El comienzo de Skal y la Historia de Sìa
La brisa de la tarde arrastraba consigo el olor de la tierra húmeda y las hojas caídas, un aroma familiar que recordaba a Sía su hogar, un lugar que se había desvanecido en su memoria. El cielo, teñido de un gris cenizo, parecía mimetizarse con sus ojos grises, mientras caminaba con pasos silenciosos por las calles de la ciudad. Era una tarde cualquiera, pero una sensación de peligro latía en su pecho como un tambor constante. Desde aquel accidente a sus dieciocho años, su memoria era un puzle incompleto, roto. No sabía de dónde venía, pero recordaba el miedo. Un miedo antiguo, casi primitivo, que la impulsaba a moverse rápido, a esconderse entre las sombras.
Los rastros de su pasado estaban borrosos, excepto por una imagen clara que nunca podía dejar atrás: el rostro del hombre que la había mantenido cautiva. Un alfa poderoso con la mirada de un depredador, había aparecido en su vida como una tormenta imprevista, cambiando todo a su paso. Su belleza era desconcertante, con cabello dorado que brillaba con la luz del sol y ojos que ardían con una intensidad peligrosa.
Fue en ese primer encuentro, cuando el Alfa la vio tras el accidente, que todo cambió. La encontró desorientada, perdida en un mundo que ya no reconocía. En aquel momento, pensó que era una omega, una que podría reclamar como suya. Pero pronto descubrió que Sía no era lo que parecía. Su rareza era evidente; los de su clase especial, aquellos con rasgos celestiales que reflejaban su signo zodiacal, eran raros y, para muchos, aterradores. Con su piel de un blanco etéreo y su cabello una mezcla entre plata y gris que caía en suaves ondas hasta su cintura, Sía era una visión que desafiaba las normas.
A pesar de la repulsión inicial que Kael sentía por su naturaleza, Sía se convirtió en su obsesión. La había mantenido prisionera en una habitación adornada con lujos, pero aún así era una jaula. La soledad había dejado marcas en su piel, y sus manos, que una vez fueron suaves, ahora temblaban cada vez que tocaban las frías paredes que la rodeaban. La habitación, aunque elegante, se había convertido en su prisión, y la belleza del lugar solo subrayaba su cautiverio.
Una tarde, mientras Sía se sentaba en el borde de la cama, absorta en sus pensamientos, la puerta se abrió de golpe. Kael apareció, su figura recortada contra la luz del pasillo. El aire a su alrededor parecía vibrar con una energía palpable. “¿Por qué no me miras, Sía?” preguntó, su voz profunda resonando en la habitación como un eco.
Ella levantó la mirada, pero no había en sus ojos el deseo que él esperaba. Solo había miedo. “No tengo nada que ver contigo”, respondió con voz temblorosa, sintiendo que su corazón se aceleraba. El mismo hombre que la había mantenido prisionera.
“¿No es eso lo que quieres, huir de mí?” La voz del Alfa era suave, casi un susurro que se arrastraba por su columna vertebral como el roce de unas garras afiladas. Sía sintió cómo el aire se volvía pesado a su alrededor. Cada palabra resonaba en sus huesos, burbujeando como una melodía envenenada. La distancia entre ellos se desvanecía mientras él avanzaba lentamente, cada paso una amenaza tangible que devoraba el espacio entre ambos.
“Eres mi droga, Sía. Y yo no puedo dejarte ir.” Su tono se deslizó hasta convertirse en un murmullo áspero, cargado de una oscuridad insaciable. Kael la miraba con intensidad, sus ojos ardiendo con una luz turbia, fija en cada uno de sus movimientos como si estuviera estudiando a su presa antes de dar el golpe final.
El terror se apoderó de sus sentidos. Sía se obligó a no temblar, pero su cuerpo no le respondía. Su respiración se volvió errática, los latidos de su corazón golpeaban con fuerza contra sus costillas como si quisieran romperse. La forma en que Kael la observaba, con esa mezcla de deseo y posesividad enfermiza, la hacía sentir atrapada, despojada de toda voluntad.
“Eres un alfa…”, murmuró, la voz apenas un hilo quebrado por el miedo, mientras retrocedía un paso instintivamente. La presión de su presencia la arrinconaba como una presa sin salida, y su piel se erizó bajo el peso de aquella mirada voraz. “No puedes tenerme… No soy lo que buscas…”.
“¿Y si te digo que eres todo lo que necesito?” el Alfa inclinó la cabeza hacia un lado, sus labios curvándose en una sonrisa depredadora, sus dedos rozando el aire entre ellos como si ya pudiera tocarla, como si ya pudiera devorarla. “Tu nunca podràs salir de aquì”, susurró, acercándose aún más, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento quemándole la piel. La atmósfera se espesó, cada centímetro de su proximidad vibraba con un deseo oscuro y febril.
El calor de su cuerpo la envolvía, un calor que no era reconfortante, sino sofocante. Era como estar atrapada en el interior de una trampa, con los dientes cerrándose lentamente. Sía se sintió mareada, con el pulso disparado por la desesperación. La voz del Alfa se deslizó por sus oídos, como el veneno goteando de un colmillo. “No huyas…”, ronroneó, y sus ojos brillaron con una promesa perversa.
Sía se estremeció, cada célula de su ser gritaba en pánico, pero su cuerpo se negaba a moverse. Él estaba tan cerca que el olor a madera quemada y especias oscuras la embriagaba, y algo en su mirada le decía que no importaba cuánto tratara de escapar… ya era demasiado tarde.

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