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Eugenesia Obscura: Silverclaw

Parte I Capítulo 3.3

Parte I Capítulo 3.3

Jun 17, 2025

This content is intended for mature audiences for the following reasons.

  • •  Blood/Gore
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Regresaron a la casa de la inspectora alrededor de las ocho de la noche, no muy tarde.

Al abrir la puerta y encontrarse con las cajas llenas de documentos que faltaban por revisar, aguantó un bufido de exasperación.

En cuanto tomara su lugar como Sol del Silverclaw, su prioridad sería mover los hilos adecuados para modernizar las instalaciones de los sitios más recónditos del reino. Esperaba no tener que pasar tanto tiempo en Reinos Oscuros como para ver materializada la idea, más era una de esas tantas propuestas que dejaría por escrito, por si llegaban a tener una repercusión en el mundo de la novela. Que no se dijera que no hizo nada mientras estuvo alterando la trama.

Delegando al teniente el mando de la televisión, fue a darse una ducha, despejando la suave bruma del alcohol. Por su subgénero no se preocupaba de emborracharse. La resistencia de un boreal al alcohol, y otras sustancias, era casi tan buena como la de un alfa.

Luego de salir del baño fingió ir a dormir, y se quedó sentado en la cama, paseando entre aplicaciones, esperando que llegara las once de la noche.

En ese mundo no había tecnología como tal.

Lo que había, era energía. Energía que, dependiendo de las razas, tenían distintas formas de manejarla y expresarla en su vida cotidiana. Algunas razas, como las sirenas y las brujas, la canalizaban de su persona al exterior; y otras lo hacían de forma interna en un efecto físico, como sucedía con los vampiros y los licántropos. Para estas razas resultaba especialmente importante el uso de los cristales mágicos, que eran los que suplían su uso externo a través de un tipo de tecnología basada en magia y runas, que permitían crear un símil a los aparatos electrónicos del mundo real.

Giró el celular en sus manos.

Dentro de ese rectángulo semejante a un smartphone, la “tarjeta madre” era un cristal mágico adornado con una serie de grabados (runas) equivalentes a un lenguaje de programación, que le permitían funcionar.

Qué raro era pensarlo.

Una vibración le anunció la hora.

Once en punto.

Tomando aire tecleó su correspondiente contacto del día con el príncipe:

[Ruego que Su Alteza Real haya tenido un buen día, y que no olvide cuidar su salud.]

Si el coqueteo directo no servía, intentaría por otro medio: mostrar preocupación.

No muy a gusto con la idea, su dignidad pendiendo de un hilo cada vez más delgado, dio “enviar” al mensaje, apartando el celular de su vista para no ver si habría, o no (lo más probable) una contestación.

Luego retomó veloz el aparato, releyendo el  último mensaje de Garrett, el que recibió en el camino del bar a la casa de la teniente.

—Picante —leyó en voz alta la última palabra, rogando que su paranoia diera buenos resultados esa noche.




07 de abril de 7746

Un cielo nocturno salpicado de estrellas y una gran luna blanca con un halo alrededor. Un cielo que a los ojos de una persona común, sin grandes conocimientos de la astronomía, no le parecería diferente a la vista nocturna del mundo real, augurando la posibilidad de un paliativo para el paraje árido de Dawes. Una oportuna y ocasional lluvia que no llegaría.

Respirando profundo los más de diecisiete grados de temperatura, a Joseph le habría encantado disfrutar de la ilusión de pensar que ese cielo era el mismo que aquel bajo el que creció. Para su desgracia, aunque era ignorante de las constelaciones trazadas en la bóveda nocturna que nunca apreció a lo largo de su vida en la Tierra, como Alta Virtud sí aprendió las de ese mundo, haciendo imposible que la fantasía se mantuviera al escudriñar el manto oscuro ceñido sobre su nostalgia. Constelaciones extrañas. Astros ajenos. Un manto negro estudiado y diferente.

El suelo seco crujió bajo el peso de sus zapatos a la intemperie, trozando el silencio de la penumbra al cobijo de la humilde casa de la inspectora, el escenario perfecto para ser carnada, con el teniente durmiendo en la sala y la ventana de la habitación, que le fue concedida, abierta de par en par para su escape.

Una oportunidad tomada por las dos figuras ocultas en la línea de pinos marchitos, creyendo que el incauto omega salía a un respiro nocturno desconociendo su presencia, e ignorando que al alejarse de su guardián designado se colocaba en bandeja de plata.

En un reducido claro, rodeado por árboles moribundos, los dos alfas que lo vigilaban emergieron de las sombras.

«Alfas dominantes», gruñó molesto Joseph para sus adentros, tensando puños al notar la fuerza de sus feromonas.

Una licántropo femenina al frente y un licántropo masculino cerrándole el camino por el que llegó. Los ojos de los tres emitiendo el brillo reflectante de la visión nocturna que les permitía verse con claridad.

La manzana de adán en el cuello de Joseph se movió al tragar saliva, alistándose para un cruce de palabras omitido cuando la licántropo lanzó una mirada a su compañero y, acto seguido, sin intercambios innecesarios, se le fue encima a una velocidad que le quitó el aliento al Alta Virtud. Con apenas un segundo para responder, salió de su línea de ataque, eludiendo el agarre del licántropo que se colocó detrás suyo, encorvándose al frente, dejando que su cuerpo respondiera. Las manos en el suelo impulsó la cintura y una patada, despegando los pies del atacante, que no esperó una respuesta de su parte, haciéndolo caer de espaldas.

Un fuerte aroma amaderado y a almizcle inundó el entorno, un monstruo fangoso que se le metió por las fosas nasales para doblegarlo. Eran las feromonas de la alfa que prefería no continuar subestimándolo, optando por someterlo. A sus ojos, era un omega que, por mucho que fuera dominante, no era rival para ella, una criatura imponente nacida para subyugar al resto. Para ser obedecida.

Quien los envió hizo bien su tarea entendiendo que asignar simples alfas a la misión no sería de ayuda ante un Alta Virtud custodiado por un alfa.

Las piernas de Joseph parecieron ceder a la presión de las feromonas, cayendo de rodillas al sentir como el aire era expulsado de sus pulmones, reemplazado por el frío oleaje del temor, agachando la cabeza. Apoyado en la tierra, evitó colapsar por completo.

—Así está mejor —dijo en un tono de premio burlón la alfa, acercándose con una mordaza en manos.

El alfa masculino se puso en pie, maldiciendo entre dientes, esquivando la risa de su compañera por ser vencido por un omega, dominante o no, sacando de una de las bolsas del pantalón tipo cargo un cincho.

—No pelees —la licántropo se puso a su altura, en cuclillas, levantándole el rostro con el índice—, se buen niño y deja que hagamos nuestro trabajo.

Joseph odió admitirlo, pero, los alfas eran un espectáculo a la vista. La cruza entre la belleza de un modelo y una fiera, volubles e impredecibles en cuanto a qué lado mostrarán en su siguiente movimiento. Si un lado humano e hipnótico, o uno cruel y despiadado.

—Sí, deje que hagan su trabajo, Mi Señor.

El alfa a su espalda, el que quería atarle las muñecas, se giró tirando el cincho para hacerse del arma que tenía en la sobaquera, encontrándose de frente con un puño. La pistola rebotó, aprensada en el agarre del alfa, que tuvo la destreza para, a pesar del impacto, no soltarla, precipitándose dos pasos atrás, obligando a Joseph a deshacerse de su pantomima, girando sobre su espalda al esquivarlo.

—¡Mira a donde tiras la basura! —regañó a Garrett, que no tuvo tiempo de contestar, ni él para continuar el reclamo.

Aunque para los alfas fue perturbadora la intromisión de Garrett, y el ver a Joseph recuperar el control, fue una conmoción, entendiendo que sólo fingía ser sometido por las feromonas; el shock no se superpuso a su capacidad de acción.

La licántropo se lanzó con la intención de sujetarlo.

Para su mala suerte, sobre sus órdenes y expectativas, Joseph ya había tomado una decisión que reafirmó al cerrar el puño alrededor del mango oculto en el bolso del pantalón.

Dando un vistazo de reojo a Garrett, confirmó la dirección del segundo golpe que estaba por lanzar, inspiró y soltó una oleada de sus feromonas, abriendo una brecha, con gran esfuerzo, a través de la limitante de su marca.

El puño apagando la consciencia del licántropo al que se enfrentaba Garrett, secundó a las pupilas de la licántropo dilatándose ante el pasmo producido por el efecto de sus feromonas, contrayéndose al ver machado su orgullo por saber que un “omega” la sometía. Lo cual no habría sido raro, de ser una simple alfa, no una dominante.

La alfa apretó la quijada.

En la penumbra de los pinos resecos sus ojos brillaron en dorado, su perfil imponente y hermoso deformándose. Los músculos alrededor de la boca se contrajeron y el hueso debajo de la piel se fue extendiendo, halando del resto del sistema óseo y muscular, que comenzó a ensancharse y agrandarse, desfigurando las formas de la tela rehusándose a ceder, desgarrarse. La esencia de lobo tirando de las cadenas humanas unidas precariamente su cordura, y de las feromonas que la sujetaban.

Soltando una maldición interna dirigida al orgullo de los alfas, intolerantes a la derrota, Joseph friccionó los dientes. Incluso para él era inconcebible el creer que hirió a ese nivel el orgullo de la alfa, al punto de concederse el permiso de liberar a su lobo. ¡Una jodida locura!

El gruñido al frente accionó su brazo. La licántropo avanzó a mitad de trasformación. Joseph sacó el cuchillo militar del bolso del pantalón extendiéndolo de un latigazo.

La hoja dentada se introdujo de un disparo en la garganta de la mujer. Giró el mango y lo subió, serruchando la tráquea forrada de pelaje gris. Deslizándose un paso, dio campo libre a que el peso de la moribunda destruyera el resto de su propio cuello.

La transformación retrocedió y la licántropo descendió por inercia, sus rodillas doblándose.

Joseph soltó el mango, viéndola desplomarse, quedando en sobre la tierra sedienta, sacudida por leves estertores de agonía.

El calor húmedo y aceitoso de la vida que acababa de arrebatar le revolvió el estómago en el discreto restregar de sus dedos.

«Son sólo personajes», se dijo. Se repitió. Se trató de convencer y, al final, para sujetarse con fuerza a la idea, evocó la imagen de Ángela a su lado, en el automóvil, antes de volcarse. Su sonrisa, su voz, su compañía, su vida.

Si no servía recordarse que eran personajes de un libro, funcionaría recalcar que tenían un motivo para acabar con la cantidad de vidas ficticias, o no, que fueran necesarias. 

Empujando con un pie a la inmóvil licántropo para girarla, Garrett lo separó de su ensimismamiento y se inclinó extrayendo el cuchillo de la garganta con un sonido húmedo.

Garrett limpió la hoja con un pañuelo, envolviendo el conjunto con el que usó para cubrirse la nariz, disminuyendo la intensidad a rosas que Joseph liberó, para luego guardar el paquete en el bolsillo del pantalón. Arremangándose el puño izquierdo de la camisa, descubrió una pulsera con varias incrustaciones de diamantes. Un símbolo muy pomposo, a ojos ajenos, de su servicio.

—¿Necesitamos torturar al otro? —cuestionó señalando con la cabeza al alfa noqueado, pasándole un tercer pañuelo a Joseph. Estar preparado para las eventualidades era su trabajo.

Recomponiéndose en una inspiración, el boreal negó y se limpió los dedos. Su semblante, tranquilo. Los movimientos, compulsivos.

—Sólo hay que alborotar el avispero —hizo una pausa, mirándolo fijamente—. ¿Estás bien?

Luciendo una mueca de decepción, Garrett se reacomodó el puño de la camisa, asintiéndo a su pregunta.

—Me alejé apenas desplegó sus feromonas —suspiró—. Y necesitamos mejores códigos para comunicarnos, Mi Señor. Lo de la lima, para el cuchillo, es bueno, pero apenas si entendí el resto de su mensaje en clave.

“Dile a la inspectora que te baje en la tienda de veinticuatro horas que está en el centro de Dawes, que regresarás por tu cuenta por el camino cruzando el monte, porque tengo antojo de algo picante.”

Tenía razón. Incluso a él le costó entenderlo cuando lo repitió para sí. Gran parte del éxito de ese plan se debió más a un riesgo insensato que a un riesgo calculado, que tenía de soporte principal la desconfianza de Garrett en que no haría ninguna locura.

—Pero llegaste —desvió la conversación y su vista, agachándose para tomar el arma del alfa que terminó a los pies de un marchito matorral.

—¿Y qué hubiera hecho si no?

Las armas de Silverclaw no eran muy distintas a las del mundo real, a primera vista.

Le colocó el seguro de vuelta, tratando de no pensar en todos los conocimientos y acciones que había aprendido y hecho desde su llegada a Reinos Oscuros, que nunca habría imaginado tener y ejecutar en una vida normal en la Tierra.

—No iban a matarme —respondió, entregándole el arma—. Su prioridad era vigilarme y, supongo, que, si surgía la ocasión, raptarme sin hacerme daño.

Los dos entendían la lógica detrás de la afirmación, por lo que a Garrett no le quedó más que darle la razón con un gesto de frustración. No fue hasta que él llegó que hubo un arma de por medio. Así que antes de tener ese motivo para sacarla, no planeaban poner en riesgo la seguridad del Alta Virtud.

Tomando otro cincho de la reserva del alfa, Garrett manipuló al inconsciente licántropo colocándolo de espalda y amarrándolo.

—Eso no lo detendrá si pierde el control y su lobo emerge.

—No —convino Garrett—, pero siempre quise hacerle esto a un alfa —al enderezarse colocó un pie en las muñecas atadas—. Es un bonito auto regalo, y uno que me merezco tras haber logrado comprender sus extraños planes, llegar a tiempo y conservar la calma, tomando en cuenta que nos estamos metiendo en grandes problemas. Problemas que, Mi Señor, aun no me explica.

—Lo haré —cortó el reclamo de Garrett—, a su debido tiempo. Lo principal es…

—Alborotar el avispero.

La cita directa de sus palabras lo hizo asentir con la cabeza.

—Alborotar el avispero —al repetir las palabras, apartando el pie del charco de sangre extendiéndose, se mordió la parte interna de la mejilla, controlando su respiración, sus pensamientos y el temblor en sus manos.

No importaba cuánto quisiera confiar en que transmigró al protagonista del libro, no había certeza de que los cambios que estaba llevando a cabo en la historia lo exentarían de sus consecuencias, en nombre de dicha etiqueta. Lo peor era que mientras más se encaminara a regresar a su hogar, más radicales deberían ser las acciones para conseguirlo y, por ende, las consecuencias.

Arriesgarse, engañar, manipular, torturar, matar…

Viendo a Garrett arrastrar al alfa sin cuestionarlo de nuevo, manteniendo su palabra de lealtad y fe, escuchó a su voz intentar decir de nueva cuenta que eran personajes.

“Antes de perderse en la oscuridad hacia lo profundo del monte asolado por la sequía, Joseph dio un último vistazo al cuerpo de la licántropo, cuyo rostro quedó de costado, los ojos abiertos y vacíos, y…”

El libro surgió frente a él, abierto en la página más reciente, describiendo sus acciones, dando al final dos opciones:

A. Se peinó el cabello plateado tras la oreja y se marchó sin mirar atrás.

B. Se agachó a cerrarle los parpados y se marchó sin mirar atrás.

La opción B resaltada en verde.

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Rezhtdy B. Miktze

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El calor húmedo y aceitoso de la vida que acababa de arrebatar le revolvió el estómago en el discreto restregar de sus dedos.

#Omegaverse #boys_love #girls_love #Accion #Fantasia #Transmigracion #bl #yaoi #romance

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