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Eugenesia Obscura: Silverclaw

Parte I Capítulo 2.3

Parte I Capítulo 2.3

Jun 13, 2025

Estaba por anochecer en Dawes cuando la camioneta de las oficinas de asuntos generales designada a Joseph, conducida por la inspectora, abandonó el poblado, dejado en la pequeña casa de construcción rustica, de adobe y tejas, en la zona limítrofe, al teniente y al Alta Virtud sumidos en un denso silencio.

Al no ser su hogar y estar en contra de la idea de permanecer en la sala, asignada al teniente como dormitorio, el alfa parado junto a la puerta montando guardia; Joseph se retiró temprano con la excusa de estar cansado por la excursión de la mañana. De no ser tan huraño el teniente, podrían haberse sentado a ver la televisión un rato.

A Joseph aún le sorprendía la existencia de la televisión, y tecnología en general, en Silverclaw.

En el libro, desde el inicio se especificó la mezcla entre referentes de una época antigua y actual, más nunca consiguió armonizarlos en su mente y, estando ahí, resultaba igual de complicado. Peor aun cuando veía la programación y esta consistía en versiones extrañas de los shows y series que habría en un día común en los canales por los que haría zapping sentado en el sofá de su sala.

Apartando las divagaciones, cerró la puerta de la habitación compartida con Garrett, y la cama lo llamó para tirarse en ella. Se abstuvo de hacerlo, sacando el celular del bolsillo del pantalón.

Aún era temprano, no tenía nada mejor que hacer, y sí que debía hacer un movimiento...

Muy a su pesar, empezó una llamada, tras una nula interacción a lo largo de las últimas (casi) veinticuatro horas con esa persona, el penoso mensaje en visto.

El timbrado se prolongó varios segundos hasta que, a punto de cortarse la llamada, descolgaron.

—¿Alta Virtud? —la voz era la del secretario de Lowell, el tipo de ojeras profundas conocido como el Dragón Dormido del Novilunio, Asher Harkness, hijo de la capitana general y Luna de Silverclaw, Verity Harkness.

—Sí —ocultó la decepción de tener que lidiar con él, en vez de tratar directamente con Lowell—, ¿Su Alteza Real me haría el honor de tomar la llamada? —y, ocultó aún más, el tono sarcástico en su pregunta.

—No es posible. En este momento Su Alteza Real se encuentra ocupa...

—¿Es el Alta Virtud?

Cuatro palabras. Con cuatro palabras la voz profunda del príncipe cruzó kilómetros y se le clavó en los tímpanos, haciendo retumbar su pabellón auditivo hasta caer en su estómago, alzando un revuelo de hormigas que, asustadas, corrieron por cada una de sus terminales nerviosa sacudiendo su existencia, apretándole la quijada.

«Maldito boreal», gruñó para sus adentros, quejándose con el dueño original de su cuerpo por una elección que ni siquiera él hizo sobre su subgénero. Condición que a esa distancia lo hacía experimentar un rastro de vulnerabilidad ante el príncipe heredero.

Si bien un boreal es capaz de resistirse sin titubeos a las feromonas de un alfa dominante, el príncipe era un alfa dominante pura sangre y, de acuerdo al libro, eso le confería una potencia mayor a sus feromonas. La suficiente, no para enloquecer a un boreal, más sí para desestabilizarlo, aún con la barrera de la marca temporal en su cuello. Cualidad que su cuerpo recordaba a la perfección de sus encuentros, y cuyos efectos emulaba su ser con solo escucharlo. Joseph lo detestaba.

De entre todos los tipos de seres en los que pudo reencarnar en Reinos Oscuros, entre razas élficas, vampíricas, ángeles, demonios, brujos, tritones y más, no tenía problema con ser un licántropo pero, ¡¿por qué un boreal?! El omega de omegas.

Pasó una mano por los cabellos, forzándose a ignorar la sensación recorriéndolo, de atracción y de repulsión.

—¿Resolvió el problema en Dawes?

—Lo dudo —el secretario ni se molestó en hablar en voz baja.

—Entonces, ¿para qué llama?

La conversación del otro lado de la línea, ignorándolo, acabó con la paciencia de Joseph.

—Llamo —recalcó con un tono de voz más alto al usual permitido a un virtud, esperando que el secretario Harkness lo escuchara—, porque requiero tratar un tema importante con Su Alteza Real, en privado.

—Su Alteza Real —replicó el secretario, molesto por el atrevimiento de quien creía era un simple omega dominante empezando a escalar en una nube de vanidad, ante una promesa aún no concretada del príncipe Lowell, inflando su orgullo—, no puede disponer de su valioso...

«Ajá», rodó los ojos Joseph.

—Tiempo para complacerle... ¿Su Alteza Real?

Una sonrisa triunfante surcó el rostro de Joseph al adivinar la escena, y se ensanchó al oír el roce en el cambio de manos del celular, seguido de pasos y el cerrar de una puerta. Si mal no recordaba, a esa hora el príncipe debía estar en su departamento en el palacio de Relish.

«¿Qué no tiene tiempo para quién?», por mucho que el príncipe fuera distinto al complaciente pretendiente de la novela original, en consecuencia a sus actos precipitados a favor de su objetivo, era bueno ver que continuaba teniendo interés en él, el suficiente para despedir al secretario y priorizarlo.

—¿Cuál es el tema importante?

El problema fue, no sólo su imponente voz retumbando directo en su cerebro y en su cuerpo lleno de hormonas, sino la personalidad detrás de la interrogante.

Como pretendiente, Lowell fue mostrado en la novela como una hombre apasionado y dulce, dispuesto a hacer todo por el Alta Virtud. Como quien lo estaba colocando a prueba, su tono estaba lejos de la indulgencia y la ternura, más cerca de la agreste prisa e insensibilidad. Dos caras opuestas que le hicieron pensar que el Joseph original tuvo suerte de no haberse quedado con él.

Mejor que un hombre con una dualidad remarcada, fue el serio pero constante Arley Birdwhistle...

«¡¿Y tú qué haces pensando en eso?!», se regañó por el desvió en sus memorias, regresando al presente.

—El tema importante —realmente no había ninguno—...

Recién había llegado y apenas estaba corroborando el escenario en Dawes, que era el primer paso para lo que tendría que hacer después, aunque ya había sacado una pequeña ventaja en la historia, si todo iba bien.

El motivo por el cual llamó, fue menos espectacular que su reclamo, y ahora que lo enfrentaba, no se sentía seguro.

Ah, no le quedaba más que seguir adelante.

—Necesitaba escuchar la voz de Su Alteza Real.

Por mucho que lo detestara, el contratenor en su voz dio un tono terso a la declaración, que hizo que incluso Joseph se la creyera.

Del otro lado de la línea, en vez de sucumbir a un claro coqueteo, hubo un largo espacio neutro, como si le estuviera dando permiso a hablar en serio y corregir su broma.

—Voy a colgar.

—¡La presa! —se apresuró a intervenir, dándose cuenta de que, si la llamada terminaba en ese momento, no sólo perdería su asqueroso intento por flirtear con el príncipe, y el orgullo que asesinó en el camino, sino que continuaría alejando su oportunidad de lograr un avance en cualquier sentido.

—No puede modificarse el trato que hay.

Lo puntual que podía ser el príncipe y lo perspicaz, ahorraban bastantes conflictos de explicaciones y vueltas innecesarios, y cortaban muchas opciones para negociar.

—¿Ni siquiera por salvar Dawes, Su Alteza Real podría intervenir para modificar los términos?

—Los ducados son autóctonos, ni el Novilunio ni la Corona pueden intervenir en decisiones que tomen entre sus territorios, en tanto no afecten las arcas del reino o su estabilidad.

El recordatorio innecesario, recitado con la exactitud que requeriría una descripción para una enciclopedia, le apretó los dedos entorno al celular.

—Birdwhistle no es un ducado aún —contradijo—, y hace cincuenta años que pasó a ser regulado directamente por el principado de Flanagan como candidato...

—Por lo que no valdría la pena generar una tensión innecesaria entre el principado de Flanagan y el de Needham, dando ventaja a los condados de Dutton y Bartlett para el puesto de ducado.

«El sarcasmo era innecesario», se mordió la parte interna de la mejilla por la contrarréplica.

—Y la Corona tampoco puede dar una subvención para el pago de derecho a riego impuesto por Birdwhistle —bufó Joseph, completando la frase del príncipe—. ¿De qué sirve su título si están atados de pies y manos para ayudar a un simple poblado?

La pregunta salió de su boca antes de que pudiera pensar en las consecuencias de semejante frase dicha al príncipe heredero del reino.

—Se llama política —fue la única respuesta que obtuvo, sin pizca de reproche u ofensa—. Y, si de eso hablamos, entre la Corona y usted, usted tendría más oportunidades de hacer reconsiderar al marqués.

—Lo dudo —se aclaró la garganta, recobrando la calma—. El marqués no es alguien con quien se pueda negociar usando el altruismo de bandera.

Tras un suspiro agotado de su parte, el príncipe intervino:

—No me llamas para repetir lo que ya sabías sobre el origen de la sequía en Dawes.

No. La razón de la llamada fue pateada por el príncipe antes de si quiera desarrollarla, y no se lo diría. Por la dignidad que le quedaba, no lo haría. Y no, tampoco podía decir que el motivo era la presa como tal. Sería ridículo.

El día que el príncipe le comunicó su misión, revisando la zona geográfica, no le costó entender que la presa Las Tres Guirnaldas, construida por el marquesado de Birdwhistle, al noroeste de su territorio, cortó el suministro de agua que cruzaba libre de su territorio y pasaba por el medio de Walmsley, con quien llegó a un interesante acuerdo de cuotas que Dawes fue incapaz de cumplir al ser un poblado humilde, de poca capacidad económica, y que encima se vio afectado por el aumento en los costos de trigo, carne y otras tantas materias primas para sobrevivir. Los habitantes de Dawes pagaban el derecho a riego, o pagaban la comida que estaban obligados a exportar, en su situación, a su mesa. La economía de Dawes pasando de depender de la agricultura, al comercio de productos externos, en una soga al cuello al ser dependientes del exterior y su ausencia de empatía.

—No —al inicio no tenía otro tema para abordar, pero en ese instante, necesitaba encubrirlo y rápido.

«Podría ser...», no tenía más que esa salida.

—El motivo de mi llamada es preguntar a Su Alteza Real los alcances del apoyo que puede brindar.

No podía intervenir en las decisiones entre marquesados y condados, no se arriesgaría a generar conflictos entre principados, y no daría subvenciones directas. Si la Corona no definía el alcance de su apoyo, le sería imposible generar una estrategia realista, que no provocara de nuevo una de esas miradas condescendientes con las que se familiarizó los días en el palacio de Relish, antes de ser enviado a Dawes.

Sabía qué no haría, y necesitaba saber qué sí.

—Lo que sea que no desestabilice la política interna de Silverclaw.

«¡Esa maldita respuesta!», el celular entre sus dedos emitió un quejido por la presión ejercida. Asustado, soltó el agarre.

No podía quedarse sin su medio de comunicación, por mucho que deseara hacerlo para no tener que escuchar al príncipe repetir las mismas palabras que le dijo al enviarlo, como si fuera una gran promesa con tantas restricciones alrededor.

—Me da tanta tranquilidad que lo diga de nuevo —el tono de su voz se deslizó, contra su buen juicio, al terreno de la impertinencia con una facilidad que tuvo que hacer un acopio de fuerzas sobrehumano para no continuar por esa línea.

—¿Eso fue sarcasmo?

—Por supuesto que no, Su Alteza Real —claramente lo fue y lo seguía siendo, por mucho que quisiera evitarlo—. Le agradezco que atendiera mi llamada y me disculpo por hacerle perder su valioso —remarcó— tiempo. Espero descanse.

La llamada se cortó del otro lado antes de que Joseph pudiera hacerlo, resaltando una vena en su garganta, derrotado y estresado.

—Ese hijo de...

Gruñó, arrojándose, ahora sí, sobre la cama, ahogando su frustración en la almohada, hasta aclarar su mente, permitiendo que, en la calma tras la tormenta de pensamientos, aflorara su mayor preocupación.

El problema más grande de Dawes no eran sus tierras marchitas por la falta de agua o la adquisición de alimentos. Su problema más grande era la deuda acumulándose cada que Birdwhistle les proporcionaba el agua suficiente para no morir de sed, sin que pudieran pagar, como un "favor" humanitario. Si no encontraban una solución a ese problema, el temor más grande de la inspectora y de los pobladores de Dawes se haría realidad: tendrían que ceder sus tierras a Birdwhistle en compensación.

—Eso es lo que espera el marqués —murmuró para sí, recordando las veces que aquel hombre, en la novela original, mostró su verdadera cara.

La cuestión era, ¿por qué? ¿qué interés tendría ese hombre en una tierra marchita que colindaba con el límite de su marquesado, cuya anexión podría ocasionarle un conflicto con Walmsley?, ¿y por qué el conde de Walmsley se mostraba pasivo al respecto?

La única razón y respuesta que se le ocurría, la que se agitó en un resquicio lejano de su mente al ser informado de su misión, intensificándose a su llegada y tras la revisión de los documentos, constando la red de sobornos, demasiado compleja para un lugar tan pequeño; tendría su confirmación con los resultados del laboratorio. Y si ese era el motivo, la saga de Silverclaw, conocida sólo por su nombre secundario, "Cazando al Alfa", una vez más, habría mostrado que desperdició una buena trama secundaria por inclinarse a una historia romance del tipo harem inverso. Una trama en la que, para su desgracia, se estaría viendo envuelto directamente.

Mordiendo la uña del dedo pulgar repasó lo que conocía del libro y de ese mundo, del marqués a quien el Joseph original no había visto más que un par de veces a lo largo de los cien años que lo acogió en sus tierras, luego de la masacre a la Academia de Virtudes; y se desesperó al confirmar que no contaba con todas las piezas del rompecabezas que tenía delante, del cual dependía el mostrarle su valía al príncipe.

Dándose la vuelta, quedando bocarriba, el hilo de sus pensamientos se desvió a la ventana con las cortinas abiertas, aguzando el oído al percibir un sonido.

Una sonrisa retorció sus labios.

—Parece ser que el señor de Chapman no es tan tonto como aparenta, ni paciente —se estiró—. Y con la paciencia limitada somos dos.

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Rezhtdy B. Miktze

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—Necesitaba escuchar la voz de Su Alteza Real.

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