Perspectiva: El Director de la Academia y Thalia Jammer
El reloj marcaba las 10:00.
En lo alto del edificio administrativo de la Academia de Héroes, donde los cristales blindados reflejaban la luz opaca de la mañana, el director permanecía frente a una de las amplias ventanas. Inmóvil. Las manos cruzadas tras la espalda. Los ojos fijos en el horizonte, como si intentara leer algo más allá de los edificios.
Su silueta imponía respeto sin necesidad de palabras. Alto, con el cabello gris perfectamente peinado hacia atrás, rostro severo y mirada marcada por años de decisiones imposibles. Aunque ahora ejercía como administrador, su nombre seguía resonando en los archivos más antiguos de la Unión: exmiembro del Consejo Supremo. Rango S. Potencial SS. Un hombre que, en su época, fue símbolo de poder y equilibrio.
La puerta se deslizó sin hacer ruido.
—Buenos días, señor Director —dijo Thalia Jammer con su tono habitual, firme y respetuoso. Traje gris, cabello recogido con precisión quirúrgica, pasos medidos—. Ya tenemos los resultados consolidados de los escaneos de Potencial.
Él no respondió de inmediato. Solo bajó levemente el mentón.
—¿Alguna anomalía?
—Sí. Cuatro estudiantes con Potencial C. Uno de ellos… sin antecedentes ni respaldo alguno.
—¿Nombre?
—Axel Martín.
El director por fin se giró. Su expresión no cambió, pero sus ojos se endurecieron con una chispa de reconocimiento.
—Asi que es ese chico, Mártin… ¿y cuál es su Rango actual?
—F.
El silencio se hizo pesado. El director caminó hasta la mesa central, donde Thalia proyectó un mapa holográfico con las firmas energéticas de los nuevos estudiantes. La mayoría eran puntos azulados o amarillos, pero cuatro resaltaban en rojo intenso. Y uno de ellos… parpadeaba.
—No parece una lectura normal —comentó ella—. Su pulso energético no es estable. La máquina lo registró con dificultad.
—Finalmente sabemos que no es normal, pero él, aún no sabe lo que es —murmuró el director—. En algún momento lo va a descubrir… Esperemos que si Howard hace un movimiento, sea en el momento justo para que ese niño no se desvíe.
Thalia permaneció en silencio unos segundos, luego deslizó los datos en la pantalla flotante.
—Los otros tres con Potencial C son Luca Valentino, Olivia Patricio y León Müller. Todos hijos de grandes nombres. Poderosos por herencia. Pero este niño... Axel... es diferente.
—Los primeros tres saben lo que son. Axel, no. Y eso lo vuelve… impredecible —añadió el director, con una sombra de preocupación apenas perceptible.
—¿Cree que su potencial real supera al medido?
—Los cuatro superan con creces el potencial que recibieron. Esa máquina tiene un techo. Hay señales que no puede registrar todavía.
Thalia cambió la proyección. Ahora, las imágenes de archivo mostraban el caos de décadas pasadas. Asteroides. Ruinas. Gente corriendo. Héroes en combate.
—Treinta y cuatro impactos. Más de cinco millones de muertos el primer mes. Colapsos. Guerras internas. Gremios enfrentados. El nacimiento de Suits —enumeró con voz neutra.
—Y de entre esa devastación… surgió la nueva estructura —añadió el director—. Gremios, academias, pactos. Pero nada de eso es eterno. El equilibrio siempre se tambalea antes de romperse.
Sus ojos se fijaron nuevamente en el punto rojo intermitente. Axel.
—Y ese chico… podría ser la llave que abra ambas puertas: la de la salvación… o la de la ruina.
Thalia bajó la vista.
—¿Y qué hacemos?
—Lo que siempre hicimos cuando apareció un desequilibrio —respondió él—. Observar. Analizar. Y no intervenir… hasta que ya no tengamos otra opción.
Un nuevo destello interrumpió la proyección.
Un segundo punto rojo, débil, apenas perceptible, acababa de encenderse.
Thalia frunció el ceño.
—¿Otro?
El director no respondió enseguida. Su mandíbula se tensó. Por primera vez en años… sus ojos reflejaron algo cercano a la inquietud.
—Hay más piezas en el tablero de las que creíamos. Y algunas… no estaban invitadas.
La proyección quedó flotando en el aire, temblando apenas. Mientras tanto, desde los pasillos de la academia, comenzaba a ascender un nuevo tipo de tensión. Invisible aún, pero real.
Y ellos lo sabían.
El tablero había cambiado.
Y el juego… acababa de comenzar.

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