La ciudad ardía, el calor era espeso, el frío había desaparecido y el aire parecía pesado.
Axel caminaba sin rumbo claro, con las manos levemente temblorosas y el corazón rebotando dentro del pecho. Una mezcla rara: nervios, ansiedad, expectativa. No sabía qué estaba buscando, pero sabía que no podía quedarse quieto.
—Vamos… alguien tiene que necesitar ayuda —murmuró, tragando saliva.
Pasaron diez minutos. Luego veinte. Después treinta. Y nada.
Ni un grito. Solo autos abandonados y tiendas totalmente vacías. Había drones de seguridad cruzando el cielo con urgencia.
El ambiente estaba tenso.
Cruzó una esquina con paso rápido y subió por una calle ancha. Más adelante, vio unos pilares de concreto de la autopista elevada entre los rascacielos.
Y fue entonces que la vio.
A unos cincuenta metros, una niña caminaba sola. Tendría nueve o diez años. Cargaba un bolso rosa que le colgaba hacia un costado, y sus pasos eran pequeños, desorientados. Miraba hacia todos lados, claramente perdida.
Axel frunció el ceño.
—¿Qué haces sola en un lugar como este…? —susurró.
Aceleró el paso.
No llegó a dar más de cinco pasos cuando algo cayó del cielo.
¡BOOM!
El impacto sacudió el pavimento con una fuerza brutal. Polvo, fragmentos de concreto y una onda de presión golpearon el aire. Unos pájaros salieron volando desde las vigas de la autopista. y las alarmas distantes comenzaron a sonar.
En medio de la nube de polvo, había una figura.
Alto. Musculoso. Vestía un jogger negro y el torso desnudo. Parecía un Héroe.
Axel se detuvo en seco y retrocedió, ocultándose tras uno de los pilares. Observó desde las sombras, conteniendo la respiración.
El hombre se agachó frente a la niña. Parecía hablarle. Ella dio un paso atrás, tensa y aparentemente con un poco de miedo.
Desde la distancia, Axel no alcanzaba a oír, pero lo vio claro: la sonrisa de ese sujeto no era amable. Era torcida.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Y algo en su interior —una chispa— despertó.
No pensó.
Corrió.
Sus pies golpearon el suelo como un latido multiplicado. El mundo se volvió un túnel. Cada sonido se desvaneció. El aire, espeso. El tiempo, distorsionado. Sintió que se movía más rápido de lo normal… o que todo lo demás se movía más lento.
Y en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba ahí. Parado entre la niña y ese hombre.
Sin saber cómo.
Sin plan.
El corazón le martillaba el pecho. Las piernas le temblaban. Un sudor frío le corría por la espalda. Pero no retrocedió.
El sujeto lo miró con sorpresa primero… y burla después.
—¿Y tú quién carajos se supone que eres? —preguntó, con una voz rasposa que parecía hecha para intimidar.
Axel tragó saliva. Se le secó la boca.
Pero no se movió.
—No tengo nada que decirte, hijo de puta — Estaba al borde del colapso por el esfuerzo de haber llegado ahí tan rápido… y sin embargo, no podía caer. No debía.
El hombre entrecerró los ojos. Luego lo escaneó de arriba abajo como si no valiera ni el polvo del suelo. Soltó una risa seca.
—¿Estás jugando a ser un héroe? ¿Eres idiota? Eres una pequeña porquería, y aún así, ¿te crees la gran mierda? Vete a casa antes de que alguien te haga daño niño, no tengo ganas de jugar contigo.
Axel sintió un nudo en el estómago. Él sentía la muerte, pero su cuerpo no lo escuchaba. Dio un paso al frente, sutil, pero cargado de intención, no se quería mover, ya que tenía algo que proteger.
—Inténtalo si quieres… —dijo, apretando los puños—. Pero no vas a moverme ni un centímetro, loco de mierda.
La tensión se volvió densa.
El viento sopló entre los edificios. Papeles, polvo, hojas sueltas. La autopista arriba zumbaba con el paso de un camión.
El hombre perdió la sonrisa. Se frotó el puente de la nariz, como si el momento le diera pereza. Luego abrió los ojos, más fríos que antes.
—Te lo advertí, mocoso lleno de cagada. Me jodiste la diversión.
Levantó la mano derecha.
Y algo cambió en el aire.
Un zumbido sordo, como estática. Las luces de un farol cercano parpadearon. La niña, detrás de Axel, retrocedió un paso más, temblando.
Axel no se movió.
No porque no pudiera.
Sino porque no quería.
Porque si daba un paso atrás ahora, no podría mirarse al espejo nunca más.
El tipo apuntó directamente a su pecho.
—Esto no es una película. Esto es el mundo real, niño.
Axel cerró los puños más fuerte.
—Lo se, mierda loca, acaba de una vez.

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