Tarde de viernes, la máscara era cedida de las manos de una de las hijas del difunto juguetero a un viejo conocido. A pesar de su centenaria edad, aparentaba apenas veinte años, inclusive pareciendo menor que la del duelo. Aún se notaba en el rostro de la devastada muchacha que había estado llorando, en los antes suelo y subsuelo de un hogar amarillo sumidos en sollozos. El chico la quería, tenían confianza, pero no le parecía buen momento para decir algo. Agarró la máscara, observándola sin poder creer en la muerte de su gran amigo, siempre lo recordaría.
Los muñecos que siempre nos acompañaron viven, así como también fallecen. El encargado de tomar sus almas y compañero tendrán que ver de cómo mantener una relación de amistad con alguien sin conocimientos de ellos.
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