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Edward Everwood

CAPÍTULO I

CAPÍTULO I

Jun 02, 2017

Esta es la historia de la primera de las vidas de Edward Everwood.

Un hecho en el que muchos de ustedes estarán de acuerdo es que uno de los más hermosos, conmovedores e impresionantes acontecimientos que un ser hu-mano puede atestiguar es el nacimiento de un hijo. De hecho, en una innumerable cantidad de situaciones este tipo de sucesos podrían ser equiparados a recibir una bendición como la cual no hay otra en el mundo. Pues bien, en lo que respecta a este asunto, es notable mencionar que en el caso de la familia Everwood ellos ha-brían de resultar favorecidos con suma abundancia.

La vida de los Everwood ya estaba de antemano colmada de dichas y tranqui-lidad, pues eran los orgullosos poseedores de riquezas inimaginables y gran presti-gio dentro de la sociedad de Couland, y dentro de poco tiempo a sus vidas llegarían numerosas bendiciones en forma de hijos.

La primera de sus bendiciones era un hermoso y fuerte bebé, rollizo y de talla grande y voluminosa. Con el correr del tiempo este pequeño creció para convertirse en un gallardo, alto, fornido y apuesto mozo idéntico a su padre, además de un formidable médico y amoroso padre de familia; sin duda alguna y sin temor a equivocarme un digno y ejemplar descendiente de su ya célebre estirpe. El nombre de este respetable hombre, considerado por la sociedad de Couland como un mo-delo a seguir para todos sus contemporáneos, era Arthur.

Su segunda bendición, su hija Beatrice, era una espigada y hermosa doncella de castaños y largos cabellos cuya apariencia recordaba mucho a la de su madre. Su vida la entregó por completo a los libros. Considerada una ávida y voraz lectora, llegó a tener tanto amor por ellos que no le bastó con viajar a otros mundos por el poder de la palabra escrita de otros autores, razón que la llevó a probar sus habili-dades como creadora de mundos; lo que le hizo convertirse en una renombrada autora.

Su tercera bendición era Charles, un rubicundo joven, alto y de piel un tanto bronceada; apariencia que recordaba más bien a los parientes de la señora Everwood. En su vida fue testigo de incontables atropellos que hicieron mella en lo más profundo de su ser. Su amor por el prójimo y su repudio por las desdichas y las injusticias de su época fueron las razones que lo impelieron a hacer de la carrera de la abogacía su vida misma.

Su cuarta bendición vino al mundo como una tierna y preciosa joven de oscu-ros cabellos y hermosa figura. Su exorbitante belleza le dio la reputación de ladrona de corazones, pues a más de un joven de su ciudad le hizo sufrir de mal de amo-res. Pero además de bella era inteligente y audaz. Poseía un espíritu emprendedor y gran habilidad para los negocios. Era en verdad eficiente; si alguien le prestaba una moneda en tres días ella la negociaba y la convertía en diez. Gracias a esto, se motivó para convertirse en una de las pocas mujeres empresarias y exitosas de su tierra y su época. Su nombre era Diana.

Ahora bien, es una afirmación de amplia aceptación que en lo que respecta al sistema de cosas en el que vivimos no existe nada permanente. Sucedió entonces que la familia Everwood se encontraba repleta de fortuna y prosperidad. Los hasta entonces quince años que habían transcurrido desde su matrimonio habían sido maravillosos; y su gozo habría de ser todavía más grande gracias a un anuncio: la futura llegada de una quinta bendición.

Los pequeños Everwood fueron los primeros en recibir tal noticia con sumo éx-tasis. El señor Everwood estaba también emocionado por recibir a otro integrante que pasaría a la historia y que concedería todavía mayor honor a su ascendencia. Por desgracia, no todo resultó ser tan grato como lo fue en las ocasiones anteriores, puesto que no estaban por completo preparados para las tempestades que en un breve espacio de tiempo acaecieron sobre ellos.

Sucedió durante la víspera del día primero del mes primero en el año de 1855, el día en que vio la luz el protagonista de esta crónica. Fue una noche de tan abun-dante zozobra, muy diferente al nacimiento de sus otros cuatro hijos, que incluso hubo momentos en los que todos los que se encontraban en la residencia de los Everwood presintieron que ni la criatura ni la señora Everwood lograrían sobrevivir al alumbramiento.

En el piso de abajo, en la sala de estar, se encontraban reunidos los cuatro hi-jos de los Everwood, quienes en ese entonces eran apenas unos niños. Junto a ellos se encontraban Robert y Amelia, los dos sirvientes principales de la casa Everwood quienes ya eran amigos de la familia. Amelia le cantaba canciones a la pequeña Diana y a Charles para que se calmaran pues los constantes y fuertes clamores de su madre los ponían inquietos.

—Nuestra madre no va a lograrlo, ¿verdad? —preguntó Arthur afligido, y miró a Robert con sus ojos azules humedecidos de lágrimas.

Robert respiró hondo para mantenerse sereno. No conocía la respuesta a esa interrogante y prefería no hacer conjeturas fatalistas, aunque en su interior tenía fuertes sospechas de que al final de la noche ninguno de los dos vería la luz del día. Sin embargo, lo que en ese momento se necesitaba era un atisbo de esperan-za, y no quería llenar de desilusión el pequeño corazón del muchacho. Puso su mano derecha sobre la cabeza del pequeño y la acarició con calma al momento en que dibujaba una leve sonrisa en su rostro.

—Ella estará bien, joven Everwood, sin importar lo que suceda.

Esa respuesta no pareció satisfacer mucho a Arthur; aun así, agradeció que su amigo le ofreciera consuelo por medio de sus palabras. Le dio un fuerte abrazo al que el mayordomo correspondió y secó sus lágrimas con el dorso de su mano, lue-go soltó un breve suspiro y acto seguido se fue a sentar en uno de los sillones con la mirada baja mientras escuchaba los arrullos de Amelia.

Fue en el momento en que rayó el alba cuando la agónica noche por fin culmi-nó. La señora Everwood lanzó un fuerte y desgarrador grito al momento en que los médicos comenzaban a extraer al bebé de su interior.

—Ha nacido, el bebé ha nacido —exclamó uno de los médicos que sostenía en sus manos el pequeño cuerpecito del recién llegado.

—Den aviso al señor Everwood —ordenó el otro doctor a una de las enfermeras que habían ido a acompañar a los facultativos.

El médico que sostenía al recién nacido notó que el pequeño no daba señales de vida. No se movía, ni respiraba, ni mucho menos reaccionó ante la pequeña palmada en las posaderas que este le propinó. El doctor lo sostuvo en brazos y es-peró que reaccionara mientras que una enfermera lo limpiaba y el otro doctor aprovechó para cortar su cordón umbilical. Fue en ese momento en el que el señor Everwood, presuroso, entró en la habitación. Llegó justo en el momento en que su esposa acariciaba al hijo que tantas penurias le había hecho pasar. El señor Everwood se acercó a su esposa y tomó con sus manos la mano izquierda de ella.

—¡Lo hiciste, querida, lo conseguiste! Respire tranquila tu alma, que lo peor ha pasado ya. Descansa, querida —la encomió con efusividad. La señora Everwood volteó a ver a su esposo y le dedicó una pequeña sonrisa.

Mientras tanto, el doctor que llevaba en sus manos al recién nacido se acercó para entregar el inerte cuerpecito al señor Everwood, quien mutó su expresión re-gocijada por una mirada estupefacta y el rostro desencajado.

—Lamento ser portavoz de malas noticias, señor Everwood, pero por desgracia su hijo no logró sobrevivir al parto —informó el facultativo mientras el señor Everwood, abatido, los contemplaba a él y al pequeño con inconmensurable pesar; expresión que agotada esposa compartió con él.

Pero entonces sucedió un inusitado evento al que sólo se le puede calificar co-mo un milagro, pues justo en el momento en que el señor Everwood sostuvo al bebé en sus manos este tosió y comenzó de pronto a llorar con gran fuerza. Sus pulmones se habían abierto y dieron prueba y testimonio de que este pequeño se encontraba entre los vivos.

La aflicción del señor Everwood se convirtió primero en sorpresa y luego en in-conmensurable alegría. Y más impactado aún estaba el médico, quien al momento de presenciar tan curioso fenómeno con rapidez tomó su estetoscopio, comenzó a revisar al pequeño y comprobó sin lugar a dudas que su corazón y sus pulmoncitos funcionaban de manera apropiada. Entonces este abrió sus pequeños ojos, azules cual cobalto, aunque un poco más oscuros, y se quedó con la mirada fija en su pa-dre, en cuyo rostro se dibujó una pequeña y temblorosa sonrisa.

—Bienvenido al mundo, hijo —dijo el señor Everwood con su ronca y profunda voz, y entonces acercó su rostro, cuadrado de mentón fuerte y con barba espesa, al de su pequeño hijo.

La señora Everwood extendió su mano en un intento por alcanzar al fruto de sus entrañas. El señor Everwood se acercó a ella con el bebé en las manos envuelto en una manta. Ella puso sus dedos encima del pequeño y justo en ese momento una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Nunca dejaré de amarte, pequeño —susurró con palabras tan dulces que hi-cieron al señor Everwood sonreír con gran ternura.

Aquello era un momento memorable, un cuadro que rebosaba de vida y felici-dad sin par. Por desgracia, fueron las circunstancias las culpables de convertir uno de los más dichosos acontecimientos en la vida de una persona en la más oscura de las horas. Sucedió entonces que, después de pronunciar tales palabras, la seño-ra Everwood volteó a ver a su esposo y le dedicó una pequeña sonrisa, luego de esto cerró sus ojos y dejó caer su rostro con gran pesadez del lado izquierdo de la almohada.

—¿Qué? ¿Qué sucede? ¿Querida? ¡Doctor, venga aprisa! —clamó el señor Everwood, y entonces se hizo a un lado para permitirle al facultativo que revisara a su esposa.

El médico revisó sus signos vitales, y se percató de que estos eran muy débiles. Su vida se apagaba como una brasa que es apartada del montón pero que aún con-tiene el calor suficiente como para encender una pequeña flama si se acerca a un brote de hierba.

—La perdemos —anunció el médico con severidad—. Su corazón no resistió el esfuerzo del parto. No hay mucho que pueda hacer por ella —señaló.

—¡No, no, no, no, no; por favor no me hagas esto! ¡No me dejes, por favor! Tie-nes que resistir. ¡Tienes que resistir! —imploró el señor Everwood mientras sujeta-ba con sus manos el rostro de su mujer.

Pero no resistió más. En ese instante, con una sonrisa en los labios, la señora Everwood expiró. El señor Everwood comenzó a gemir con gran intensidad, arrodi-llado junto a la cama en la que yacía el inerte cuerpo de su amada. Con su mano izquierda sostenía la de su esposa junto a su pecho y soltaba lánguidos lamentos con su rostro sobre el de ella, al tiempo en que acariciaba su largo y castaño cabello con la otra mano. ¡Cuánto deseaba que sus fuertes clamores la hicieran despertar de ese sueño profundo en el que ella había caído! ¡Con cuanto fervor rogaba estar en su lugar! ¡Así ella podría ver crecer, florecer y madurar sus retoños!

Era tan fuerte y doloroso el retrato de duelo que estaba pintado en el lienzo de esa habitación que la enfermera que con ellos se encontraba tuvo que abandonar la habitación para no ser vista ceder a las lágrimas. En efecto, los lamentos eran tan fuertes que incluso sus hijos y los criados que les acompañaban alcanzaron a escucharlos y así confirmaron su peor temor. El pequeño Arthur volteó a ver al ma-yordomo con un gesto descompuesto, como si dijese «te lo dije», razón por la que fue a abrazarlo y consolarlo de inmediato. La pena fue contagiosa pues pronto los otros niños Everwood cedieron a las lágrimas, y así lo hicieron también los demás sirvientes. En poco tiempo, la casa de los Everwood se llenó de un silencio sepul-cral donde sólo se escuchaba el desconsolado lamento del cabeza de familia.

—¿Qué nombre tendrá el pequeño? Es para el registro del acta de nacimiento —preguntó uno de los doctores mientras que el otro comenzaba a guardar sus ins-trumentos en una maleta de piel.

El señor Everwood contempló por un momento al pequeño infante entre sus brazos. Comenzó entonces a viajar entre sus recuerdos y llegó a su memoria una conversación que sostuvo con su esposa el día en que se enteraron que serían pa-dres por quinta vez.

Allí estaba los dos, en su lecho marital ahora manchado de muerte y que den-tro de poco estaría casi vacío. El señor Everwood leía un libro mientras su esposa acariciaba con sus manos su vientre y arrullaba con cantos de suave voz al bebé en desarrollo.

«¿Qué nombre le pondremos a nuestro futuro hijo?» preguntó ella.

«No me había puesto a pensar en ello, querida» respondió él.

«¿Qué te gustaría que fuera?».

«Bueno, tenemos dos hijos y dos hijas. Sea lo que sea, lo recibiré con el mismo amor que a los demás. Pero si fuese una niña, me gustaría que se llamase Ellen».

«Me encanta ese nombre. Ellen Everwood. Suena hermoso, e incluso un tanto poético y hasta algo heroico, digno de una heroína de un libro. Ellen Everwood, ex-ploradora de las regiones remotas del mundo, cazadora de tesoros y aventuras. O mejor, aún Ellen Everwood, mujer detective, justiciera, vencedora del mal».

El señor Everwood sonrió ante las nada comunes ideas que pasaban por la mente de su esposa.

«Pero, ¿y si fuese un varón?» preguntó el.

La señora Everwood se quedó pensativa mientas miraba su vientre. Entonces sonrió pues a su mente le llegó un nombre adecuado que incluso concordaba con los graciosos disparates que por su memoria habían atravesado segundos atrás.

De vuelta en el presente, el señor Everwood, con una lágrima que rodaba por su mejilla, volteó a ver al bebé que llevaba en brazos, el cual era, por si el lector no lo ha deducido todavía, un varón, y mencionó en voz susurrante el nombre que a su esposa se le había ocurrido darle a su pequeño, al mismo tiempo que en su ca-beza aun resonaba, en ecos, el recuerdo de la voz de su esposa.

—Edward.

—¿Disculpe? —preguntó el doctor.

—Su nombre será Edward; Edward Everwood. 

UlisesGNunez
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