A veces sucedía que el libro se materializaba de la nada desplegando alternativas insignificantes como aquellas, que no tenían mucho sentido y que, aun así, debía tomar.
No quería tocar un cadáver. Todo su ser se rehusaba a hacerlo, ficticio o no. Sin embargo, había un detalle con esas dos opciones. Si no elegía la que estaba resaltada en verde, varias ventanas de confirmación saltarían a asegurarse de que se decantaría por la opción no resaltada. Quedarse ahí parado, luchando con el aire, siendo que nadie más que él podía ver ese libro, no sería una buena imagen si Garrett se giraba a preguntar el motivo de su retraso.
Contra todos sus deseos, por sentido común, eligió la segunda opción, preparándose a ejecutarla. Si la elegía y se la saltaba, tampoco se salvaría de las notificaciones.
La opción A desapareció y la B pasó a completar el párrafo.
Con un movimiento de la mano esfumó el libro.
Tiró de los pantalones, ajustándolos al colocarse en cuclillas, agradecido de que la inclinación del suelo hiciera correr la sangre en dirección contraria, y pasó la palma, como vio hacer en varias películas, por los ojos de la licántropo, cerrándolos. Un escalofrío le sacudió al cuerpo al notar el calor de la piel en contraste con la consciencia de la muerta. Luego, se quedó un segundo más ahí, en su posición, sintiendo en los dedos el peso de la sangre que limpió y se encontraba guardada en el pañuelo oculto en el bolsillo.
Matar. Odiaba hacerlo. No quería hacerlo. Más lo haría las veces que fuera necesario para regresar con Ángela lo antes posible.
—¿Mi Señor?
Levantándose, Joseph se revisó las mangas, confirmando que ninguna gota de sangre, por sorprendente que fuera, las desvirtuó, y siguió a Garrett sin responderle, perdiéndose en la oscuridad de lo profundo del monte asolado por la sequía.
Estaba por amanecer. El cielo comenzaba a aclarar en la lejanía.
Con los hombros agarrotados por el cansancio y la perspectiva de un día largo por delante, Joseph se tiró en la cama bocabajo.
—El alfa debería despertar en cualquier momento —dijo Garrett cerrando la ventana, con un estremecimiento a causa de la baja temperatura de la madrugada—. No será una agradable forma de hacerlo.
—No tenías que regresarte a desnudarlo.
—Sí tenía —repuso en un tono cantarín, modulando el volumen de su voz para evitar ser escuchados por la inspectora o el teniente.
Cuando entraron, pudieron ver que la camioneta estaba estacionada a un lado de la casa y las luces se encontraban apagadas, por lo que dedujeron que los dos debían estar descansando. La ausencia de un interrogatorio al entrar saltando el marco de la ventana, lo confirmó.
—¿Cree que sea suficiente alboroto?
Moviendo la cabeza con un asentimiento contra la almohada, Joseph se armó de inexistentes fuerzas y se dispuso a dar la explicación prometida:
—Lo único que necesito es llamar la atención de quienes lo enviaron para que me den más pistas sobre quiénes son y qué quieren. Vencer a sus enviados, debe despertar suficiente interés para que lo hagan.
—¿Está seguro que no es el señor de Chapman?
—¿Crees que un simple señor de tierras podría contratar a dos alfas dominantes entrenados, que seguramente trabajan por fuera del ejercito?
Las dos preguntas fueron innecesarias. Ambos conocían las respuestas.
—Supongo que confía en que, con su nivel de Alta Virtud, enviado por el príncipe Lowell, no le harán nada…
—Nada más que intentar lo que ya intentaron, aunque sigue siendo demasiado riesgoso para ellos.
—Entonces —Garrett se sentó en la cama—, ¿por qué lo hicieron?
—Porque —desganado, Joseph se dio la vuelta, luchando con la larga cabellera—… Birdwhistle me necesita de vuelta y vivo.
—¿Cree que el marqués se arriesgaría a secuestrarlo para tenerlo de nuevo en su poder? —privado del conocimiento privilegiado respecto a la trama en la que estaba envuelto, la seguridad de Joseph sobre la obsesión del márques con él, le generaba a Garrett más dudas que respuestas— ¿Cómo explicaría el marqués que raptó al futuro Sol del Silverclaw de la protección del príncipe? —levantó una ceja, inquisitivo.
Joseph le dedicó una larga mirada, hasta que ancló la intensidad de sus pensamientos al techo, preparando una respuesta lógica, que no requiriera mucha información. O no más de la que estaba listo para dar.
—El marqués no sabe que sospecho de él.
El silencio se enlazó con el fresco de la madrugada en la habitación, por unos segundos, mientras Garrett se frustraba ante su desconocimiento sobre el maestro que, cuando estuvo al borde del abismo, apareció para tenderle la mano y salvarlo de la locura y la muerte.
—Hay muchas formas de simular un heroico rescate que lo comprometa en gratitud a los Birdwhistle —se rindió—, más de lo que ya está comprometido.
—No se me ocurrió mejor idea que provocar la situación, aprovechando que me subestiman.
La espalda de Garrett se arqueó al frente.
—Mi Señor tiene una fascinación con hacerme las cosas difíciles cada que no se le ocurre una mejor idea.
—Pero confiaba en que llegarías —su semblante, aunque inmutable, escondía la confianza que tenía en él.
Una confianza que estaba lejos de ser vacía y que Garrett aún no alcanzaba a entender.
No era necesario que se lo dijera, Joseph leía en sus silencios la curiosidad constante por sus secretos, a sabiendas de que le ocultaba más de lo que le revelaba, no sólo de su entorno, sino de su propia persona.
Para Garrett era evidente que el año que llevaban juntos era excedido por su conocimiento y, aun así, en vez de presionar por respuestas, se levantó de la cama, yendo en dirección al catre, moviendo los hombros:
—Si alguien me hubiera visto correr como loco en mitad de la noche por el campo, habría llamado la atención en un pueblo tan tranquilo como Dawes.
Joseph le dio la razón.
—Por eso te pedí que te alejaras de la inspectora.
—Para el nivel de paranoia que maneja, Mi Señor, será necesario establecer códigos más confiables —repitió la idea—. Es una apuesta muy arriesgada esperar que siempre adivine lo que quiere decir.
—Estoy de acuerdo —bostezó, su mano cubriendo la acción con una elegancia exasperante, a causa de la respuesta automática del cuerpo, cuando el alma dentro habría disfrutado a lo grande de hacerlo sin limitantes impuestas por un aprendizaje estricto sobre formas y deberes—. Empezaremos mañana.
—¿Frente al teniente y la inspectora?
—Empezaremos al regresar al palacio del príncipe —sin quitarse la ropa, se giró hacia la ventana, esperando dormir unas dos horas.
El deseo confrontado por el ruido en su cabeza.
La aceptación sin cuestionamientos de Garrett era un respiro, no porque le gustara ser obedecido o tener el control, sino porque era conveniente para la situación. Si Garrett le preguntara, no de su pasado, sino por los motivos de su actuar, si indagara esperando un sustento profundo de sus acciones, serían dos los que tendrían que afrontar la realidad: no tenía ni idea de lo que hacía.
Fingía saberlo. Trataba de hacerlo. Se esforzaba por unir cabos… Pero estaba completamente perdido.
«Debí haberle hecho caso a Ángela y leerme el universo entero de Reinos Oscuros», se lamentó, abrazándose bajo la manta que Garrett le colocó encima, para luego irse a dormir en su propio sitio.
Con lo poco que conocía de ese mundo, y el odio que le tenían al personaje del marqués, y especialmente el que le tenía Ángela, le quedaba claro que no debía confiar en él, más era incapaz de explicar las razones específicas a Garrett, sin recurrir a su condición de transmigrado, lo cual le proveería un sitio en un hospital psiquiátrico. Sitios que sí, existían en ese mundo de acuerdo a sus investigaciones.
Lo único que le quedaba era continuar fingiendo que sus razones eran, secretas, y válidas para ser un paranoico con el tema, al punto de preocuparle que sus líneas de comunicación fueran intervenidas, justificando de ese modo el empleo de “códigos”.
Pensando en los alfas de hacia unas horas, en la que fue enterrada en lo profundo del monte junto con un arma, y el que fue atado desnudo a árbol, esperando que corriera en cuanto despertara a dar la vergonzosa voz de alarma a sus jefes, sobre ser descubiertos y derrotados por un beta; se mantuvo en vela, evadiendo el hecho de que él era una mentira.
Aparentaba conocer las respuestas, o que sus suposiciones eran ciertas, pero la verdad era que ni el Joseph original ni el transmigrado, eran maestros de la deducción o genios.
«Me duele la cabeza», se quejó apretando el ceño, molesto por no conciliar el sueño, queriendo dejar de tener que suponer sin saber nada de nada.
Sólo porque se hacía una idea de que el mundo de Reinos Oscuros era complejo, y conocía el motivo por el cuál el marqués deseaba con desesperación el ducado, se mintió para justificar el poner la identidad de Garrett en riesgo, a favor de apresurar el escenario, confiando en la corazonada de que quizás Dawes era ESE sitio, en el “guion mágico” y su condición de protagonista. Después de todo, quería creer que el marqués no desaprovecharía esa oportunidad de llevárselo, y que el señor de Chapman no tendría ni los recursos económicos ni de contactos para ser el responsable de colocar agentes con esas capacidades tras ellos.
«Quizás están coludidos…»
El cruce de ideas llegó a su mente de la nada, accionando sus neuronas, en vez de permitirle que se adormecieran.
Presionando los labios aceptó para sus adentros, pese a lo exasperante que fue recuperar el estado de alerta, que tenía sentido.
Al inicio pensó que el señor de Chapman lo mandó a vigilar, pero fue tan repentino que, si él tuvo que ver, o estaba listo desde el inicio para hacerlo, o alguien más mandó a su gente con previo conocimiento de su encomienda. En todo caso, no sería descabellado suponer que el señor de Chapman estaría al tanto. Después de todo, si el marqués en verdad había enviado a los alfas para buscar el momento de llevárselo, su objetivo podría coincidir fácilmente con el del señor de Chapman, de vigilar hasta dónde era capaz de llegar con su investigación.
Se recordó lo que le dijo a Garrett: su prioridad era vigilarlo, y si surgía la ocasión, raptarlo sin hacerle daño.
«Si es eso, entonces la identidad de Garrett podría estar a salvo», rodó por la cama, la vista en el foco del techo, «y el problema sería que el marqués estaría más presionado a capturarme, temiendo que alguien, o yo mismo, descubra mi subgénero real». Tenía sentido. Mucho sentido.
Pero, ¿qué sería peor o mejor? ¿qué la identidad de Garrett estuviera comprometida, al ser dudoso que un simple beta pudiera vencer a dos alfas dominantes? ¿o qué apuntaran a su propia identidad?
Ninguna opción parecía adecuada y sólo le hacía lamentar más su impaciencia y su desconfianza. Quizás habría sido mejor involucrar al teniente esa madrugada, o esperar más tiempo a que se revelaran por su cuenta los persecutores. De haber esperado no lo habría tomado por sorpresa la identidad dominante de los alfas.
Un beta venciendo dos alfas, como trató de asegurarse que se viera, era poco probable pero probable.
Un beta venciendo dos alfas dominantes… Nadie lo creería.
Un omega, dominante o no, venciendo a un alfa dominante, era todavía menos creíble.
Presionó las palmas de las manos contra su rostro, reprimiendo un grito de ayuda para que alguien le confirmara su hipótesis sobre Dawes; sobre el márques coludido con el señor para más que los sobornos, para raptarlo; o le diera un golpe por pensar tonterías que nadie respondería y que ni siquiera supo a quién iban dirigidas.
En esas circunstancias, no quedaba más que esperar que fuera el marqués quien envió a los alfa, y que intuyera que la derrota de estos tuvo que ver con él y su subgénero, y no con Garrett.
Garrett era su as bajo la manga.
Dando una larga inspiración extendió la mano a la mesita de noche, procurando no hacer ruido. Uno de los dos en la habitación debía descansara lo suficiente para mantenerse alerta en el día.
Se hizo del celular, lo acercó a su rostro con la finalidad de deslizarse al pozo sin fondo de las versiones alternativas de redes sociales, esperando agotar su atención hasta quedarse dormido, o pasar el rato; y antes de desbloquear el celular leyó el previo de un mensaje:
[Descanse también.]
El mensaje fue un diminuto triunfo que lo cobijó con esponjoso alivio.
Una simple persona proveniente del mundo real, sin más habilidades que las de cualquier otra persona común, intentando sobrevivir en el ambiente enredado de una novela, en el cuerpo del único protagonista, en un universo atestado de subtramas, personajes poderosos e intrigas, cuya existencia no tenía un gran trasfondo ni relevancia, relegado a ser una creación cuyo fin era complacer a un sector del público que buscaba romance en una historia oscura; había logrado un pequeño paso en su plan para escapar de ahí. Un paso tan pequeño y tan complicado, que lo abrumó la dicha de su logro.
A esa felicidad se aferró para no ser consciente del resto de la realidad: ese diminuto triunfo le costó dos años obtenerlo.

Comments (0)
See all