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Eugenesia Obscura: Silverclaw

Parte I Capítulo 2.4

Parte I Capítulo 2.4

Jun 14, 2025


El pulgar y el dedo medio le presionaron el ceño, dejando el celular a un lado.

La quietud la sala de su departamento, siendo una bendición, la cual se negó a soltar llamando de regreso a Asher. Era mejor si el secretario continuaba creyendo que la llamada con el Alta Virtud aún no acababa. Eso le daría, al menos, unos minutos más en los cuales recargarse contra el respaldo del sillón individual de piel negra, echando la cabeza hacia atrás, la larga cabellera negra prensada por el respaldo y su amplia espalda, la desarreglada camisa blanca con un par de botones abiertos contra toda etiqueta.

Tamborileó los dedos sobre el reposabrazos, la respiración aligerando la tensión en sus hombros.

—No se equivoque, Su Alteza Real —la voz suave del Joseph Cartwright de sus memorias se abrió espacio en la negrura de sus pensamientos, en los que pretendió descansar unos segundos de la pila de documentos sobre el escritorio y las torres de libros—…

Esa voz que estaba destinada a entonar canciones para el deleite de los alfas, que instruía con delicadeza las infancias y adolescencias de la nobleza y la realeza, lo enfrentó a él, el heredero al trono de Silverclaw, con una pizca de altanería que nadie, jamás, se habría atrevido a mostrar ante un príncipe.

—Yo soy quien le está ofreciendo algo más que un asiento.

Cerró los dedos, raspando la tela envolviendo el acolchonado del reposabrazos, sumergido en su primer encuentro en la mansión Birdwhistle, hacia un mes.

—Le estoy ofreciendo el reposabrazos de su propio trono.

La mandíbula se le trabó en un gesto difícil de digerir, entre la expectación y la ofensa, al visualizar al Alta Virtud frente a él. Perfecto en su postura, dócil en sus gestos, insolente en su mirada y provocador en sus palabras.

Una imagen de naturaleza tentadora y repulsiva.

Encerrando el amatista de sus ojos tras los parpados, fue hacía el tema que, si bien no era su principal preocupación, su sencillez le confirió una alternativa a las memorias.

El marqués de Birdwhistle era hábil.

Los condados de Dutton y Bartlett existían en el listado de candidatos para convertirse en ducados y absorber las tierras libres a su alrededor, sólo para enmascarar que en esa contienda había un único posible ganador. Conrad Birdwhistle se encargó de asegurar ese camino para su familia desde el momento en que le fue concedido el título de marqués por el rey.

Disfrazado de urbanización enfocada a mejorar la calidad de vida de su gente, construyó presas en cada uno de los ríos que nacían en sus dominios, controlando el acceso al agua de condados y marquesados aledaños, colocándolos a merced de sus cobros. Incluso, afectando a los ducados de Atwater y Holloway, con quienes colindaban las tierras libres.

No conforme con controlar el acceso al agua, se encargó de tener control sobre la economía local, abriendo una central de abastos en su territorio, vendiendo la idílica idea a las tierras libres de que, estableciendo un punto de abastecimiento común, sería más fácil para todos acceder a los distintos productos de su región y fuera de ella. Una muy buena idea, con la cual se encargó de monopolizar las rutas mercantiles, manejando los precios a su antojo, ahorcando a quienes se opusieran a sus planes, al limitarles el acceso a agua y/o alimentos, por medio de impuestos “especiales” que encarecían sus costos.

Dawes, fue una de esas poblaciones que sufrió las consecuencias de los dos movimientos del marqués para controlar las tierras libres, en su posicionamiento para el ducado. Lo extraño era que no parecía haber un motivo particular por el cual el marqués se ensañara con un poblado remoto, que no ofrecía nada espectacular, que por su deuda no tendría de otra que anexarse a Birdwhistle para pagarle, aún si ello significaría un conflicto con Walmsley.

Por donde se viera, Birdwhistle estaba invirtiendo demasiados recursos en ahorcar Dawes, cuando podría condonar el costo del acceso al agua o concederles un descuento en los alimentos, como hizo con otros poblados, ganándose su favor. No obstante, en vez de hacerlo, seguía reacio a darle un respiro a Dawes y, encima, las sospechas sugerían que los sobornos a los oficiales del poblado, además ciertas, lo cual era poco probable que fuera una conjetura equivocada; provenían del marqués. Detalle que el Alta Virtud debía confirmar.

La repentina intromisión de la memoria del torpe coqueteo del Alta Virtud le hizo saltar el ceño, por lo que lo desechó.

Como dijo, no había mucho que pudiera hacer por Dawes de forma directa, ni siquiera siendo el príncipe heredero, pero…

Resopló, disgustado.

—Asher.

Llamó al secretario que entró, cerró la puerta e hizo una reverencia.

—Convoca al marqués de Erickson.

El alfa dominante se quedó estupefacto, en su sitio, por más de un grosero motivo, para luego preguntar:

—¿A esta hora? 

—¿Hay alguna ley que le impida presentarse ante mi cuando lo solicito?

Tras una breve vacilación, el secretario chasqueó la lengua y enderezó la postura, revolviéndose el cabello, exasperado.

—Sabes a quién envías directo a la batalla, ¿no?

Una sonrisa de medio lado le indicó al secretario que sí, y que le daba igual.

—Por eso te llaman dragón.

—No. Me llaman Dragón Dormido —farfulló la aclaración entre dientes—, y es porque, gracias a ti, no tengo ni una sola noche de descanso.

—Sólo apresúrate.

—¿Es por el Alta Virtud?

La presión en la estancia aumentó bajo el peso de sus feromonas, un aroma amaderado, con un toque elegante de canela, almizcle y bergamota, afilando las estacas amaderadas apuntando al cuello del alfa dominante que, a pesar de encontrarse en una supuesta paridad de subgénero, se mantuvo firme más por practica que por ser capaz de lidiar naturalmente con él.

—¿En verdad estas considerando aceptar su propuesta?

—No te debo ninguna explicación —el amatista endurecido de sus ojos acentuó las palabras, su rostro de rasgos marcados y atractivos convertido en una máscara gélida.

Ningún alfa soportaba que se le cuestionara. Su orgullo siendo su bandera principal.

—Lo sé —convino el secretario—. Y, aun así, sería importante que me dijeras si lo estás considerando, porque sí no, en vez de jugar con él, podrías dejármelo para que lo ubique con alguien adecuado.

Un movimiento arriesgado cuya consecuencia sintió el secretario en la presión invisible de una punta afilada en el cuello, inclinando ligeramente el cuerpo al frente, la espalda aplastada por una piedra. Aunque su naturaleza era clara, Asher admiraba la capacidad de contención de Lowell. Cualquier otro alfa, en vez de seguir dándole una advertencia, aun tomando por juguete a un omega, sería incapaz de resistir su propuesta sin intentar seriamente aplastarlo, por muy amigo que fuera, físicamente o por medio de las feromonas.

Retrocediendo un paso, Asher respiró, llegando a su límite. No quería continuar provocándolo:

—Iré por el marqués.

Con una segunda reverencia dio la media vuelta y, la razón por la cual entre los licántropos ostentaba el curioso título de Dragón Dormido, salió a flote al recobrar firmeza y encarar una última vez al heredero de Silverclaw.

—Ese Alta Virtud tiene que quedarse cerca, no importa con quien.

Esa no fue una extensión de su juego, sino la simple verdad, que Lowell reconoció retirando sus feromonas.

 

 

 

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Rezhtdy B. Miktze

Creator

La repentina intromisión de la memoria del torpe coqueteo del Alta Virtud le hizo saltar el ceño, por lo que lo desechó.

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