El reloj marcaba las 7:30 a.m.
Las nubes estaban grises.
La escuela secundaria “Instituto Académico Técnico de Algo” —más conocida como la fábrica de traumas escolares— abría sus puertas una vez más.
En el aula 13, la más castigada por el universo, la profesora Ciruela se echaba gotas en el ojo izquierdo mientras murmuraba:
—Hoy… hoy tal vez no explote nada…
Spoiler: explotó.
Samm entró primero.
Caminó hasta el fondo del salón, se sentó de lado, sacó una libreta que decía:
“Planes para conquistar el mundo en recreo”
y comenzó a dibujar un láser con forma de sandwich.
Cinco minutos después entró Juan, con su camisa medio abotonada, sus ojos de degenerado y un libro titulado:
"Educación Sexual... ilustrada y sin censura”
Se sentó junto a Samm y le preguntó:
—¿Cuántos centímetros crees que tiene el alma humana?
—¿Y volúmenes y trauma?
Entró luego Robert, con su guitarra colgada, auriculares a todo volumen y una sonrisa como si supiera algo que tú no sabes... y probablemente lo explotará.
Se sentó, tocó un riff de rock que hizo temblar la lámpara del techo y saludó:
—Buenas… o malas, depende si sobreviven.
La puerta del aula se abrió como si el universo respirara hondo antes de lanzarte un libro en la cara.
Sarah entró con una libreta impecable, gafas gruesas, y una mirada que decía:
“Sí, puedo resolver una ecuación… y tu trauma emocional también.”
Se sentó en el primer puesto, ignorando todo lo que ocurría detrás.
El profesor entró, tropezó con su propio pie, y el experimento de química en la mesa explotó con una nube de gas rosa.
Sarah se levantó, caminó entre el humo, miró a Samm, Juan y Robert, y dijo:
—¿Ustedes provocaron eso?
Samm levantó la mano.
—Sí, pero fue con fines educativos.
Juan agregó:
—Y un poquito sexuales.
Sarah frunció el ceño.
—¿Eso es un intento de chiste?
Robert tocó un acorde dramático y dijo:
—Eso fue… un intento de todo.
La profesora Ciruela salió corriendo con un extintor que disparaba gelatina.
Sarah, en medio del caos, sacó una mascarilla, un cuaderno, y comenzó a tomar notas:
“Sujeto 1: creativo, peligroso.
Sujeto 2: pervertido crónico.
Sujeto 3: músico con tendencias explosivas.
Conclusión: estoy en el infierno.”
Pero mientras escribía, Samm se le acercó con una sonrisa.
—¿Tú sabes cómo hacer una bomba de agua con vinagre y chicles?
—¿Tú sabes cómo sobrevivir a la secundaria sin dañar neuronas?
Se quedaron mirándose…
Y en ese instante, un pupitre explotó al fondo y le cayó una pata de silla a Juan en la cabeza.
—AY, MI LÓBULO FRONTAL. ¡ERA IMPORTANTE!
Sarah rió.
No quería… pero lo hizo.
se fue el momento exacto.
En medio del humo rosa, del pupitre en llamas, del extintor que ahora disparaba mermelada, y del Juan desmayado con una “Ñ” marcada en la frente, Sarah rió.
No fue una carcajada escandalosa. Fue una risa pequeña, contenida, como si su cerebro estuviera diciendo:
“Esto no es gracioso. ¡NO ES GRACIOSO!”
Pero su corazón murmuraba:
“Bro, sí lo es.”
Y en ese breve instante donde el mundo parecía flotar entre el absurdo y la locura, los tres idiotas la miraron.
Samm, con una mancha de pegamento en la cara y un lápiz clavado en la oreja, la miró como quien ve por primera vez a alguien que podría sobrevivir a su nivel de tontería.
Robert dejó de tocar riffs destructivos, se quitó un auricular, y dijo:
—¿Lo escucharon? La nerd se rió. ¡Tenemos risa confirmada!
Juan, semiinconsciente, alzó el dedo débilmente:
—Apunten eso en el diario... antes de que pierda la memoria a corto plátano.
Sarah se limpió una mancha de babas del aire (¿cómo llegaron ahí?) y negó con la cabeza… pero sonreía.
No podía evitarlo.
Eran estúpidos. Estúpidamente entrañables.
Ella había cambiado de escuela buscando paz, orden, un lugar donde los horarios se cumplieran y las reglas existieran.
Pero encontró algo diferente.
Un lugar donde nadie la miraba raro por usar referencias de química para insultar.
Un lugar donde, aunque todo explotara —literalmente—, nadie la juzgaba.
Un lugar donde podía gritar:
—¡ESO NO SE MEZCLA CON HIDRÓXIDO!
…y alguien respondería:
—¡Pero suena delicioso con queso!
Ese lugar era el Aula 13.
Ese día, mientras los profesores evacuaban el ala norte, los bomberos rescataban una impresora que cantaba reguetón, y la directora gritaba “¡¡¿QUIÉN TRAJO UN CABALLO AL LABORATORIO?!!”, Sarah ya no se sentía sola.**
Se sentía… parte del escuadrón.
El escuadrón más ineficiente, incorrecto, inútil y explosivo que la historia escolar haya conocido.
Los nuevos protectores (o más bien, saboteadores) de la lógica y la seguridad educativa.
Samm, Juan, Robert… y Sarah.
O como diría la leyenda escolar:
Tonto, Retonto, Supertonto… y la única con dos neuronas conectadas.
Y aunque no lo sabían aún…
juntos iban a cambiar el mundo.
O al menos, hacerlo estallar con estilo.

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