Nuestra joven Mizuki Malva se encuentra cenando en la casa de la familia su madre, específicamente en la casa de su abuela, que forma parte del antiguo terreno de su difunto esposo: El abuelo Mario Medina. Un lugar que roza las afueras de la ciudad por el noroeste, siendo antes parte de un ejido que fue prácticamente devorado y fusionado con la actual Ciudad de Las Tortugas.
La casa de su abuela es de dos pisos, bastante bonita a pesar de sus paredes descuidadas en la fachada, decorada con macetas de teresitas rosadas y helechos flotantes en distintos rincones del patio. La curiosa casita se encuentra en una especie de vecindad, justo en el centro, conectada por un sendero de piedra donde viven sus demás familiares: Berenice, la de en medio de las tres hijas de la abuela Marisol, vive a la izquierda de la casa de su madre con sus hijos; Blanca, la menor de las mujeres, vive a la derecha de la casa de su madre, en soledad.
Existen dos casas más, una al lado de cada casa de las tías de Mizuki y Alan. Al lado de la tía Berenice se encuentra la casa del tío Saúl, a pesar de ser el menor de los cuatro hijos de la abuela Marisol, resultó ser un hombre ocupado y sencillo que suele pasar más tiempo en la oficina o viajando por carretera, que dentro de su hogar. Mientras que la casa restante es la vivienda de soltera, y actualmente el refugio de la madre de los jóvenes Malva, la mayor de los hermanos.
Las cinco casas forman un semicírculo, y cada una tiene una distinta fachada. Pero el mismo caminito de piedra las conecta. Frente al semicírculo hay un enorme árbol de cedro retorcido y frondoso, rodeado de una cerca de ladrillos altos y otros bajos en forma de escalón. Siendo un lugar donde disfrutan comer de vez en cuando, al aire libre, usando la curiosa cerca como mesa de comedor.
La vecindad familiar está rodeada por el rústico muro de adoquín de dos metros cubierta parcialmente por enredaderas de buganvilias. Conectada al exterior gracias a su discreta cochera y puerta principal.
La familia decidió hacer una pequeña reunión en casa de la abuela, siendo la ocasión especial para celebrar el cumpleaños del hermano de Zuki con rica comida casera y un fino pastel.
Alan Malva viste de forma casual, pero pulcro. Sin demasiada cera en su oscuro cabello azul navi, y la piel clara de su rostro cuidadosamente aseada. Aspecto que comparte con su hermana, salvo que éste lleva los zapatos bien pulidos, jeans claros y una playera polo de algodón. Siendo casi su uniforme de la vida diaria desde adolescente.
Alán sabe lo que le luce bien y con eso le basta.
Mientras tanto, Mizuki no se esforzó para nada, usando shorts desgastados, tenis robustos y una playera sin mangas. Irónicamente, es un paralelo a su hermano en cuanto a ropa se refiere. Pues la chica ha repetido la misma clase de atuendo a la misma edad que su hermano, más con un propósito opuesto al del otro.
—Vamos Alan, sírvete más del puré de papa. Hice mi receta extra suave. – La tía Blanca, es la hermana menor de la madre de Alan y Zuki. Siendo la tía más efusiva, carismática y coqueta.
—Pero si está lleno de tropezones de papa. ¿cómo puede ser “extra suave”? – Juzga la madre de ambos jóvenes, haciendo muecas mientras mastica el puré. Ganándose una mirada fulminante de su hermanita.
—No me he topado con ningún tropezón. – saborea Zuki, pensativa.
—Pues claro que no. –Replica la tía Blanca. —Son mentiras de tu madre. –Sentencia torciendo la boca, bastante indignada, casi manchando sus mejillas con su propio labial marrón.
Y antes de que iniciara una discusión sin fin, Alan alza la voz. —No estén peleando las tres. Te quedó muy rico tía, no por nada tienes un puesto de comida en el colegio del fraccionamiento.
Zuki mira a su hermano con una expresión de no merecer un regaño de su parte, más él no se retracta. El sonido de unas pisadas dirigiéndose hacia el comedor se hace presente, interrumpiendo la discusión de forma abrupta.
—Hijo, que bueno que te gusto la playera que compré para ti. Luces muy guapo mi niño. - La abuela Marisol sale de la cocina ensimismada en la presencia del cumpleañero. Al acercarse lo suficiente toca la mejilla de su nieto con dulzura, posteriormente se dirige a su nieta Mizuki, quien se encuentra sentada al lado, y nota su plato vacío. —Mi niña ¿quieres repetir? – Le pregunta acariciando su cabeza con cuidado de no despeinar su uni trenza.
—Ay, má ¿cómo le dices eso con lo gorda que está? –Reclama la madre de la joven, sacando risas por parte de su tía y hermano.
—¡Pero si peso 65kg! No tengo siquiera barriga. – Replica la joven chica de 16 años, levantándose de la silla y sobando su abdomen ligeramente hinchado por la comida.
—Cálmate. Cálmate. Mides 1.69, con un peso de 65kg ¡eso es claramente sobrepeso! Te falta bajar 20 kg para estar en un peso SA-LU-DA-BLE. No importa que no tengas barriga, ¡es por saluuud! – Explica la tía Blanca sus retorcidos parámetros saludables, acompañados con exagerados gestos de sus brazos.
—Ustedes fueron unos palos secos con chichis a su edad. Así que dejen a mi niña, que está muy bien balanceada. - Regaña la abuela a sus hijas, provocando muecas en ellas y carcajadas ligeras en Alan.
—Pero para nada se compara a su hermano. – Una tercera voz hace acto de presencia, entrando por la puerta principal de la casa. La tercera tía, Berenice, se acerca junto con sus dos hijos para saludar a los presentes hacia la mesa, aventando un beso a todos, pero agasajando a su sobrino peliazul. —¡HOLA MI CUMPLEAÑERO! – Luego de saludarlo prosigue a agarrarlo del mentón y presiona con una mano ambas mejillas del joven adulto, acercando la cabeza de Mizuki con su mano libre para poner su rostro a la par de su hermano. —No hay comparación. – sentencia alfojando el brusco agarre de ambos muchachos, quienes se limitan a sobar sus cabezas.
—Yo los veo iguales, pero a una con lentes gruesos. – Dice el primo Julio, quien camina detrás de su madre. Es dos años menor que Zuki, y saluda sin soltar su burlona sonrisa.
—¡No hijo! – Regaña su madre, la tía Berenice —Mira, Alan es mejor parecido y tiene los rasgos de la familia. Sin mencionar que siempre trae consigo regalos cada 14 de febrero, de sus admiradoras. Lo que confirma que no solo somos nosotras viendo a mi sobrinito con ojos de amor. - Menciona sonriendo con picardía.
—Y obviamente sacó el intelecto de la familia. Su promedio es de 9.0 desde secundaria. Y estudia para médico a pesar de tener el talento nato familiar. – Presume la madre con mucho orgullo, desbordando entusiasmo en su voz al hablar de su hijo.
Las hermanas comparten esa expresión gloriosa y picara al hablar de Alan, soltando risas satisfactorias. El susodicho oculta su expresión incomoda, lejos de pavonearse por los comentarios de su familia.
—Mientras que Zuki no pesca ni una paleta de condolencia el día de San Valentín. Y su promedio siempre ha sido de 7.0 desde secundaria. - Comenta “quedito” la tía Blanca, simulando beber de su taza de café al hablar, alzando las cejas en gesto de no haber querido comentar algo que claramente desbordaba de baba deseosa de soltar al aire.
Lo que hace recordar algo curioso a la joven Malva de la larga trenza. —La última vez que traje conmigo un regalo a casa por un pretendiente, ellas comenzaron a rumorear entre sí que me la pasaba de falda alegre. Y mi madre me castigó por una semana, despedazando la rosa y tirando los dulces.
Se puso tan mal, que Alan estuvo a punto de llevarla al hospital. Desde entonces me como la mayoría de los dulces antes de llegar a casa, y regalo los demás a extraños por ahí. Aún si me los obsequiaron mis amigas.
—Pero Zuki es muy buena con la magia, igual que Alan. –Comenta el tierno primito Isaac, hermano menor de Julio. Ambos hermanos miran a su madre con sospecha, pero el menor de ellos tiene un tic de arremolinar su ondulado cabello castaño mientras piensa. La madre se apresura en arrebatar la mano de su hijo menor, calmándolo de forma obligada y brusca para que detuviera su inofensivo tic.
—Ya te he dicho que no te despeines. Das mala imagen. - Le dice a regañadientes, acariciando el suave mechón ondulado de su pequeño de diez años. —Y está de sobra decir que el talento mágico viene de tu difunto abuelo, niño. De él viene nuestra sangre mágica. - Argumenta inflando su pecho y alzando su propio rostro de manera teatral. —Por ende, el talento destaca mejor en los varones.
—Pero yo no puedo hacer magia, mami. - Dice enterneciendo a su progenitora, el primito Isaac.
La tía Berenice toma a su pequeño entre sus brazos, sentándose en la silla del comedor y jalándolo para consigo. Lo estruja sonriendo —Eso es porque tienes otra clase de talentos especiales mi niño hermoso.
—¿Y tú también tienes otros talentos, mami? - La madre cambia su expresión de ternura a uno de gran molestia mientras suelta a su hijito.
—¿Qué tratas de decir, cabrón? –Fulmina con la mirada a aquel tierno niñito que hace unos segundos mimaba. La madre se levanta de golpe para mirarlo desde abajo, aprovechando los tacones que le elevan un poco más la altura, a comparación de la estatura de hijo mayor.
—Ni tú, ni la tía Blanca, ni la tía Brenda tienen una pizca de magia como el abuelo. Mejor dicho, a penas y tienen una pizca. Aun así, les gusta llamarse brujas entre ustedes, e investigar sobre ellas, creando amuletos pactados. – Si hay alguien que rivaliza en intelecto con Alan, es el primo Julio. A pesar de su edad, o tal vez por eso mismo, no titubea a la hora de dar su opinión, justo como hace ahora.
—No tiene absolutamente nada que ver lo que dices. Y NUNCA, hijo escúchame, NUNCA pactamos. Hacer eso es malo. No somos estúpidas como para hacer amuletos de protección por medio de entidades engañosas e impredecibles. Sería…
—Sería como maldecirnos. – Interrumpe Alan a su tía Berenice, mirándola con seriedad. El ambiente se tensa, cambiando el tono festivo que debería tener la reunión familiar.
—BUENO YA. No hablen de cosas sin sentido en el cumpleaños de mi niño. Iré por los platos de postre para el pastel. - La abuela se acerca a su nieto y le besa la frente antes de dirigirse a la cocina.
—Yo no toqué temas de maldiciones. –Julio se defiende de haber sido el autor de la incomodidad, con cierto aire de indignación, señalándose a sí mismo con ambas manos. —Pero recuerdo claramente lo increíble que es Zuki para levitar objetos. Como aquella vez cuando éramos niños, primita. Me salvaste de romper la maqueta del colegio al tropezarme.
—Recuerdo que pasamos el fin de semana en tu casa con tal de hacer la mejor maqueta de tu salón. – Zuki comenta en complicidad. El recuerdo provoca en ambos primos una agradable sonrisa, más no dura mucho. El tono sarcástico de la tía Berenice no se hizo esperar para soltar sus opiniones.
—Claro que hizo levitar tu maqueta al tropezarte en la escuela. Pero no fue capaz de sostenerte a ti también.
—Saqué una buena nota por la maqueta. –Julio cruza los brazos con una sonrisa victoriosa y aireada.
—Y te ganaste un yeso fresco en tu brazo derecho. – Añade la tía Blanca con tono indiferente, sin mirar a sus sobrinos. —No ayudó en nada.
—Deja tú eso. Es tonto ponerse a levitar cosas frente a otra gente. No le importa la seguridad de la familia por sus ansias de presumir. Que hija tan más soberbia, Dios mío. –La madre mira con reproche a su hija, retándola con la mirada para provocar una pelea.
—No necesito quitarme los lentes para saber qué quieres pelear, má. – Comenta la chica de larga trenza con un tono suave pero firme, levantando su plato de la mesa para dirigirse a la cocina.
—HEY ¡NO ESTÉS AMENZANDO! - Gritan las tres brujas sin poder, al unísono.
Alán, el cumpleañero, suspira largo y pesado. —Estas mujeres…
—¿Qué tienen los lentes de Mizuki, mami? ¿Son peligrosos? - Pregunta el primito entre curioso y asustado.
La tía Berenice lanza una rápida mirada a la cocina, verificando que la susodicha no regrese todavía. Luego se anima a decir en voz baja. —No hijo, no son sus lentes. Sus ojos son un arma maldita. Nunca te atrevas a mirarla a los ojos sin sus lentes.
—¿M-maldita? ¿Zuki está maldita? - Pregunta el jovencito preocupado por su prima.
—De qué te sorprende, niño. Ha sido un problema desde su nacimiento. –El desprecio en la voz de la tía Blanca provoca gran malestar en Alan, más lo oculta de la mejor manera posible.
—Ay, cómo crees hermana. Ella era una niña muy dulce. Pero no soportó ver que Alán era bueno en todo y ella en nada, entonces se provocó esa maldición. – La tía Berenice saborea palabra por palabra con su pícara sonrisa.
Eso fue lo último que Alan podía soportar. —¿Cómo se atreven a decir semejante mentira con TANTA seguridad?
—¿Tienes pruebas? –Cuestiona con calma Julio, recriminando a su propia madre con la mirada. —Si no tienes pruebas, má, no deberías decir algo así. Podrías arruinar la vida de alguien.
Alan se queda impresionado de su joven primo, lo dejó con las palabras en la boca. —Si él no hubiera hablado, yo…
—Aich, niño. Eres muy cascarrabias para ser tan joven. – Julio no tiene de otra más que aguantar el reclamo de su madre, más su expresión es de total satisfacción.
La madre de los Malva no dice palabra alguna, quedándose pensativa y con la mirada completamente perdida.
La abuela y su nieta salen de la cocina platicando entre ellas con vivacidad, cargando consigo los platos de postre y vasos, velas y el pastel. Todo listo para encender las velas y celebrar el cumpleaños del más amado de la familia.
En medio de las desentonadas pero cálidas voces de sus familiares cantando “Las Mañanitas”, ante el tenue fuego de las velitas, el cumpleañero solo puede pensar en una cosa antes de soplar:
—Deseo que papá esté bien.

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