Axel estaba frente al espejo del baño, peinándose con los dedos mojados. No encontraba el cepillo y tampoco tenía la motivación suficiente para buscarlo. Su cabello era imposible de peinar y su uniforme incómodo eran la combinación perfecta para su irritación.
—¿No se te olvida nada? —preguntó Anastasia desde el pasillo, poniéndose el saco y con el cepillo en la mano.
—Así que ahí es donde estaba, oye, metete en tus asuntos, que parece que aun no te has peinado tampoco, yo también necesito el maldito cepillo—respondió Axel sin girarse, con el mismo tono entre serio y burlón de siempre.
—Espero no me llames de la academia con que te olvidaste algo, ya que si te olvidas alguna estupidez, te va a tocar cagarte encima porque nadie te va a llevar nada —dijo ella, entrando con paso rápido, abrochándose mientras lo examinaba de reojo—. ¿Guardaste los documentos? ¿El pase digital? ¿La tarjeta de identidad? ¿El almuerzo?
—Oye, sabes que ya no tengo 10 años ¿No?.
—No, pero te comportas como tal —bufó Anastasia mientras recogía su bolso de la entrada, al mismo tiempo que su transmisor neuronal le avisaba sobre una llamada, ella se quedo callada por unos segundos y confirmó algo— me llamaron de urgencia… No voy a poder acompañarte. Lo siento.
Axel se quedó en silencio un par de segundos. Luego asintió sin mirarla.
—Está bien. No pasa nada. No esperaba que vinieras de todas formas.
Anastasia frunció el ceño y se detuvo en seco.
—Hey. No me vengas con esa mierda. Yo te crie, ¿recuerdas? Así que no me hagas sentir peor de lo que ya me siento.
—Lo sé… —respondió él, bajando un poco la guardia—. Solo estoy nervioso. Olvida lo que dije.
Ella lo miró unos segundos, y le acomodó una arruga en el cuello del uniforme sin decir nada.
—Bueno. Trata de no meter la pata —dijo, dándole un golpecito en el pecho—. O por lo menos avísame si te sucede algo.
—¿Ese es tu consejo de hermana mayor?
—Ese es mi consejo de alguien que te quiere aunque seas insoportable.
La cocina estalló en actividad al mismo tiempo.
—¡Sofi, muévete ya! —gritó Luisa, la abuela—. ¡Se nos va a hacer tarde y tu maestra me va a mirar feo otra vez!
—¡Quiero ir con Axel! —protestó Sofía desde el segundo piso, mientras se ponía los zapatos con la velocidad de una tortuga deprimida.
—No puedo llevarte hoy enana —dijo Axel, asomándose desde la escalera—. Yo también tengo que ir a clases ahora.
La niña frunció el ceño como si acabaran de arruinarle el cumpleaños.
En la entrada, Hernán se colocaba el casco de su moto.
—¿Y tú bastardo? ¿No vas a desearme suerte o algo así? —le dijo Axel, medio en broma.
Hernán lo miró de reojo con una media sonrisa.
—Vete a la mierda, que tengas suerte bastardito —y le guiñó el ojo antes de desaparecer tras la puerta.
Axel bajó los últimos escalones y Luisa apareció de la cocina con una mochila rosa en una mano y un tupper en la otra. Su cabello estaba despeinado, pero su mirada era tan nítida como siempre.
—¿Vas solo, entonces?
—Sí. Prefiero ir a pie. Así despejo la cabeza.
Luisa lo agarró de los hombros con ese gesto automático de todas las abuelas del mundo, y le plantó un beso en la mejilla.
—Ve con cuidado. Y si ves problemas, no los busques.
—Todavía no empecé las clases —dijo él, esbozando una sonrisa.
Pero por dentro… lo sentía. Ese nudo que viene cuando uno sabe que está por cruzar una línea. Cuando ya nada será como antes.
Tomó aire.
Y salió por la puerta. La mañana estaba fría, con un aire tan limpio que parecía sospechoso. El sol intentaba asomarse entre los edificios, proyectando sombras largas sobre la vereda. Axel caminaba con paso lento, Sus pasos resonaban más de lo normal en las calles medio vacías. A esa hora, Nueva Austral estaba despertando: autos en las avenidas, drones de reparto flotando como abejas, gente con trajes moviendose apurados y algún que otro loco en uniforme de combate trotando por las plazas.
Pero él no miraba a nadie.
Tenía la vista perdida en el pavimento.
Se detuvo un momento en la esquina de una vieja librería. Ahí había una pared con grafitis. Uno de ellos decía:
“Los héroes son mercenarios”
Siguió caminando. Una cuadra más. Dos.
Y entonces…
BOOM.
Un estallido, seco y profundo, resonó por toda la manzana.
El suelo vibró. Las ventanas a su alrededor temblaron. Algunas alarmas comenzaron a sonar. Un dron de entrega cayó desde el cielo y se estrelló contra un cartel.
Axel se quedó quieto. En completo silencio. Un segundo. Dos.
Humo.
A lo lejos, dos calles más adelante, una columna negra de humo se elevaba.
Gente gritaba mientras corrían en su dirección.
Él avanzó.
No corrió de inmediato. Caminó primero. Despacio. Con los sentidos abiertos. Con los latidos en los oídos. La respiración acelerada, pero controlada.
¿Era un atentado?
Los pensamientos se amontonaban.
Pero no se detuvo.
Dobló una esquina. El humo era más denso. Ya podía ver fuego reflejado en las ventanas.
Un guardia de seguridad pasó corriendo hacia el otro lado. Una madre agarraba a su hijo y se escondía detrás de una cabina metálica.
—Oiga ¿necesita ayuda?—Le pregunto a la mujer
Ella lo miro, y salio corriendo con su hijo en brazos.
Axel al ver que se fue… seguío avanzando.
—¿Qué demonios fue eso…? —susurró, más para sí que para nadie.
A medida que se acercaba, podía oír algo más: un zumbido bajo, eléctrico, como si algo se estuviera cargando… o descomponiendo.
No sabía con qué se iba a encontrar.
Solo sabía que su corazón no latía de miedo.
Latía… de expectativa.

Comments (0)
See all