06 de abril de 7746
Pasaba las cuatro de la tarde y esperar fue más complicado de lo que imaginó.
Salir a dar una vuelta por Dawes no era una opción por tres buenos motivos. La gente estaba demasiado atenta a su existencia, no había mucho para explorar para un tipo cuyos dos mundos conocidos se encontraban repletos de estimulantes tecnológicos y de entretenimiento, y el teniente no se apartaba de él. El joven alfa era una sombra pegajosa proyectada al frente. Un alfa en toda la extensión ridícula de la palabra.
En esos dos años que tenía ocupando el cuerpo de Joseph, había comenzado a entender muchas de las frustraciones que leyó en redes sociales antes de su transmigración, de parte de las mujeres. Y si era sincero consigo mismo, para esas alturas, le sorprendía que ninguna de las que leyó buscara venganza de lo que tenían que soportar, porque él sí que quería venganza en contra de esos malditos y altaneros alfas.
Sentado en el sillón de la sala se forzó a mantener la compostura dando un repaso a los documentos, enfocado en compilar la evidencia de las malversaciones y sobornos minando los recursos destinados por el Novilunio a Dawes, que imposibilitaban aún más sus pagos para el agua que cubría las necesidades básicas y de alimentos, y del pago del agua para los cultivos; en vez de dejarse llevar por sus desgracias.
Hasta el momento identificaba tres depósitos constantes que iban de la tesorería de las oficinas de asuntos generales a las cuentas personales de varios de los oficiales mayores, mal enmascarados de pagos de honorarios que se duplicaban y que, por años, no fueron corregidos. Así como compras extravagantes enviadas a la mansión Chapman con regularidad. Compras de seda, mirra, piedras preciosas comunes y cristales mágicos, frutos exóticos y vinos. El tipo se daba una buena y rara vida.
Joseph suponía que el señor de Chapman se confió en que el Novilunio nunca revisaría lo que ocurría en Dawes o que podría ganarse ganarse al alfa que fuera enviado, hasta que ambos planes salieron mal. La inspectora logró llamar la atención directa de la Corona, y en vez de enviarle a un alfa con el cual pudiera codearse para sobornarlo, le enviaron un “omega” entrometido.
La conciencia de haber arruinado los planes de un villano insignificante, fue una forma maravillosa de relajarse de sus propias frustraciones, por unos segundos.
Miró el reloj del celular por enésima vez, rumiando la posibilidad de abrir la app duplicado del TikTok en su mundo. Se rehusó a hacerlo, conformándose con ver la hora y darse cuenta de que apenas pasaron cinco minutos de la última vez que lo hizo, y no había ningún mensaje nuevo, no de los importantes. Los únicos mensajes, el modo silenciado activo, que le llegaban, eran…
Se rascó la frente perdiendo parte de la compostura.
Los hijos del marqués sólo le permitieron unos días de paz, antes de comenzar a moverse.
No le agradaba su atención la atención de esos (y cualquier) alfa, y seguía siendo más de lo que pensó que podrían soportar.
Aunque, tuvo que reconocer que ver los mensajes acumulados, del segundo, tercer y quinto hijo del marqués Birdwhistle, sin ninguna aparición del cuarto, que debía estaba jugando a hacerse el difícil, fue inesperado. No le agradaba y no le quedó de otra que tomarlo como un punto bueno. Lidiar con tres ya era suficiente problema, uno que ni siquiera le permitía entrar a gusto a la aplicación de mensajearía, para evitar que se dieran cuenta, por el registro de conexión, de que los estaba ignorando.
Pasó una mano por la nuca.
Cambiar los sucesos de la novela en una dirección radical, no alteró las acciones de algunos personajes, siendo el caso de Arley Birdwhistle.
«Habría sido interesante ver de manera temprana un movimiento por parte del primero de los hijos del marqués», la idea surcó el borde de sus pensamientos, y fue alejada por la pantalla al iluminarse, junto con una inspiración sobresaltada por el auto regaño, por llamar a más problemas con un lord, de lo que ya tenía con tres jóvenes nobles.
Asumiendo por un segundo que el mensaje entrante se trataba de una foto más de los jardines de la mansión Birdwhistle, enviada por Wyatt, el menor, quien estaba optando por una estrategia de ataque inclinada a moverlo a través de la ternura y la dulzura, tardó en animarse a confirmarlo, enfocando la mirada. Antes de que la pantalla se oscureciera, leyó el nombre de Garrett.
Apurado, desbloqueó el celular, revisando el mensaje:
«Confirmado.»
No pasó mucho antes de que la llamada de Garrett entrara, tomándolo a mitad de camino hacia el dormitorio, luego de decirle al teniente que se echaría una siesta.
Al entrar al cuarto, el sol de la tarde cruzando la ventana le lastimó los ojos. Se acercó a correr las cortinas y descolgó.
—¿Cómo va todo?
—Los resultados completos de la fertilidad del suelo estarán en unas horas, pero parece que lo único que hace falta, como imaginará, Mi Señor, es agua.
—Estarían regresando mañana —pensó en voz alta, calculando la hora si salían con el alba.
—En cuanto tengamos los resultados —lo corrigió—. Si los del ejército no fuera tacaños y nos hubiera dejado el helicóptero…
—Es demasiado riesgoso —cortó Joseph..
Garrett guardó silencio con un quejido en la respiración.
—Riesgoso es que me enviara únicamente con un reducido puñado de tierra para cumplir sus órdenes, y que se haya quedado a solas.
Joseph procuró saltarse los reclamos, en particular el segundo, que llevaba implícito el subgénero del teniente, porque sí, Garrett tenía razón en ambos. No sólo se quedó con un alfa, sino que actuó sin una idea de cómo sería un estudio de suelo en el mundo real, acostumbrado a la disparidad entre realidades, y a asumir que una especie de “guion” podría estar a su favor en detalles nimios como la cantidad de tierra.
—Y aun así se consiguió —apunto.
—No gracias a usted —contestó Garrett de mala gana—, sino a la inspectora que, de camino aquí, pasó por más tierra para el estudio.
Bien. No fue el guion quien lo salvó esa ocasión, y sí el hecho de que los personajes, más que comportarse como un simples NPC, principales o no, a veces tenían esa inquietante capacidad de elegir y actuar por su cuenta. Una capacidad que los hacía ver humanos, y que le aterraba a Joseph al abrir la posibilidad de perder de vista la línea divisoria entre ficción y la realidad. Más, en esa ocasión, tuvo que agradecer su intervención por el bien de la trama. De SU trama.
Presionó el puente de la nariz.
—Dale las gracias de mi parte.
—Ya lo hice.
—Si van a regresar por la noche o madrugada, procura comprar suficientes aperitivos para el viaje.
—Podría aprovechar este momento para tomarle la palabra de omitir el tratamiento protocolario y, en vez de llamarlo “Mi Señor”, decirle “madre”.
Entre la extraña forma de expresar gratitud que tenía Garrett, llamándolo “Mi Señor”, pese a las decenas de veces que intentó asegurarle que no era necesario, y que lo llamara “madre”, había una diferencia abismal que le hizo recordar a los omegas embarazados. Su vista bajó a su propio vientre, un escalofrío recorriéndole la espalda.
Tenía que salir de ese sitio lo más intacto posible.
—Hazlo y te entierro en los campos de Dawes.
La amenaza fue lo suficientemente convincente para que Garrett, aún en su tono jocoso, se retractara y le dijera que tomó nota del consejo de los aperitivos para el camino.
—Y sí —añadió a prisa lo importante—, tenía razón —para enseguida colgar.
Escuchar la confirmación directa del mensaje a sus sospechas, encajó varias piezas del rompecabezas.
Con la información en mano, esa que le solicitó a Garrett confirmar, en un murmullo rápido previo a su partida a Kavanagh, sólo le quedaba resolver el cuarto motivo por el cual estaba confinado a la casa de la inspectora.
El teniente tendría que servir.

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