07 de abril de 7746
La llamada duró unos segundos más de lo esperado y menos del ideal. Conseguir que el príncipe no le colgara, un triunfo no menospreciable, aun si sus charlas no eran más que un juego de cacería intentando capturar el interés del tipo más pedante y desabrido que había conocido jamás.
Si en la novela llegó a sentir un gramo de simpatía por él, incluso lamentando fugazmente que Joseph eligiera a Arley Birdwhistle, luego de verlo arrastrarse ofreciéndole al boreal el cielo, la luna y las estrellas; ahora agradecía que el dueño original del cuerpo se hubiera quedado con el heredero del marqués.
Cubriéndose el rostro con las manos, cansado de la interacción, pensó que, de ser su libre elección, también habría optado por el lord, en vez de estar metido en los problemas que se estaba buscando por escapar de ahí, obligado a ir tras el príncipe. El destino original de Joseph.
Frunció el ceño al ser consciente de la dirección a la que se encaminaron sus pensamientos, frenándolos con tal brusquedad que habría jurado que escuchó la carambola de sus redes sinápticas, cerrando de golpe la vía, al recordarse que le puso un adecuado fin (no deseado) a esa ruta en su historia, antes de ir al palacio del príncipe y terminar ahí, en mitad de la nada en Dawes. Arley Bridwhistle tendría, gracias a él, un cierre de ciclo bien ganado, con el que compensó la desviación de su historia. No había nada qué imaginar, lamentar o decir.
Ser un boreal era una maldición que lo afectaba, por más resistencia que pusiera a la naturaleza de su envase.
Sumado a ellos, podía ser que igual la falta de sueño estuviera jugando en su contra.
—¿No podría pedir al príncipe una línea segura para su uso particular?
—¡Garrett! —como siempre, la maña de su compañero de aparecer cuando se le antojaba lo agarró desarmado, sumándose a la vergüenza de sus pensamientos recientes— ¡Avisa cuando entres!
Ignorando el regaño, el sirviente se apoyó junto a la ventana de la habitación enmarcando la noche, cruzando brazos.
«Este tipo…», gruñó para sus adentros Joseph, entendiendo que esperaba una respuesta a su pregunta, y que no le interesaba en lo más mínimo fingir que consideraría su solicitud.
Era un descarado.
Por un lado, juró servirle y, por el otro, ignoraba la jerarquía tácita a libre antojo, un pinchazo recordándole que él le concedió esa libertad.
Suspirando, se dio por vencido:
—Las líneas privadas están limitadas a los altos cargos de Silverclaw, el Novilunio, la Corona y la familia real.
Por más que sí, le habría encantado tomarse el atrevimiento de solicitar una línea privada como la del príncipe, que hacía virtualmente imposible se espiaran sus conversaciones, aun si la otra persona estaba hablando o mensajeando desde una línea común; no podía hacerlo.
—Mi Señor está por ingresar a dos de esas categorías, no veo por qué no solicitar al príncipe adelante esa ventaja.
El recordatorio le dio un vuelco al estómago.
—Aún no hay nada seguro.
—Usted es el único que lo piensa.
Un comentario que parecía casual y que colocaba en relieve lo importante: pasaría.
Dejando de lado lo correspondiente al príncipe, la idea de convertirse en el Sol de Silverclaw lo aterraba más que nada, y entre ambos destinos, era el más ineludible.
Sacudió de sus pensamientos la idea. No quería pensar en lo que conllevaba ser el último sobreviviente de su generación de virtudes. Además, por más que quisiera cambiar el suceso y la consecuencia, no tenía manera de hacerlo, pues el hecho ocurrió mucho antes de su llegada a ese mundo.
Cien años atrás aconteció la masacre de la Academia de Virtudes, en la cual la mayoría de los omega, aquellos con rango de virtud y los Alta Virtud, fueron asesinados por un grupo desconocido.
Uno de los tantos sucesos que el autor dejó a medias dentro de la novela, como una subtrama que quizás desarrolló más adelante en otras historias dentro de Reinos Oscuros, no en Cazando al Alfa. Lo único que se supo dentro de su propia historia fue que el marqués Birdwhistle, quien a ojos ajenos se convirtió en el amable protector y benefactor de Joseph, estuvo involucrado. El por qué o el cómo, el transmigrado al cuerpo de Joseph nunca lo supo, huyendo del resto de sagas del universo del autor, cargando suficiente trauma con el mundo omegaverse que leyó.
Distraído, pasó una mano por la nuca, acariciando la marca temporal en su glándula de feromonas, una zona que no sobresalía de la piel, y que a simple vista era imposible de detectar, al menos que se fuera un alfa o un omega.
Movió el cuello.
—¿No ha regresado la inspectora?
Haciendo una negativa, Garrett miró por el rabillo del ojo a la ventana.
—El señor de Chapman debe estar poniendo más trabas de las que esperamos.
—Por unos días confío en que no hagan ningún movimiento —su respuesta fue dirigida a la inquietud por la cual Garrett continuaba escrutando las sombras de su entorno.
Al verse confrontado, Garrett se forzó a relajar los hombros:
—Es demasiado perceptivo, mi señor.
«No lo soy», pensó Joseph. Era sólo que su inquietud era evidente y no lo culpaba. Incluso él estaba nervioso, por más que se empeñaran, los dos, en aparentar calma.
La inspectora y el teniente parecían no haberse dado cuenta de su ánimo complicado, un punto a favor, pues sería difícil hacerles entender el motivo. De hecho, era curioso, porque estaba seguro de que sería más fácil hablar (para ambos) del asesinato que cometió, que tratar de justificar su preocupación por lo que aguardaba en las sombras.
Se estaba convirtiendo en una persona extraña.
—Como sea —se estiró—, tarde o temprano tendrá que darle acceso a la inspectora a la información de los cultivos —y se puso en pie—. No tiene motivos válidos para negarse a hacerlo.
Su estresante relajación cumpliendo con contactar al príncipe a su hora menos ocupada, concluyó y era hora de regresar a la sala, donde, fuera o no que esa noche la inspectora regresara a la casa con buenas noticias, aún quedaba mucho por hacer con las pilas de cajas de documentos por ordenar.
Sería extraño que le negaran el acceso a la inspectora, más debía estar preparado para cualquier eventualidad. Si bien esa no era información importante, era una manera de ahorrarse el tener que preguntar a cada uno de los aldeanos por los productos que sus campos daban en sus mejores tiempos, y lo que apenas si conseguían sacar en últimas fechas, aun teniendo una idea.
Sentado en uno de los sillones, con hojas en mano, el teniente levantó la vista al verlos.
—¿Nos ayudará esta noche? —preguntó Joseph con un ligero atisbo de esperanza, ocupando el sitio frente a él.
Garrett lo imitó y abrió una polvorienta caja.
Con una dura negativa, el teniente bajó las hojas, remarcando el malentendido. Era su guardaespaldas, no su ayudante.
Evitando evidenciar lo frustrante de tratar con él, Joseph contuvo el aire y mantuvo la sonrisa dulce de Alta Virtud, dándose cuenta del documento que sostenía el teniente.
—Agua —señaló, aceptando una carpeta ofrecida por Garrett—. Es todo lo que se necesita para darle a la gente de Dawes una segunda oportunidad. Sin embargo, la política interna de un país parece mucho más compleja que ese líquido.
—No es algo en lo que pueda opinar.
Las palabras del teniente fueron las esperadas. En resumen: no se metería en esos temas. Después de todo, era un soldado, y los soldados tenían por regla jamás cuestionar las decisiones de la Corona o el trono, y esas decisiones implicaban la política en general, por mucha curiosidad que le hubiera causado la discusión que sostuvieron en la mañana, en torno al informe que se animó a leer hasta hacía unos instantes.
Exasperante, pero esa era la rígida y obcecada formación de un militar.
—Me parece bien.
Por mucho que quisiera conocer su opinión, en caso de que tuviera alguna idea milagrosa que resolviera el problema que tenían entre manos, y para el cual, la única alternativa que tres cabezas ofrecieron, fue la de pedir los registros de los cultivos; no tenía más que aceptar su renuencia a unirse. La esperanza puesta en que, quizás, al fondo de dicha información abarcando escasos quinientos años, encontrarían una pista o alternativa de cultivo ocupada en épocas de sequía. Poco probable y su mejor apuesta.
Arrinconado entre la frustración que le causaba la actitud del teniente y la ausencia de soluciones, retuvo el aire y se levantó, yendo detrás del sillón por una caja de documentos que habían apartado. Brusco en su actuar, dulce en su sonrisa, colocó en las piernas del teniente el desvencijado cartón.
—Descuide —se adelantó a cualquier posible queja—, no va ayudar revisando nada. Sólo va a evitar que me canse de más y pierda el tiempo de manera innecesaria, como buen guardián, comenzando a escanear los documentos que ya tenemos listos.
Molesto, por lo que era una obvia treta para hacerlo trabajar de ayudante, el joven alfa apretó la quijada alistándose para llevarle la contraria.
La oración que estuvo por dar quedó sepultada en su garganta en cuanto la mirada turquesa del Alta Virtud se posó en su persona y, sin necesidad de feromonas, con una sonrisa aborreciblemente encantadora, lo apuntaló contra el asiento.
Aunque se estuviera saliendo del personaje, a Joseph no le quedaba paciencia para lidiar con un par de desocupadas manos.
—Sea un buen soldado, use su celular y empiece a subir los documentos a la nube —adoraba la decisión del autor utilizando paralelismos entre su mundo de ficción y el mundo real—, en cuanto le envíen la liga para hacerlo.
Dada la orden, escribió un mensaje, no al príncipe, sino a su secretario, para terminar de comprometer al teniente con una tarea no urgente, más que lo dejaría tranquilo al tener un respaldo, con las pruebas encontradas de las malversaciones en Dawes. Sólo imploraba que la calidad de la señal permitiera que el teniente conservara parte de su paciencia.
Regresando a su asiento levantó el informe de la fertilidad de las tierras, uno de los dos documentos que Garrett le entregó, y el único que fue de dominio público. El primero, permaneciendo oculto en su maleta.
Sólo agua.
Una aseveración tan simple y una realidad tan complicada.
La tierra en la entrada crujió con el ingreso del todoterreno a la propiedad.
Un minuto después, la puerta de la entrada se abrió.
Soltando un suspiro, la beta se quitó el chaleco del uniforme negro, colgándolo en el perchero.
—¿Y? —preguntó Garrett, apresurando a la mujer que apenas si tuvo la oportunidad de dar un respiro en su propio hogar, antes de enfrentarse a una duda que estaba tatuada en la cara de los presentes.
—Conseguí el permiso.
Garrett y Joseph bajaron los hombros aliviados.
—Pasado mañana el señor de Chapman enviará los registros.
—¿El señor de Chapman los tiene? —preguntó el teniente, batallando con la labor que le fue encomendada, lo cual pareció otorgarle una especie de indulto para que su curiosidad saliera a flote.
La beta asintió, yendo a la cocina, haciendo un alto para servirse un vaso del galón de agua dispuesto en el refrigerador. El agua corriente llegaba cada segundo día, para emplear en sus necesidades básicas. Para beber, la mayoría prefería, por seguridad, comprar agua embotellada. Un lujo obligatorio.
Dando un largo trago, la pausa concluyó al reencontrarse con el grupo, ocupando una silla de la mesa que llevó desde el día anterior a la sala, a falta de más asientos, haciendo una afirmativa.
—Al ser el señor de las tierras —completó Joseph—, es el encargado de administrar lo referente a los cultivos, incluidos los registros de qué, cuándo, dónde y la cantidad de lo que se ha sembrado en su territorio.
—Como inspectora, pensé que podría solicitar los registros directamente en la oficina. Por lo general no son documentos que requieran gran papeleo para revisar. No obstante, como supuso —se dirigió a Joseph—, el señor de Chapman recela de usted, y en cuanto los solicité, en vez de mandar por ellos a las oficinas del señorío, me dijeron que eran información restringida y que requería un permiso especial.
—Entonces la tardanza se debió al invento de una burocracia inexistente.
—Así es —bebió otro trago de agua.
La expresión tímida que generalmente permeaba su rostro, desapareciendo debajo de la razón por la cual fue nombrada inspectora. Perspicacia y desconfianza clavadas en el líquido dentro del vaso:
—El señor de Chapman debe estar haciendo tiempo para revisar los documentos y asegurarse de borrar la información que crea riesgosa.
Joseph asintió a su conjetura.
Fuera o no quien contrató a los alfas para espiarlo y raptarlo, a esas alturas el licántropo debía haberse dado cuenta de su error al proporcionarle los documentos a libre acceso, actuando desesperado por ir un paso delante de él, controlando la información que pudiera ver.
Un tonto, eso es lo que era el señor de Chapman.

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