivir sin ti. No será fácil la vida sin tu amor, sin tu cariño, sin tus palabras, tu sentido del humor y tu activa imaginación. La vida ha perdido brillo por tu ausencia. Vuela ahora, hija mía; ve y reposa en la tierra que te vio nacer.
Con estas palabras el señor Scott dio un beso a la urna, luego la abrió y arrojó con fuerza las cenizas. Hacía un poco de viento, lo que ayudó a llevárselas por todo el páramo verde que rodeaba la colina. Tras haber culminado, cada uno de los asistentes se dirigió a su propio domicilio, no sin antes darle el pésame al señor Everwood y al señor Scott. Momentos después volvieron a casa del señor Scott, donde tomaron sus alimentos y algunas horas más tarde los Everwood se retiraron. Antes de irse, el señor Cornwall Scott prometió enviarle a su nuevo nieto un obsequio fabricado por sus propias manos cada año mientras permaneciera con vida, pues tenía también grandes habilidades para la carpintería, la herrería y para realizar artesanías. Por su parte, el señor Everwood prometió mantenerse en comunicación constante con el señor Scott.
Transcurrido un tiempo después del bongerfeuer de la señora Everwood, el señor Everwood se encomendó a una tarea de suma prioridad. Como sus hijos todavía se encontraban en las tiernas etapas de la vida, en especial Edward quien no hacía mucho había llegado al mundo, el señor Everwood consideró que no era apropiado que sus hijos crecieran sin una figura materna, razón que lo impelió a efectuar la búsqueda de una persona que desempeñara el cargo de nodriza y madre sustituta para sus hijos y para el pequeño Edward, al menos durante los primeros años de su vida.
Varios avisos fueron colocados en los más reconocidos diarios de Kaptstadt, así como en sitios de amplia concurrencia. Sin embargo, el resultado no fue tan favorable como imaginaba. La sola idea de tener que cuidar no sólo a un pequeño, sino también a otros cuatro, disuadió incluso a muchas de las más experimentadas aspirantes. Sólo unas pocas fueron las que se presentaron, y de ellas sólo una logró satisfacer los requisitos que el señor Everwood propuso.
Su nombre era Christine, tenía treinta años de edad y había estado casada con un hombre que había fallecido durante un viaje a América tres años después de su casamiento. Estuvo embarazada en un par de ocasiones; por desgracia ninguno de sus embarazos llegó a término pues perdió ambos bebés. Se presumía que padecía de alguna suerte de mal que le producía esterilidad. Sin embargo, adquirió una gran experiencia en el cuidado de los niños pues se había encargado no sólo de velar por los hijos de algunos de amigos y familiares, e incluso a los hijos de alguna que otra persona importante de Kaptstadt, sino que también formó parte integral en su formación. Esa clase de referencias, llegadas hasta oídos del señor Everwood por personas influyentes muy allegadas a él fueron las que lo convencieron de contratarla.
Tres años fueron los que la señora Christine vivió en casa de los Everwood. Durante todo ese tiempo sirvió como una figura materna para Edward y también para los pequeños Charles y Diana. Y mientras que a Beatrice le agradaba la idea de que en su casa viviese otra mujer con quien conversar sobre cualquier tema con mayor libertad –no despreciaba los consejos de Amelia y otras de las sirvientas, pero sentía que con la señora Christine tenía mayor intimidad–, a Arthur en cambio la presencia de Christine le parecía poco tolerable. Era de esperarse, después de todo había perdido a una madre a quien amaba, y estaba seguro de que ninguna otra mujer lograría reemplazarla.
No fueron pocas las ocasiones en las que Arthur orquestaba planes para hacer quedar mal a Christine y que el señor Everwood la despidiera, planes que o bien no funcionaban o eran descubiertos por sus hermanos menores quienes le guardaban lealtad a ella. Enterado de las perversas maquinaciones de su retoño, el señor Everwood tuvo que ponerse firme con su hijo y conversar con él. Tras una larga charla, en la que el señor Everwood apeló al apego de su hermano por el pequeño Edward y le recordó que era él la principal razón de esa decisión, Arthur al final accedió y terminó por aceptar a Christine como figura materna sustituta.
Ahora bien, aunque ya había llegado el tiempo en que la señora Christine había cumplido sus servicios, aun le esperaba otra sorpresa. Durante esos tres años el señor Everwood comenzó a sentir cierto interés por la persona de Christine, a tal grado de declarar sus sentimientos hacia ella. Para beneplácito del señor Everwood, Christine correspondió a sus sentimientos. Fue la cercanía que mantuvo con los pequeños Everwood, en especial con Edward a quien llegó a considerar como su propio «hijo» y que le hizo cumplir su sueño de criar a un bebé, lo que hizo que se enamorara por completo de la familia, por lo que no puso reparos cuando el señor Everwood propuso entablar primero una relación formal y meses después contraer nupcias el día vigesimotercero del decimosegundo mes del año 1858.
A partir de ese momento, los Everwood volvieron a tener una vida de ensueño, y hubiera continuado de esa forma si no hubiera sido por los inesperados infortunios que acaecieron sobre ellos; esta vez con relación a Edward Everwood.

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