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Eugenesia Obscura: Silverclaw

Parte I Capítulo 5.2

Parte I Capítulo 5.2

Jun 27, 2025


Un solo tono de llamada.

El secretario descolgó.

—¿Alta Virtud?

«¿Preocupación?», un brillo de esperanza se prendió en su pecho.

Si el secretario estaba preocupado, el príncipe…

—Sí…

El resto de su conversación fue zanjada:

—¿Se puede saber por qué razón un Alta Virtud ignora a propósito los buenos modales, atreviéndose a llamar a deshoras? Espero que no haya cometido la misma grosería con Su Alteza Real, despertándolo con su impertinencia.

La esperanza se apagó de un pisotón.

—Descuide —mantuvo una temblorosa sonrisa en el rostro, agradecido por la distancia que le daba ventaja para contener las ganas de demostrarle lo que era un atrevimiento, una grosería y una verdadera impertinencia—, sólo con usted cometí semejante falta —respondió de malas, amagando las ganas de decir más.

Hizo una promesa, no estrictamente, pero sí semejante, al teniente, y debía cumplir.

—Me disculpo —allanó el camino, cortando la posible explosión del Dragón Dormido—. Sólo llamaba porque creo que el teniente les informó de una posible emboscada, y quería que supieran que lo soluc…

—Estamos al tanto —lo paró, dando un suspiró de hartazgo—. Los refuerzos fueron enviados en helicóptero.

Lo sospechaba y, la confirmación, le hizo admirar lo rápido que contestaron a su petición.

—La coronel Erickson debería estar llegando —hizo una pausa—… en los siguientes minutos.

Como si se tratara de la respuesta a la convocatoria del secretario, se escuchó un automóvil ingresar al patio delantero.

—Me parece que ya llegaron —informó Joseph, no muy seguro.

Su índice se detuvo antes de finalizar la llamada, con una petición inesperada por parte del secretario:

—Confirme sin cortar la llamada.

Asintiendo, pese a no ser visto por la otra parte, el corazón saltándole repentinamente a la garganta, se dirigió a la puerta de la habitación, paralizándose al escuchar que tocaban y que Garrett se apresuraba a atender.

—¡Espera! —abrió de golpe, corriendo por el pasillo a la sala.

Una alfa dominante ingresó a la casa, portando el uniforme militar y una serie de medallas sobre el pecho, seguida de dos betas, uno masculino y uno femenino que, pese a su subgénero, y al uniforme académico que lucían, podrían pasar por alfas sin problemas.

Esos betas debían ser militares haciéndose pasar por académicos para no levantar sospechas. Un pésimo trabajo.

—Veo que están bien —dijo la licántropo, repasando la habitación echa un desastre, entrecerrando los ojos—. Y que han estado ocupados —su vista se dirigió al celular apretado entre los dedos de Joseph—. ¿Su Alteza Real?

Tardando en hacer una negativa, Joseph colgó.

—El secretario de Su Alteza Real.

Una pausa y, enseguida, la sorpresa llenó la hermosa e imponente estructura del rostro de la alfa.

—¿Y le colgó sin más?

En retrospectiva, al señalar su acción, el aire abandonó su cuerpo y lo hizo quedarse de una pieza, de pie, frente a la hija del marqués Erickson quien, a diferencia de su padre que se dedicó a lo académico, sin pisar el ejercito bajo ningún pretexto, ostentaba el título de coronel. Una leyenda fácilmente reconocible.

Joseph podía escuchar el reclamo que le haría en su siguiente llamada el secretario, por haberse atrevido a colgarle en seco. No es que le importara o que fuera a tener una consecuencia más, tampoco es como si disfrutara ser regañado por tonterías a las que no les encontraba sentido, de protocolos rebuscados, títulos y formalidades que obedecía por la costumbre del cuerpo que habitaba, y porque no le quedaba de otra estando ahí.

Por suerte, no fue necesario continuar el camino del recordatorio de su falta, cuando la coronel vio al teniente y a la inspectora, inconscientes en los sillones.

—¿Qué les pasó? —al tiempo que preguntaba, hizo una indicación a los betas.

Los betas se apresuraron a acercarse y revisarlos.

Evitando la tentación de intercambiar miradas con Garrett, Joseph pasó una mano por el cuello y, omitiendo su conocimiento respecto a los thetas, relató lo acontecido durante la emboscada, tratando de mantenerse lo más fiel posible a la verdad, lo cual, de no haber sido por la falta de preparación para ajustar su versión, fue complicado.

La mirada afilada de la coronel sobre Garrett, fue la clara muestra de los huecos en su historia.

—Un alfa y una beta se desmayaron, pero ¿su sirviente no?

Fue ahí donde quiso maldecir al teniente por pedir ayuda, aunque él mismo se lo indicó previniendo el peor de los escenarios, y la velocidad de gestión del grupo de apoyo enviado a Dawes.

Fingiendo ver cómo los betas recostaban al teniente y a la inspectora, quien cayó dormida en cuanto el medicamento hizo efecto, tardó en hallar una respuesta a la pregunta. No podía simplemente decir que fue suerte o que desconocía el motivo, porque implicaría sospechas sobre Garrett, pero no se le ocurría nada…

—Estaba lejos —intervino Garrett, de brazos cruzados—. Tuve la tonta idea de ir por ayuda cuando el teniente y la inspectora tomaron el control de la situación. Me confié y, debido a que la carretera cruza por el medio del monte y la señal de celular es mala, me alejé buscando una zona con más señal, hasta que escuché a Mi Señor gritar.

—¿Y regresaste? —si bien la coronel no parecía fiarse del todo de las palabras de Garrett, tampoco tenía una gran resistencia a creerle, no había motivo para no hacerlo.

—Sí. Regresé.

—¿Y no te desmayaste?

Garrett negó, añadiendo con naturalidad:

—Había un aroma raro en el ambiente. Era tenue y nauseabundo. Como a cerezas podridas —señaló su dedo anular—. Al verme, la alfa hizo un raro movimiento apuntando al anillo en su dedo. Creí que podría tratarse de un aparato para solicitar refuerzos, me fui sobre ella y creo que logré reducirla —se talló la sien, arrugando la frente en un falso intento por presionar a su memoria—. Después, me resulta difícil recordar con claridad. El aroma a cerezas aún persistía en ella y me mareó. Fue cuando llegaron los motociclistas.

Alabando por dentro la forma en que Garrett expuso la situación, recalcando lo extraño, en caso de que la coronel conociera la existencia de los subgéneros anormales, sin ser evidente, Joseph se relajó.

La conversación fue interrumpida por uno de los betas, yendo hacia la coronel, dándoles la espalda y murmurando su informe. El semblante de la alfa se mantuvo inexpresivo, hasta finalizar con un asentimiento.

—Estarán bien —externó—. Unas horas de descanso y volverán a su servicio.

El inquebrantable código militar: al menos que estés muerto, a tu puesto has de regresas a como dé lugar.

—Sería recomendable que ustedes también descansen y, en unas horas, veamos cómo gusta que lo apoyemos a resolver la situación presente —se dirigió a Joseph—, Alta Virtud.

—Gracias, coronel —alargó la pausa entre el grado y el apellido, vigilando su expresión— Erickson.

Al no identificar ninguna mueca de desagrado, pudo respirar.

El grado militar y el título nobiliario eran de suma importancia en Silverclaw.

En particular, al tratar con nobles que poseían un grado militar, debía tenerse cuidado para distinguir su inclinación al ser nombrados. Aunque lo normal era que el grado militar tuviera preferencia por encima del título nobiliario, muchos nobles obligados a entrar en la milicia por sus familias, denigraban abiertamente sus grados, optando por sus títulos en cualquier situación que no implicara a un mando superior.

No obstante, por la historia (en su “memoria fantasma”) que conocía de la familia Erickson, quienes eran famosos por ser de las pocas familias que apoyaban al príncipe heredero, apostó y acertó al grado militar.

Tomando en cuenta las batallas peleadas por la coronel en los territorios salvajes, contra criaturas irracionales y míticas, como las tribus de duendes al este de Ainsworth, habría sido una sorpresa que se molestara porque no la llamara “lady Erickson”.

Despidiéndose, Garrett yendo detrás de él, no pudo evitar el preguntarse cómo era que esa alfa, con tantos triunfos a cuestas y el título de coronel, apoyaba al príncipe Lowell. Tanto como para deshonrarse liderando una comitiva de betas encubiertos, en un rincón olvidado de Silverclaw, en vez de apoyar a la segunda princesa o, en todo caso, al tercer príncipe... Aunque el tercer príncipe era casi inexistente, dada su frágil salud.

Fuera cual fuera el motivo, lo cierto es que, si bien le costaba decirlo, incluso para sí mismo, agradecía que la alfa estuviera ahí.

Esa sensación de sentirse indefenso era nueva para Joseph.

Hasta su transmigración, fue quien se dedicó a cuidar y proteger a Ángela, en un mundo en el que estaban solos. Solos, los dos, contra el infame destino sobre sus cuellos.

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Esa sensación de sentirse indefenso era nueva para Joseph.

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