El reloj marcaba las 9:03. En lo alto del edificio administrativo de la Academia de Héroes, donde las ventanas eran blindadas y los pasillos, silenciosos como bibliotecas abandonadas, una puerta se cerró con un clic seco.
—¿Quiere que cierre las cortinas, director? —preguntó una voz suave, cortés, pero con filo de acero.
El director alzó apenas la vista. Sus ojos oscuros, profundos como pozos sin fondo, observaban el exterior sin realmente mirar.
—No, Thalia. Que entre la poca luz que queda… así me acuerdo que afuera todavía hay un mundo.
Thalia Jammer, su secretaria personal, se acercó con pasos medidos. Llevaba un uniforme gris pulcro, el cabello recogido, y una tablet entre los brazos. Su rostro serio no revelaba emociones, pero sus ojos lo analizaban todo.
—No suele delegar el discurso de bienvenida, señor. —Su tono era más que una observación. Era una pregunta con disfraz de formalidad.
El director se quedó en silencio unos segundos más, luego se levantó lentamente y se dirigió hacia una vitrina en la pared. Dentro, descansaba un antiguo estandarte de la primera promoción de la Academia, bordado a mano con hilos dorados y la frase: “El poder sin control es ruina”.
—Los tiempos cambian, Thalia… y no siempre para mejor. —Suspiró—. ¿Viste sus ojos?
—¿Habla del señor Walters?
—No. Hablo del chico nuevo. Axel Martín.
Thalia alzó una ceja, sutilmente.
—¿Cree que sera uno de “ellos”?
—No creo. Lo sé.
El silencio se instaló como una tercera presencia en la oficina. Thalia deslizó unos documentos en la pantalla.
—¿Y entonces por qué dejar que Walters venga? Si sabe lo que él representa.
—Porque es el precio de la paz, Thalia. —El director sonrió con amargura—. No puedo negarme cuando la G.U.O.F y A.S.R.A. hace un pedido, el gremio Suits tiene mucha influencia en estos casos, siempre está detrás del telón, mirando, juzgando, interviniendo si hace falta. Y este año, quieren ver desde adentro.
—¿Y eso le preocupa?
—Mucho. Cuando alguien como Howard Walters entra a un instituto como este… no es por simple curiosidad. Él no solo vino a dar un discurso. Él está buscando algo.
Thalia cruzó los brazos, la tablet ahora olvidada.
—¿Cree que lo encontrará?
—Si, pero si lo encuentra antes de tiempo… el mundo podría no estar listo.
Thalia no respondió enseguida. Solo asintió con la cabeza y caminó hacia la cafetera automática en la esquina de la sala. Sirvió dos tazas. Una para ella, otra para él. Negra. Sin azúcar. Como siempre.
—¿Y qué hará usted, director? Si esto se descontrola… si Walters mueve fichas que usted no puede frenar…
El director se acercó a la ventana. Miró el cielo de Nueva Austral, bañado en tonos anaranjados. Y como si hablara para sí mismo, murmuró:
—Haré lo mismo que hice la última vez que el mundo se partió en dos, Thalia.
probablemente algo estupido.

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