Cuando Edward por fin reaccionó, encontró frente a su cama a varios doctores, lo que incluía a su hermano Arthur vestido con una blanca bata que le fue facilitada por una de las enfermeras del lugar.
—¿Te encuentras bien, hermano? —preguntó Arthur.
—No lo sé. ¿Dónde me encuentro? ¿Qué me sucedió? ¿Quiénes son ellos? ¿Qué le ocurrió a mi ropa?
—Tranquilo. Te encuentras en el hospital; sufriste un vahído en el momento en el que te felicitábamos por tu discurso; ellos son colegas médicos, te estamos auscultado, y tu ropa está por allá —respondió, y señaló una mesa en un rincón de dicha habitación.
—¿Un vahído?
—Así es, te desvaneciste frente a nuestros ojos, hermano. Ahora, ¿podrías hablarnos un poco al respecto de lo que sucedió en el vestíbulo del auditorio de la escuela?
—Sólo viene a mi memoria que de pronto sentí un fuerte dolor de cabeza y después no supe más.
—¿En qué parte de la cabeza sentiste esa molestia, jovencito? —preguntó uno de los médicos.
—Justo aquí —respondió, y señaló un punto en el centro de su cabeza.
—¿Cómo fue el dolor? ¿Fue repentino pero muy fuerte? ¿Fue gradual, o fue intermitente?
—Fue súbito, súbito y bastante intenso.
—Según tu historial médico proporcionado por tu hermano, había sufrido de desvanecimientos en ocasiones anteriores. ¿Habías sentido dolores de cabeza en momentos previos a esos desvanecimientos?
—No lo recuerdo. Quizás en una que otra ocasión, pero no estoy seguro al respecto.
—De acuerdo. Nos gustaría realizarle algunos análisis, pero antes debemos consultarlo con su padre.
—Está bien.
El grupo de doctores salió de la habitación y dejó solo a Arthur con él. Luego hablaron con el señor Everwood para informarle sobre su estado y comentarle de los procedimientos que debían ser llevados a cabo.
—Lo que sea necesario mientras sea por su salud —respondió.
Dicho esto, trasladaron a Edward a una habitación donde había algunas máquinas de apariencia extraña. Una de ellas era similar a un gran tubo horizontal de color como el cobre, con muchos bulbos que emitían luces e incluso salía algo de vapor de otros tubos unidos a esa máquina. Había junto a ese equipo una extraña máquina llena de engranajes, tubos, láminas de metal e incluso un dispositivo muy parecido a una máquina de escribir.
Primero extrajeron sangre de su cuerpo que la llevaron a examinar en un laboratorio contiguo a esa habitación. Después otro doctor examinó sus ojos y sus oídos y otras zonas de su cuerpo, luego le pidieron que se desvistiera, se colocase una bata y acto seguido lo introdujeron en el mencionado tubo, donde una fuerte luz resplandeció sobre su cabeza en numerosas ocasiones con la misma velocidad que un relámpago.
Luego de estos análisis fue trasladado a la habitación donde con anterioridad se encontraba, y varias horas más adelante, cuando eran ya cerca de las nueve de la noche, los doctores aparecieron con los resultados.
Uno de ellos, el líder del grupo de diagnóstico, sugirió hablar primero con los padres de Edward en privado. Tras escuchar esto, Arthur se preparó para lo peor, por lo que se dirigió a la habitación de su hermano para conversar con él y tranquilizarlo.
Los condujeron a un cuarto solitario donde había numerosas placas similares a las que se utilizan para revelar fotografías. En una de ellas se encontraba el nombre de Edward, y se podía ver el interior de su cráneo. Junto a este se mostraban los resultados del análisis de sangre de Edward, y ambos confirmaban el mismo diagnóstico.
—Los he traído aquí porque lo que estoy a punto de informarles no es algo agradable de escuchar, y quería que ustedes se enterasen primero para que se lo informen a sus demás familiares. En momentos posteriores se lo haremos saber a su hijo. Permítanme decirles que, a partir de este momento, su hijo va a necesitar todo el apoyo que les sea posible dar, no sólo en sus cuidados, sino también en lo relacionado a su estado de ánimo. Una noticia como esta puede derrumbar hasta a la persona más fuerte, y no me gustaría que esto influyera en su vida y en el transcurso de su enfermedad. Es un hecho conocido que un enfermo que entra en un estado de depresión suele sucumbir al mal que lo aqueja con mayor facilidad y prontitud que uno cuyo estado de ánimo es más positivo. Por eso los exhorto a que traten de mantener su estado de ánimo elevado; háganlo sentir confortable, tranquilo, que lleve una vida plena en lo que sus posibilidades se lo permitan.
»Sin más preámbulos, les daré el diagnóstico del joven Edward Everwood. Su hijo tiene un extraño abultamiento, allí, en esa sección del cerebro —explicó, y señaló con su dedo un bulto en dicha parte, justo entre los hemisferios—. Se trata de alguna suerte de crecimiento anormal, según lo muestran las pruebas efectuadas. Además, encontramos pequeñas concentraciones de células anormales en su torrente sanguíneo, y existe una gran posibilidad de que estas hayan sido las causantes de dicho padecimiento.
—¡No puede ser! —exclamó la señora Everwood al tiempo que llevó sus manos al rostro para cubrir su nariz y boca. El señor Everwood entonces la tomó del brazo e intentó confortarla.
—Doctor, dígame por favor. Este mal que padece mi hijo, ¿puede ser curado de algún modo?
El médico se removió los lentes de su rostro, bajó un poco la mirada y meneó la cabeza.
—Lo lamento, pero esa clase de mal no es curable, aun a pesar de los avances que hemos alcanzado en el ramo de la medicina.
No considero que sea necesario explicar cuál fue la reacción de los señores Everwood ante tan trágica noticia. Ellos se miraron el uno al otro, consternados y abrumados. La señora Everwood fue la primera en romper en llanto, y se lanzó al regazo de su esposo para desahogarse. El señor Everwood también cedió a las lágrimas, pero trataba de ser fuerte para consolar a su esposa, aunque por la expresión descompuesta y desencajada de su rostro podía verse con claridad cuan afectado estaba por la noticia.
—¿Cuánto tiempo es lo que le queda de vida a Edward, doctor? —preguntó el señor Everwood.
—Debido a que aún se encuentra en una fase inicial, podríamos estimar de dos a tres años —respondió con severidad.
—¡De dos a tres años! ¡Es tan poco tiempo! No es justo; él es un buen muchacho, no se merece esto —se lamentó la señora Everwood.
—Lo entiendo, querida, pero no está en nuestras manos solucionarlo. De nada servirá quejarnos o ponernos a buscar culpables. Sólo debemos ser fuertes y aceptarlo.
—Pero… ¡Es tan difícil!
—Lo sé, amor, lo comprendo a la perfección. Pero hay que hacerlo por Edward.
La señora Everwood asintió de nueva cuenta y volvió al regazo del señor Everwood.
—Mi pequeño, mi pequeño… —musitaba al tiempo que el señor Everwood acariciaba su cabello.
—Si ambos están de acuerdo, procederemos a informárselo a su hijo.
Los señores Everwood asintieron y se retiraron de la habitación junto con el doctor, quien llevaba en sus manos la placa y los resultados de la prueba. Conforme se dirigían a la habitación, los señores Everwood limpiaron sus rostros y trataron de cambiar su expresión para no revelar algo negativo ante sus hijos, en especial ante Edward.
Entraron entonces a la habitación donde se encontraba Edward. Arthur estaba le proporcionaba un medicamento que el mismo había preparado pues Edward había comenzado a sentir dolores de cabeza de nueva cuenta, y momentos después de beber del preparado comenzó a sentirse un poco mejor. Arthur notó la expresión llorosa en los ojos de Christine Everwood y de su padre, y supo que la noticia era peor de lo que imaginaba, por lo que fue con ellos para reconfortarlos un poco. Edward acostó su cabeza sobre la almohada de la cama con los ojos cerrados, pues ya sentía un poco de sueño y el medicamento de Arthur había causado en él un efecto láudano que lo hizo sentir algo adormecido y relajado.
—Joven Edward Everwood, tenemos los resultados de sus análisis.
—Proceda, doctor —respondió con los ojos abiertos y reclinó un poco la cabeza para verlo mejor.
—Lamentamos informarle que padece de un extraño crecimiento de carácter maligno dentro de su cerebro, para el cual no existe cura.
Tras escuchar esto el sueño que sentía se ahuyentó de él y se incorporó con rapidez sobre la cama. Su corazón latía presuroso y su respiración se agitó.
—¿Qué?
El doctor le mostró la lámina que les habían mostrado a sus padres donde se veía el escaneo de su cerebro y el bulto que crecía en su interior. Edward lo observó con ojos desmesurados, y después se sentó sobre la cama con la cabeza apoyada entre sus manos. Así permaneció por un rato, sin mudar su expresión llena de pasmo.
—¿Cuánto tiempo? Dígame, doctor, por favor, ¿cuánto es lo que me queda de vida? —preguntó.
—Se estima que de dos a tres años —respondió.
Edward entonces se enderezó; tenía la mirada perdida y el rostro inmutable e inexpresivo; ni siquiera movía los ojos ni parpadeaba y apenas se le notaba que respiraba. Permaneció así por unos segundos, lo que preocupó un poco a los médicos y también a sus padres.
—Entiendo —dijo momentos después.
Edward removió las mantas que lo cubrían y se sentó con sus pies en el suelo.
—¿Qué es lo que quieres hacer, hijo? —preguntó el señor Everwood.
—Sólo quiero irme de aquí. Me siento cansado y quiero descansar —respondió mientras aún conservaba su gesto estático.
—Si lo desea puede pasar la noche en este hospital —sugirió uno de los médicos.
—Agradezco su ofrecimiento, doctor, pero en verdad quiero ir a casa.
—¿Ya no hay más que se pueda hacer por él aquí, o sí? —preguntó Christine Everwood.
—Tal parece que no —respondió el médico principal—. Ya se le practicaron los análisis debidos, y no contamos con la medicación adecuada para tratarlo. Podría quedarse en el hospital por los siguientes tres años hasta que llegue el momento de su partida, pero aquí sólo podríamos cuidar de él, alimentarlo, darle medicamentos contra el dolor y otros de sus malestares; eso sólo en caso de que así lo decidan ustedes.
—No —expresó Edward, y miró a los ojos al médico de cabecera—. Deseo volver a mi vida normal. Ya he vivido demasiado tiempo detrás de paredes. Pasar mis últimos momentos encerrado en otras me sería insoportable. Permítanme, por favor, volver a casa con mi familia.
—Dejen que vuelva —opinó el señor Everwood—. Cumplan su voluntad.
—Si así lo desea, y así lo aceptan sus padres, así será —respondió el médico quien después volteó a ver a los señores Everwood.
El señor Everwood asintió como respuesta.
—De acuerdo, entonces déjenme buscar sus papeles para autorizar el alta.
Así lo hizo el doctor, acompañado de sus colegas mientras Edward buscaba su ropa y se vestía. Los que estaban más que alarmados eran sus padres. Cualquier otra persona, al recibir nuevas de naturaleza tan oscura, tendría la más variopinta de las reacciones. Algunas se entristecerían, otras maldecirían y se enojarían con quien la culpa no tiene; pero Edward no hizo ni una ni otra. Su rostro permaneció inexpresivo con un leve rastro de sorpresa, o tal vez temor, en su mirada. Permaneció en silencio todo el tiempo, desde su salida del hospital hasta su llegada a casa. Con frecuencia sus padres intentaron hacer que hablara. Le preguntaban cosas sencillas, como por ejemplo si tenía hambre o si deseaba ir a algún sitio en particular, pero en respuesta Edward desviaba la mirada, asentía o meneaba la cabeza un poco.
Al llegar a casa, Edward se despidió de sus padres y de sus hermanos con cortesía, a quienes deseó que tuvieran una muy buena noche. Entonces se retiró a su habitación y cerró la puerta.
El señor y la señora Everwood se miraron consternados y desconcertados. Voltearon a ver a sus hijos, quienes compartían la misma expresión de desconcierto.
—Ha sido un día largo; debemos… descansemos —ordenó el señor Everwood.
—Llevaré a Beatrice a su hogar —aclaró Arthur—, después iré a casa, hablaré con mi esposa y vendré de regreso para ver como continua la condición de Edward.
—De acuerdo.
Beatrice se despidió de su padre y de Christine y se retiraron. Charles, Diana y los señores Everwood se dirigieron a sus respectivas habitaciones. Robert el mayordomo y Amelia estaban un tanto intranquilos por la expresión de los rostros de sus amos y de los muchachos, e incluso por la conducta de Edward, razón por la cual inquirieron con el señor Everwood con respecto a ese asunto. El señor Everwood explicó todo con detalle, lo que causó que Amelia casi se desmayara de la impresión.
Mientras tanto, Edward estaba en su cuarto de pie con el brazo derecho cruzado sobre su pecho, y con su mano izquierda apoyada sobre este se cubría nariz y boca. Tenía todavía la mirada fija y extraviada y con la mente revuelta. Aun resonaba en sus oídos el eco de las palabras del médico sobre su diagnóstico. Volteó a ver su mesa de trabajo y encontró el mecanismo de un reloj en el que tenía tiempo que trabajaba, así como el libro de relojería que le indicaba como construirlo. Tomó el reloj con su mano izquierda, lo contempló largo rato y luego de soltar un hondo suspiro lo depositó en la mesa junto a las demás piezas. Entonces sintió como los ojos le pesaban, en parte por el cansancio que sentía y en parte por el medicamento de su hermano, y decidió que lo más adecuado era irse a descansar. Mudó entonces sus prendas de vestir, apagó las luces de su habitación y se acostó a dormir.

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