el, por su parte, no tenía tiempo para pensar en nada. Después de entregar a la niña a un oficial de policía que llegó tras la explosión, había salido corriendo a toda velocidad por las calles de Nueva Austral.
—¡Con una mierda, voy demasiado tarde! si se entera Anastasia me colgara del techo—bufó, con el corazón latiendole en la garganta.
Esquivaba peatones, saltaba charcos, doblaba esquinas sin frenar. Su mochila golpeaba su espalda como un tambor de guerra. No estaba muy lejos pero el camino parecía eterno.
Fue en la última cuadra cuando ocurrió: se chocó de frente con alguien. Ambos cayeron al suelo de espaldas, soltando un quejido.
—¡Ack, maldición, mi uniforme! disculpa hermano, no te vi ¿Estás bien? —dijo Axel, levantándose rápido.
—¡No, no, fue mi culpa! —respondió el otro chico, rascándose la nuca mientras se ponía de pie. Era más bajo que Axel, de unos 1.68 metros, con cabello rubio alborotado y una expresión vivaz.
Los dos se miraron unos segundos y, sin decir nada más, retomaron la carrera juntos. Al llegar a la entrada principal de la Academia, un hombre los detuvo.
Era un adulto alto, musculoso, con uniforme deportivo y una ceja única que le cruzaba toda la frente como una gruesa línea de autoridad. Los observó con una mirada que parecía escanearles el alma.
—¿Y ustedes pequeños? —preguntó con voz grave—. ¿Por qué llegan tarde?
Axel y el chico se miraron un instante, sincronizados por el nerviosismo.
—Nos perdimos —dijeron al unísono.
El profesor frunció el ceño.
—Llegaron una hora tarde. Una hora —repitió con énfasis—. Pero como es el primer día... y justo ahora comienza la ceremonia de bienvenida... los dejaré pasar. Tienen suerte.
—¡Gracias, profesor! —dijeron casi al mismo tiempo, y salieron corriendo hacia los pasillos de entrada.
Mientras corrían, Axel giró la cabeza hacia el chico.
—Oye, ¿cómo te llamas?
—James. James Loisé —respondió mientras se acomodaba la mochila.
—¿Loisé? ¿Eso es italiano?
James soltó una carcajada.
—No, es francés.
Axel sonrió también.
—Yo soy Axel. Axel Mártin.
James levantó el pulgar.
—Un gusto Axel. ¿Tampoco conoces a nadie aquí?
—A nadie —respondió, sacudiendo la cabeza.
—Bueno... entonces desde ahora somos amigos. ¿Que te parece?
—Me parece bien.
Los dos chocaron los puños y doblaron por un pasillo amplio, cruzaron una puerta de vidrio y entraron corriendo justo cuando el sonido de un micrófono se activaba.
Frente a ellos, un enorme gimnasio techado se abría paso. Había varios estudiantes uniformados, sentados en hileras, y un escenario con varios adultos en uniforme formal. Las luces del techo brillaban con intensidad, y el emblema dorado de la Gran Unión de los Héroes colgaba como un sol sobre el escenario.
—Llegamos —dijo James, entre jadeos.
Axel asintió, con el corazón acelerado por mucho más que la carrera. Aunque todavía tenía en mente el incidente de hacía un rato, al sentarse en ese gimnasio sintió que algo cambiaba dentro de él. Como si el lugar, el momento, y esa multitud de desconocidos fueran el inicio de algo mucho más grande. Algo que, tarde o temprano, le revelaría la respuesta que siempre había estado buscando.

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