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Edward Everwood

CAPÍTULO III (P1)

CAPÍTULO III (P1)

Jul 17, 2017

La vida del pequeño Edward resultó bastante complicada. Desde pequeño dio señas de gran debilidad física y de poseer una salud deplorable. Con suma frecuencia sucumbía a enfermedades y males de diversas índoles, a tal grado que ver entrar y salir doctores a su habitación se convirtió en algo habitual en su vida. Sin duda resultó un gran reto para Christine y una gran decepción para el señor Everwood, quien nunca imaginó que alguien de su misma estirpe careciera de las características que convertían a los Everwood en una de las familias más fuertes de Couland. La frágil salud de su hermano menor hizo que creciera en Arthur una fuerte preocupación por la vida de este, pues era el último recuerdo de la madre a la que tanto amor profesó; razón que lo impelió a dedicarse a estudiar medicina para de esta forma poder cuidar mejor de él en el futuro.

Convivir con sus hermanos le fue muy complicado. No soportaba realizar actividades físicas al aire libre con ellos. Tan sólo correr unos pasos hacía que terminara extenuado y sin aliento. Su pálida tez se tornaba roja cual tomate y con frecuencia terminaba bañado en sudor, aun cuando el clima era tan fresco que hacía casi imposible el que uno transpirase siquiera un poco. De hecho, la mayor parte de su infancia la vivió encerrado en su propia casa, detrás de las cuatro paredes de su cuarto que lo separaban del mundo exterior.

Nunca asistió a una escuela para recibir su educación básica, a diferencia de sus hermanos. Toda su educación la recibió en casa. El señor Everwood, preocupado porque su hijo se perdiera de recibir su debida formación académica, contrató a los mejores tutores, instructores y maestros particulares que pudiese encontrar no sólo en Kaptstadt, sino en todo Couland, con tal de brindarle la mejor educación a su retoño.

Para colmo de males, en el ámbito académico no siempre fue un muchacho destacado; debido tal vez a verse con frecuencia afligido por dolencias que mermaban sus facultades. Los instructores no daban muy buenas referencias a sus padres de su progreso estudiantil, e incluso llegaron a darse por vencidos y afirmar que, lo más probable, es que tuviera alguna deficiencia cognitiva.

Los Everwood, a pesar de mostrarse un tanto indignados con la opinión de los tutores, no perdieron la esperanza e hicieron lo posible por ayudarle a progresar en lo académico. Contrataron diferentes instructores que tuvieran un enfoque diferente en su educación, además de que ellos mismos se involucraron en sus lecciones, y en esta ocasión los resultados que obtuvieron fueron favorables.

Sus nuevos instructores señalaron algunas habilidades sobresalientes en el pequeño: Edward poseía un ingenio innovador por construir objetos con materiales simples, como bloques de madera, piezas de relojería, metal y otros materiales que tuviese a su alcance. Asimismo, se le percibía una notable destreza para resolver rompecabezas, acertijos y juegos de palabras.

Su padre, fascinado por las impresionantes aptitudes que su hijo demostraba, apoyó el desarrollo de sus talentos. A menudo le compraba rompecabezas cada vez más complejos y le conseguía piezas de diversos materiales para que crease cuantas cosas deseara. Asimismo, su hermana Beatrice apoyó bastante en su educación e inculcó en él el gusto por la lectura. Con frecuencia lo acompañaba en la sala de estudio o le llevaba alguno que otro libro cuando no estaba en sus posibilidades salir de su habitación. Gracias a ello, Edward se convirtió en un ávido lector de libros de diversos temas, desde asignaturas comunes como matemáticas, biología, ciencias e historia, hasta de temas un poco más complejos como mecánica, ingeniería, carpintería entre otros, todos relacionados a la fabricación y reparación de diversas cosas en general, lo que le ayudó a pulir sus habilidades. Asimismo, comenzó a progresar a pasos agigantados en su formación académica. En verdad que sus talentos se encontraban ocultos; sólo necesitaba la motivación adecuada y un gran esfuerzo de su parte y de sus padres para hacerlos salir a la luz.

Con el paso del tiempo, la condición de Edward mejoró poco a poco contra todo pronóstico, pues muchos de los doctores que lo atendieron auguraron que no llegaría a vivir para ver su décimo invierno, por lo que todos en la casa Everwood resultaron regocijados de que dichas predicciones estuviesen erradas. Sin embargo, su aspecto físico no parecía tener mejora alguna. Era más bajo y mucho más delgado de carnes que otros niños; incluso Diana era más alta que él a su edad. Su piel se veía muy pálida, en contraste con el color de piel tan saludable que mostraban sus hermanos, y en lo que se refería a su fuerza física, esta no era suficiente, pues tenía a menudo dificultades incluso para levantar algunos objetos que cualquier otro niño de su edad podría llevar en sus manos sin problema alguno – sin embargo, es notable mencionar que su salud se volvió más estable y su condición física mejoró de manera notoria, pues para el momento que llegó a cumplir catorce años de edad, tenía una estatura y una complexión física promedio para un joven de su edad, aunque eran un poco bajos para los estándares de su estirpe.

Al llegar a la edad de once años, y comprobar que su estado de salud se mostraba más estable, Edward le hizo a su padre una petición especial. Deseoso de conocer mejor el mundo exterior, convivir con personas de su misma edad y compartir con otros sus conocimientos, suplicó al señor Everwood que lo inscribiera en un instituto tal como a sus hermanos.

Al principio, tanto el señor Everwood como sus hermanos dudaban mucho de cumplir con dicha solicitud. Suponían que sería riesgoso para un joven de su condición aventurarse en un ambiente en el que lo más probable fuera que estuviese expuesto a sufrir ciertos peligros para su salud y su vida, pero fue la voz de su madre sustituta la que hizo entrar en razón al señor Everwood. Ella consideró que sería estimulante para su desarrollo vivir experiencias que lo desafiaran y salir del ambiente cotidiano al que estaba tan acostumbrado. No iba a vivir toda su vida enclaustrado y conocería el mundo a través de las páginas de libros. Así fue como en el año de 1867, con doce años de edad, Edward Everwood asistió por primera vez a un salón de clases.

No vamos a ahondar demasiado en las experiencias vividas por nuestro joven héroe durante dicho periodo de su vida pues son en su totalidad irrelevantes para el transcurso de la historia. Lo único que podemos decir con respecto a ello es que las cosas no resultaron ser tal y como él lo hubiese deseado.

No le fue sencillo hacer amigos. De hecho, ni siquiera tuvo demasiado contacto con otros de sus compañeros. Su estatus como joven «prodigio» –vamos a llamarlo de esa forma pues considero que es la más adecuada para referirnos a su persona– no le fue de mucha ayuda para entablar una amistad. Sus años pasados en total aislamiento fueron los principales causantes de sus fallas en la comunicación con otros jóvenes. De nada le servía tanto conocimiento que había adquirido durante todos esos años si no lograba compartirlo con otros como era su deseo. Aun así, eso no lo desanimó ni le hizo desistir en sus intentos.

Lo único que consiguió en el instituto fue atraer la atención de muchachos aprovechados y abusivos. Debido a que sabían que el joven Edward procedía de una célebre estirpe, daban por sentado que en sus bolsillos y en su maletín llevaba cosas de inestimable valor. Además, muchos de ellos sentían celos del pequeño y de sus elevadas capacidades. Fueron numerosas las ocasiones en las que el joven Everwood cayó víctima de esos delincuentes juveniles que sacaban partido de su ventaja en tamaño y fuerza. Sin embargo, prefirió no contarle a su padre de sus desventuras escolares, no fuera a ser que este sobreactuara y se tomara estos incidentes de una forma negativa y el remedio resultase peor. Tal vez lo cambiarían de instituto o tomaría medidas exageradas para protegerlo que podrían exponerlo al ridículo o a un odio todavía mayor que el que ya sentían por él. En su lugar, en un intento de aplicar un poco de diplomacia, buscó la forma de encontrar una solución pacífica y llegar a un consenso en común con ellos. No muchos se negaron a los acuerdos que propuso el joven Edward, pues resultaban beneficiosos para ambas partes: Edward los ayudaría con trabajos escolares y ellos prometían no hacerle daño e incluso protegerlo de otros abusivos.

Así pasaron los tres años de educación media del joven Edward Everwood, entre clases, tareas, proyectos escolares y almuerzos en lo que por lo general se desenvolvía por su propia cuenta sin una sola compañía a su lado. A pesar de ello, su generación llevó su nombre debido a ser el alumno más destacado, aunque no por ello el más popular, dentro del instituto.

Se le encomendó dar un breve discurso de graduación el día de la clausura. Edward, tímido como siempre lo había sido, se preparó con arduo empeño con varias semanas de antelación para lograr vencer su temor a hablar en público.

El día del discurso se le contemplaba por completo nervioso. Sudaba con frecuencia, aun cuando la fecha de la clausura era durante los primeros días del mes decimosegundo, y sufría de intensos temblores y sobresaltos ante los más mínimos estímulos sonoros.

En el momento de dar su discurso, tomó una gran bocanada de aire y repasó en su mente cientos de ejercicios para controlar la ansiedad y el nerviosismo que había leído y practicado. Comenzó a hablar calmado, despacio, y efectuaba pausas que lo hacían ver solemne y culto. Conforme avanzaba, tomó un poco más de confianza y habló con mayor claridad, fluidez y soltura. Ni una palabra tuvo un tropiezo; nada se escapó de su memoria, ni el más mínimo detalle ni la más mínima coma de su bosquejo.

Al terminar, fue recibido en una oleada de aplausos, una recompensa que jamás hubiera imaginado recibir alguna vez en su vida. Saludó a los miembros del presidio y se sentó junto a sus demás compañeros quienes, sorprendidos por tal muestra de elocuencia, por primera vez en tres años tomaron en cuenta su presencia y lo colmaron de elogios.

Terminada la ceremonia, se reunió con su familia en el vestíbulo del auditorio escolar.

—Edward, hijo, permíteme felicitarte —expresó el señor Everwood al tiempo que estrechaba primero su mano y después convirtió ese gesto en un gran abrazo fuerte como el de un oso—. Has culminado una etapa de tu vida, y lo has efectuado de manera excelente, digna del honor familiar. Me siento orgulloso de ti, hijo mío, en verdad lo digo.

—En efecto, «grandullón» —dijo su hermano Charles, quien puso su mano sobre la cabeza de Edward y revolvió un poco su oscura cabellera. Lo llamaba «grandullón» de forma cómica e irónica debido a su baja estatura.

Edward respondió a este gesto con una sonrisa y un guiño de su ojo izquierdo.

—Eres digno de merecer otro aplauso —expresó Christine Everwood—, te luciste en gran manera con tu discurso.

—Incluso yo, que soy profesora de Literatura y hago presentaciones de mis libros —aclaró Beatrice—, suelo tener problemas con mis discursos; pero tú, hermanito, lo hiciste estupendo.

—Gracias, padre, y gracias a todos —respondió Edward—. Aprecio sobremanera sus…

Edward interrumpió lo que en ese momento decía, y entonces puso su mano derecha sobre su cabeza. Cerró sus ojos, apretó los dientes y lanzó un quejido.

—Edward, hijo, ¿qué te sucede? —preguntó azorado el señor Everwood

Edward no alcanzó a responder. En un abrir y cerrar de ojos se desvaneció justo frente a ellos. Su leve cuerpo se desplomó. Charles, quien se encontraba más cerca de él, alcanzó a atraparlo antes de que diera contra el suelo.

—Edward, ¡Edward, responde! —suplicó el señor Everwood con su mano sobre él mientras lo movía un poco de un lado al otro para ver si reaccionaba—. ¡Arthur, revísalo pronto! —ordenó al ver que su hijo no volvió en sí.

Arthur se acercó a él, sujetó su muñeca para sentir su pulso y alcanzó a sentir un latido muy débil. Tocó su frente y esta se sentía fría y algo sudorosa. Revisó sus ojos, y estos los tenía vueltos hacia arriba.

—Hay que llevarlo a un hospital de inmediato —ordenó Arthur.

El señor Everwood lo llevó en sus brazos. No le fue dificultoso pues Edward era liviano y pequeño y el señor Everwood era un hombre de gran estatura y musculatura. Junto a él se encontraba Christine Everwood quien le hablaba y soplaba aire sobre él con un abanico. Detrás de él lo seguían Charles, Diana y Beatrice.

A su alrededor los presentes los observaban aterrados y llenos de preocupación. Los más despreocupados eran algunos de los muchachos que solían ser sus abusones, los quienes aprovecharon para decir, con tono de mofa, que Edward no había resistido la presión del discurso y se había desmayado como una damisela en apuros; expresiones que fueron bien recibidas por sus condiscípulos, pero mal tomadas por gran parte del estudiantado, profesores y padres de familia quienes dieron una reprimenda a estos muchachos por su carencia de empatía ante una situación de tal gravedad.

A toda velocidad se subieron a los autwagen; en uno de ellos iba el matrimonio Everwood, en el otro Arthur conducía a solas mientras que en el tercero iban los tres hermanos restantes. Entonces marcharon, veloces como el viento del norte, con la vida del menor de los Everwood que pendía de un hilo mientras rogaban porque su desventura no tuviese un desenlace todavía más funesto.

El hospital no se encontraba lejos del instituto, y había poco tráfico en las calles; pero debido a la intensidad del momento el camino les pareció eterno. Arthur, quien ya para ese entonces trabajaba como médico en ese hospital, se bajó del autwagen para pedir a un grupo de médicos y enfermeras que lo auxiliaran a llevar a su hermano a la clínica, y ellos de inmediato enviaron una camilla, lo descendieron del vehículo y lo condujeron hasta una habitación. Mientras las enfermeras procedían a retirarle algunas prendas de vestir a Edward, entre ellas la chaqueta, la corbata, el chaleco y los zapatos con la finalidad de estimular la circulación sanguínea, Arthur explicó al equipo médico todo lo que había sucedido. También les citó de su historial médico y algunos de los síntomas de los males que había padecido durante toda su vida.

Con esa información, lo primero que los médicos hicieron fue intentar reanimarlo. Después de verificar que sus signos vitales estuvieran estables, como su respiración y su pulso, hicieron uso de los métodos que conocían para reanimar a quienes habían sufrido de algún síncope.


UlisesGNunez
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Esta es la historia de las tres vidas y el legado de Edward Everwood.
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